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http://archive.org/details/poesiasescogidasOOpala 



.5 

P.s 



REAL ACADEMIA ESPAÑOLA 



BIBLIOTECA SELECTA DE CLASICOS ESPAÑOLES 



POESIAS ESCOGIDAS 



DE 



MANUEL DEL PALACIO 



mm0 




MADRID 



TIPOGRAFIA DE LA "REVISTA DE ARCH., BIBL. Y MUSEOS 

Olózaga, i. — Teléfono 3.185. 
1916 




PRÓLOGO 



Por vez primera se incluyen en esta "Biblio- 
teca Selecta de Clásicos Españoles" las obras 
de un escritor de nuestros días; y no* fuera jus- 
to quien lo censurase alegando que únicamente 
merecen nombre de clásicos los de la época 
griega y romana, pues por autorizarlo el uso, 
también se llama clásicos al autor y la obra 
que se tienen por modelos dignos de ser imi- 
tados en cualquier literatura o arte. Sin que 
por ello sufra menoscabo la venerable antigüe- 
dad, no es de temer que haya quien incurra en 
el apasionamiento de admirarla con criterio tan 
exclusivista que le prive de apreciar y enalte- 
cer lo producido en siglos posteriores. Al hom- 
bre le cuesta reconocer el mérito tanto mayor 
trabajo cuanto más cerca de él está quien lo 
alcanza; y si se persuade fácilmente de que 
ciertos escritores de remotas edades llegaron 



VI 



PRÓLOGO 



a la perfección de la forma en el idioma que 
manejaron, en cambio se resiste a confesar el 
valor de los que vinieron detrás ; pero el tiempo 
hace en todo justicia. Ya nadie niega que si 
son clásicos Homero y Virgilio, no lo son me- 
nos Dante y Petrarca, Cervantes y Lope de 
Vega ; y si hoy se llama clásicos a los que me- 
jor han escrito, aun recientemente, en lengua 
castellana, no se podrá poner en tela de juicio 
que lo son, por ejemplo, Quintana y Zorrilla, 
Bretón y el Duque de Rivas, don Juan Valera 
y Menéndez y Pelayo. 

No es abrumador el número* de los que es- 
tán en igual caso ; siempre son pocos los indis- 
cutibles; de algunos, sólo una o dos obras me- 
recerán alabarse sin restricciones ; de otros, una 
sola; pero hay varios entre cuya producción 
literaria se puede escoger mucho, donde por 
cima de pocos errores y pequeños descuidos 
brillan grandes aciertos y positivas bellezas. 

Entre estos autores figura Manuel del Pa- 
lacio, poeta celebrado durante su juventud sólo 
por festivo y gracioso, y a quien en la edad 
madura hubo que reconocer más altas cuali- 
dades. 

La viveza de ingenio y cierta inclinación a 



PRÓLOGO 



VII 



la sátira, que halló campo propicio a su des- 
arrollo en las discordias políticas, le dieron, en 
los comienzos de su carrera, una notoriedad 
que fué aumentando con el empeño del vulgo en 
atribuirle todas las procacidades y mordedu- 
ras que, puestas en versos insolentes, circula- 
ban contra los gobernantes ineptos y despóti- 
cos. No se imprimió ni se dijo por entonces en 
conciliábulos revolucionarios, redacciones v sa- 
loncillos de teatros redondilla picante, sem- 
blanza injuriosa ni soneto desvergonzado que 
no pasara por suyo<; tanto como su propia osa- 
día, que no era poca, contribuyó a esta fama la 
persecución de que fué víctima, y así llegó a 
gozar, y sufrir también, la costosa populari- 
dad que logra en días revueltos quien se atreve 
a formular en voz alta, sin miramientos ni res- 
petos, las quejas motivadas por la arbitrariedad 
y la opresión. Pero cambiaron los tiempos ; el 
ambiente de la libertad quitó, en gran parte, ra- 
zón de ser a la sátira; se apaciguaron los ren- 
cores políticos; los años, haciendo su oficio, 
fueron transformando al gacetillero agresivo, 
el cual ganó en sensatez lo que perdió en im- 
petuosidad; se desarrollaron cumplidamente las 
mejores condiciones de su espíritu y pronto 



VIII 



PRÓLOGO 



sus mismos adversarios se vieron obligados a 
confesar que las poseía dignáis de la mayor es- 
timación; entre otras, cierta serena placidez de 
juicio, no exenta de amargura, al considerar 
las flaquezas humanas, y una gran delicadeza 
para percibir y reflejar los rasgois poéticos 
que surgen a cada paso en el mundo. Ello fué 
que al comenzar la segunda mitad de su vida, 
el versificador satírico, tan celebrado antes por 
cáustico y libre, había quedado oscurecido por 
el poeta noble y hondamente sentimental. 

Su familia era de tierras de León ; el padre, 
que fué militar y combatió a las órdenes del 
Empecinado, residió algún tiempo- en Lérida, 
y en esta ciudad nació Manuel del Palacio el 
25 de diciembre de 183 1, según reza su partida 
de bautismo; él, sin embargo, en una breve 
autobiografía, más graciosa que rica en datos 
y noticias, publicada en 1894 al frente del vo- 
lumen titulado Chispas, dice : 

"En Nochebuena nací, 
Y entre placeres y penas, 
Sesenta y dos Nochebuenas 
Han pasado sobre mí." 

De donde se deduce que vino al mundo en 
1832, y no el 25 de diciembre, sino la víspera. 



PRÓLOGO 



IX 



Estudió en Soria, Valladolid y La Coruña; 
se graduó de bachiller en filosofía en 1843 y 
llegó a Madrid en 1846, publicando sus pri- 
meros versos en un semanario de Ventura 
Ruiz Aguilera titulado Los hijos de Eva. De 
1850 a 54 fué empleado de Hacienda en la 
tesorería y la conducción de caudales en Gra- 
nada, sin que la prosaica ocupación de hacer 
números, rendir cuentas y manejar dinero 
ajeno le quitara la afición a las letras que 
mostró desde niño. Antes al contrario, pasa- 
das las horas de trabajo oficinesco, en vez de- 
seguir conviviendo con los agentes del fisco, 
buscaba amigos y compañeros que tuviesen 
sus mismos gustos e inclinaciones. 

Así entró a formar parte de la famosa 
cnerda granadina, reunión de muchachos y 
hombres hechos, pero aún jóvenes, de proce- 
dencia diversa, españoles unos, extranjeros 
otros, inteligentes todos y hermanados en re- 
gocijada pandilla, a la cual daban cohesión el 
común entusiasmo artístico y el legítimo' pro- 
pósito de comenzar a subir alegremente la 
cuesta de la vida. 

Muchos de ellos eran desconocidos, algu- 
nos iban ya camino de la celebridad y más 



X 



PRÓLOGO 



de cuatro la conquistaron presto. Indudable- 
mente, aunque alguna vez merecieran censura 
por ciertas bromas pesadas y travesuras au- 
daces, debieron de ser, en general, mirados 
por la sociedad de Granada con esa indul- 
gente simpatía que la juventud, ávida de 
amor, prosperidad y gloria, inspira a todo 
espíritu que no esté agriado por el egoísmo o 
poseído por el demonio de la intolerancia. 
Ello es que las personas ilustradas de enton- 
ces han convenido en que la cuerda granadina 
no se pareció absolutamente nada a la turbu- 
lenta partida del trueno, opinando además que 
la relación de sus andanzas y el estudio de sus 
figuras principales, escrito por quien lograse 
reunir los datos necesarios, formaría un ca- 
pítulo muy curioso ele la historia literaria de 
aquella época, durante la cual — restañadas ya 
en gran parte las heridas de la primera gue- 
rra civil — comenzaron a variar las costumbres 
y acaso por esto mismo, produjo tantos auto- 
res notables. 

Manuel del Palacio, en unos artículos hil- 
vanados muy a la ligera, pero ricos de frescu- 
ra y espontaneidad, que publicó con el título 
de Páginas sueltas, consagra un sentido recuer- 



PRÓLOGO 



XI 



do a la cuerda granadina, "reunión — dice — de 
gente alegre y despreocupada, en la cual, con 
ser bastante numerosa, no hubo ni un tonto 
ni un malvado" (i). 

La componían, entre otros, Manuel Fernán- 
dez y González, Pedro Antonio de Alarcón, 
Juan Facundo Riaño, José Moreno Nieto, 
José de Castro y Serrano, Leandro Pérez Cos- 
sío, Mariano Vázquez, en cuya casa se cele- 
braban las juntas, y, además, los artistas Not- 
beck (ruso), Sorokin (polaco), Dutel (francés), 
y Ronconi (veneciano), que llegó a presidente 
de la coi radía, 

Era natural que cuando aquellos hombres, 
después de haber alegrado con sus versos, sus 
músicas, sus giras y sus galanteos las orillas 
del Darro y las tertulias de Granada, se re- 
unieron en Madrid, tuvieran ya cierto presti- 
gio literario y social, y también es de supo- 
ner — hecha excepción de los casos de frialdad 
y despego — que -naturalmente se protegieran 
y auxiliasen. Así todos hallaron en la corte 
francas las puertas de les teatros, periódicos y 



(i) Los lunes de "El Imparcial" , noviembre de 1901 a 
junio de 1902. 



Xll PRÓLOGO 



salones donde habían de brillar y fácilmente 
conquistaron envidiable reputación: Fernández 
y González y Pedro Antonio de Alarcón co- 
menzaron a publicar sus novelas ; Riaño divul- 
gó aquí y en Inglaterra la historia del arte 
español; Castro y Serrano escribió sus artícu- 
los de costumbres; Moreno Nieto fué honra 
del parlamento y de la cátedra; Pérez Cossío, 
periodista de verdadero mérito, y Mariano 
Vázquez tuvo la gloria de ser uno de los pri- 
meros profesores que en Madrid despertaron 
la afición a la buena música. 

A Manuel del Palacio, sus ideas políticas 
muy radicales, avanzadas según entonces pre- 
ferentemente se decía, le llevaron al periodis- 
mo. Comenzó a escribir en La Discusión y en 
El Pueblo artículos y versos contra los go- 
biernos de aquellos que, llamándose partido 
moderado y de unión liberal, pecaban precisa- 
mente de exceso de autoritarismo; y como no 
-existía la libertad de imprenta, unas veces agu- 
zando el ingenio, otras excediéndose en las 
palabras, extremó tanto los ataques, que pron- 
to fué conocido en toda España. 

La mayor parte de sus artículos en aque- 
llos diarios eran denunciados; los comentarios 



PRÓLOGO 



XIII 



en verso que hacía por la mañana poniendo en 
solfa el discurso de un ministro o las peripe- 
cias de una crisis eran repetidos por la noche 
en las tertulias de Madrid, y aun se le atribuían 
otros que, como pecasen de atrevidos, se acep- 
taban por suyos. Esta fué su época de gaceti- 
llero batallador, durante la cual llegó a tener 
una popularidad sólo comparable a la de aque- 
llos descaradísimos poetas franceses de tiempo 
del Directorio, cuyas canciones callejeras, des- 
envueltas y a veces injuriosas, enfurecían a 
ministros y polizontes, siendo en cambio rego- 
cijo de agitadores y revolucionarios. No está 
de más recordarlo ahora para que puedan apre- 
ciarse mejor las cualidades que mostró poste- 
riormente; ni cabe poner en duda que hizo 
gala de mucho desparpajo y de extraordinaria 
vis cómica. Pero la verdad es que si sólo hubie- 
ra escrito lo que le dictó entonces su animad- 
versión contra Narváez, O'Donnell, González 
Bravo y Marfori, a buen seguro que no pasa- 
ra su nombre a la posteridad : y es que si al 
político no le está vedado apasionarse hasta 
llegar a la violencia en pro de la opinión que 
defiende, el literato' no puede incurrir en tal 
exceso sin empequeñecer y rebajar la poesía 



XIV 



PRÓLOGO 



poniéndola al servicio de banderías y par- 
tidos. 

En 1865 hizo Manuel del Palacio un viaje 
a Andalucía por encargo- del general Prim, que 
le confió una misión peligrosa, relacionada con 
sus planes revolucionarios, y de la cual salió 
muy airoso, tornando' luego a trabajar en los 
periódicos democráticos de Madrid. 

La campaña m¡ás ruidosa de esta época de su 
vida fué la que en compañía de Luis Rivera, Ro- 
berto Robert y Eusebio Blasco sostuvo en el Gil 
Blas, escribiendo centenares de composiciones 
y artículos con durísimos ataques a políticos 
que tuvieron su hora de notoriedad y la mayor 
parte de los cuales valían tan poco que rápi- 
damente pasaron del encumbramiento al olvido. 
Igual suerte habían de tener los versos del 
poeta inspirados en base tan deleznable. Cierto 
que la lucha por la libertad llegó a ser violen- 
tísima; pero también es verdad que los com- 
batientes de uno y otro bando eran de tem- 
ple inferior al que las circunstancias pedían : 
a la brutal arbitrariedad de los opresores con- 
testaban los oprimidos con la injuria, todos 
se empequeñecían moralmente y el prestigio 
de las ideas quedaba sofocado por la torpe- 



PRÓLOGO 



XV 



za de sus defensores. Dicho sea de pasada, 
es, en verdad, digno de estudio lo que pudiera 
llamarse el caso del Gil Blas. La colección de 
este periódico que agitaba a España e infundía 
pavor a los gobiernos, se hojea hoy sin emo- 
ción; los epigramas, las sátiras, que acarreaban 
a sus autores prisiones y destierros, no nos ha- 
cen sonreír; lo único que queda de él son las 
caricaturas de Ortego; sus redactores fueron 
flores de un día, pronto arrasadas por lo que 
en el lenguaje periodístico se llama actualidad 
y no es a veces, sino el predominio de lo enga- 
ñoso y efímero que mata, sin dejarlo prospe- 
rar, aquello mismo que ha engendrado. 

Escribir en defensa de la libertad no era, 
sin embargo, entonces cosa de juego, como 
ahora imaginan los que gozan sus beneficios 
sin saber lo que ha costado : Manuel del Pala- 
cio estorbaba en Madrid a los gobernantes por 
que los zahería cruelmente, y en 1867, apro- 
vechando el escandaloso revuelo producido por 
unos versos que escribió o le atribuyeron, fué 
desterrado a Puerto Rico. Mas no debió de 
ser muy grave su culpa, si acaso incurrió en 
alguna, o no le guardaron rencor sus persegui- 
dores, pues a principios del año siguiente esta- 



XVI 



PRÓLOGO 



ba de vuelta en Madrid. Y con esto termina 
aquella primera época de su vida, durante la 
cual el exceso de ardimiento político, siempre 
absorbente y desfavorable a la calma propia de 
los estudios literarios, retrasó el desarrollo de 
las facultades poéticas en él ingénitas y que 
pronto» llegaron a su completa madurez. 

Triunfante la revolución de 1868, aún no 
escrita con imparcialidad, pero en cambio ca- 
lumniada por los mismos que se aprovecharon 
de ella, Manuel del Palacio ingresó en la ca- 
rrera diplomática, yendo de primer secretario 
a la legación de Florencia. Desde entonces el 
ambiente social en que vivió, tan distinto del 
que antes le envolvía; los viajes, pródigos de 
enseñanza para ingenios tan perspicaces como 
el suyo, y también sin duda la tranquilidad 
de poder entregarse a observarlo y saborear- 
lo todo, fueron facilidades y estímulos que, 
abriendo nuevos horizontes a su inteligencia y 
afinándole la «sensibilidad, le enseñaron a ex- 
presarse con ese encanto sugestivo e intenso 
en que estriba la mayor gloria de los poetas 
cuando logran comunicar a nuestra alma la 
misma emoción que ellos han sentido. 

Grande es la diferencia entre lo que antes 



PRÓLOGO 



XVII 



había escrito y lo que luego produjo. Sus pri- 
meras composiciones, anteriores a su venida 
a Madrid, y las que llevaba a Ventura Ruiz 
Aguilera para el semanario Los Hijos de Eva 
adolecían de la mentida desesperanza y el sen- 
timentalismo casi lúgubre, sin alardear de los 
cuailes no cree el principiante que es verdadero 
poeta; después la pasión política le descaminó, 
limitando su ingenio a mero comentarista bur- 
lesco de las disputas del día, y en parte por 
la fuerza de su propio donaire, en parte de- 
jándose llevar por la corriente que le asegura- 
ba el aplauso-, siempre halagüeño, sentó plaza 
de satírico y dió no escasa prueba de servir 
para ello; pero ninguna de estas dos fases de 
su producción representaba bien lo que valía. 
La ocasión de revelarse tal cual era fué el via- 
je a Italia. La suma de ideas, acaso desordena- 
das pero fecundas, que había de sugerirle la 
contemplación de tantas obras de arte, unas 
mostrándole la belleza que el tiempo respetó y 
otras hablándole con la triste elocuencia de las 
ruinas ; el roce con la culta sociedad florentina, 
donde a la sazón convivían los patriotas italia- 
nos más ilustres confundidos por el anhelo de 
la unidad nacional, próxima a lograrse ; y, final- 



XVII! 



PRÓLOGO 



mente, el conocimiento de la literatura tosca- 
na, a cüyo estudio se consagró con entusiasmo, 
fueron estímulos y enseñanzas en él tan pode- 
rosos, que sin mermarle nada de la índole enér- 
gica y castiza con que nació, le inculcaron la 
elegancia y la delicadeza que le faltaban. £1 
mero versificador de fácil y ocurrente vena, 
guiado por un instinto poderoso para sentir 
lo bello y comunicar la impresión que produ- 
ce, se convirtió pronto en poeta notabilísimo. 

Tratemos ahora de descubrir su filiación li- 
teraria y fijar los rasgos característicos de su 
personalidad. 

Seguramente, dadas sus aficiones, leería de 
muchacho cuantos versos hallase a mano ; pe- 
ro, ¿qué poetas pudieron influir en él? ¿Cuá- 
les serían los que le atrajesen, ya por el natu- 
ral deseo de igualarse a los favoritos del pú- 
blico, ya por descubrir en ellos sus propios 
gustos y sus mismas ideas ? 

Cuando comenzó a escribir no predominaba 
en la lírica española de modo avasallador nin- 
guna escuela ni tendencia. Calmada por el tiem- 
po la justa exaltación del amor patrio, la musa 
grandilocuente que inspiró a Quintana y Ga- 
llego había enmudecido; el romanticismo, que 



PRÓLOGO 



XIX 



aún triunfaba en la escena, perdía terreno en 
los libros, donde iban escaseando las leyendas 
medioevales adornadas con estampas de casti- 
llo roquero y trovador andante, y en las ter- 
tulias literarias estaban pasadas de moda las 
composiciones lúgubres, cuyos protagonistas 
solían ser la dama hecha monja por fuerza y 
el enamorado suicida ; el pesimismo de proce- 
dencia extranjera amamantado en Byron, Mus- 
set y Leopardi, cuyo excepcional y glorioso in- 
térprete fué Espronceda, tenía ya pocos culti- 
vadores; y Zorrilla, señor y soberano indiscu- 
tible de lo tradicional y legendario, estuvo casi 
olvidado hasta que volvió de Méjico. 

Estas manifestaciones y fases de la lírica 
española, anteriores en algunos años a la ju- 
ventud de Manuel del Palacio, no influyeron en 
él : indudablemente sentiría la admiración que 
causan algunos excelsos poetas de entonces, 
pero no procuró seguir sus huellas; y, según 
veremos, tampoco imitó a los que vivieron en 
sus mismos días. 

Sobresalían entre los que fueron sus amigos 
y compañeros, aunque no de su misma edad, 
Núñez de Arce y Campoamor, ambos aprecia- 
dos por la opinión pública en todo su valer des- 



XX 



PRÓLOGO 



de que comenzaron a escribir, y Bécquer, a 
quien en vida no se hizo justicia y cuya verda- 
dera popularidad empieza con la edición de sus 
obras, a que puso prólogo Ramón Rodríguez 
Correa ; pero ni el autor de los Gritos del com- 
bate, ni el de las Doloras, ni el de las Rimas 
ejercieron en él influjo alguno, aunque a veces 
tenga rasgos comunes con ellos. 

Núñez de Arce, procurando remontarse so- 
bre la pequenez de lo individual, canta o la- 
menta las glorias o los desfallecimientos del 
hombre ; los asuntos de sus poemas no son epi- 
sodios de la vida, sino desahogos de su con- 
ciencia airada contra lo que execra; y cada 
figura por él creada, sin más aspecto ni más 
calor humano que aquellos que su fantasía les 
quiso atribuir, es la personificación de un an- 
helo o- un grito de su alma atormentada; su es- 
tilo, pródigo en adjetivos altísonos, desdeña lo 
apacible, esquiva lo tierno, y ya espontánea- 
mente, ya ayudándose del artificio retórico, es 
siempre más grandioso que natural. Nada de 
esto se observa en Manuel del Palacio. 

Bécquer, erótico en el recto sentido de la 
palabra, dulce, amable, apasionado, hasta ca- 
paz de pasajera vehemencia, pero nunca varo- 



PRÓLOGO 



XXI 



nilmente impetuoso, suspira y gime como víc- 
tima sin voluntad, poseída y acobardada por un 
amor triste y enfermizo'. Descontado aquel fu- 
gaz relámpago que le hace exclamar: "Hoy 
llega al fondo de mi alma el sol", no hay en 
sus rimas un rayo de alegría. Quizá por esto 
sea el favorito de la juventud en ese período, 
breve por fortuna, en que el amor se nos an- 
toja más intenso cuanto* más desventurado. 
Tampoco tiene con él Manuel del Palacio pun- 
to de semejanza. 

De Campoamor le separan diferencias muy 
hondas; el autor de El tren expreso, en apa- 
riencia tan suave, en realidad tan atrevido, nos 
maravilla con las infinitas observaciones, ya 
serias, ya irónicas, que le sugieren los lances 
de la vida; nos encanta con paradojas hábil- 
mente expuestas y verdades bravamente di- 
chas, siempre en tal abundancia, que no deja 
parar mientes en el desaliño con que las viste. 
Manuel del Palacio carece de esta asombrosa 
fecundidad de conceptos ; tiene menos ideas ; 
pero las atavía y adereza con mayor cuidado y 
galanura. 

Con otros poetas de su tiempo, injustamente 
olvidados aunque valían mucho, por ejemplo, 



XXII 



PRÓLOGO 



Querol y García Tassara, no tiene de común 
más que el respeto a la forma; pero su índole 
poética es muy distinta. El tierno cantor de 
La Nochebuena, el enérgico vate de Venecia 
eran aficionados a las composiciones largas, a 
explayarse desahogando su pena o su entusias- 
mo en elegías y odas de corte clásico. Palacio, 
salvo en las narraciones, donde el asunto deter- 
mina la extensión, prefiere las composiciones 
cortas que cautivan el ánimo comunicándonos 
breve y claramente un sentimiento o una idea. 
Puede, en fin, afirmarse que no siguió ni pre- 
tendió imitar a ninguno de sus contemporá- 
neos, aunque, de vez en cuando, escribiese 
leyendas parecidas a las de Zorrilla, sollozos 
rimados como los de Bécquer y humoradas pa- 
recidas a las de Campoamo-r. 

No tiene una obra donde revele su concep- 
to de la vida, ni la totalidad de su pensa- 
miento como El diablo mundo, de Espronce- 
da; ni un largo poema descriptivo como Gra- 
nada, de Zorrilla; sus poesías, casi siempre 
cortas, están inspiradas en las circunstancias 
que le rodean, según decía Goethe que deben 
estarlo las verdaderamente líricas. Para pene- 
trar en su espíritu, hay que asimilarse de ellas 



PRÓLOGO XXIII 



lo que muestran dispersa y aisladamente; lue- 
go, del conjunto se desprenden sus ideas como 
de un ramo los aromas de diversas flores ; y 
estas ideas no son meros actos de la inteligen- 
cia limitados al conocimiento de una cosa, sino 
formas con que viste sus anhelos morales : el 
culto a la conciencia, el entusiasmo por la li- 
bertad, el amor a la mujer. Tal es la triple ado- 
ración que caracteriza su personalidad, la cual 
se revela por su modo especial de sentir y de * 
expresarse. Cuanto agita el alma humana le 
conmueve hondamente; su sensibilidad es tan 
delicada que todo le impresiona, pero la im- 
presión que recibe es más intensa que durade- 
ra ; la pena y el gozo no anidan por largo tiem- 
po en su corazón; lo sobrecogen o lo iluminan 
súbitamente, y como aves de paso le dejan 
pronto libre y tranquilo para que experimente 
nuevo dolor o nueva dicha. La emoción que el 
bien y el mal le causan es sincera, pero fugaz; 
se complace o se lamenta con la espontaneidad 
propia de quien no puede ni permanecer in- 
diferente al halago, ni sufrir sin queja el pe- 
sar, y a esta rapidez de la emoción, resultado 
sin duda del convencimiento de que nada hay 
duradero en la vida, corresponde la sobriedad 



XXIV 



PRÓLOGO 



al expresarla: el mundo le acaricia o le hiere, 
surge en su corazón la gratitud o la protesta, 
la formula en una sola idea y no cuida de am- 
plificarla. En cambio, pone singular esmero en 
que al pasar de su pensamiento al nuestro las 
palabras que la transmitan tengan la fuerza ne- 
cesaria para hacernos sentir lo mismo que él 
sintió. Pudiera decirse que es el intérprete de 
las sensaciones pasajeras con que las pasiones 
propias y ajenas nos desasosiegan o atormen- 
tan, sin que su rapidez y laconismo al reflejar 
y comentar la turbación por ellas causada, sus- 
traigan nada a nuestra sensibilidad, pues pre- 
cisamente su arte consiste en perpetuar el re- 
cuerdo de aquellos instantes deleitosos o acer- 
bos, que el tiempo había de llevarse, y el cual, 
merced al encanto de la poesía en que él lo 
envuelve, queda para siempre presente a la 
memoria. No : nadie negará la cualidad de no- 
tabilísimo poeta a quien así sabe burlar al tiem- 
po, salvando de nuestro propio olvido lo que 
un instante nos llenó el alma o nos hechizó los 
sentidos. 

Muchas de las composiciones contenidas en 
este tomo prueban la ternura y a veces la al- 
teza de pensamiento con que considera aun 



PROLOGO XXV 



los casos más comunes de la vida. Así, por 
ejemplo, la pérdida de un amigo de la juven- 
tud le lleva a comparar la edad madura con el 
otoño; mas esto, que nada tiene de nuevo, le 
sugiere la reflexión siguiente, llena de dulce 
melancolía : 

¡ Ay ! Para el alma que lo incierto espera 
Y al ver la oscuridad gime y se asombra, 
¡ Qué dichosa estación otoño fuera 
Si al suelo no arrojase por alfombra 
Todo lo que en la verde primavera 
Nos dió perfumes y frescura y sombra ! 

Ve una mujer rezando llorosa en una igle- 
sia, y su fantasía, queriendo adivinar el drama 
que la desconocida lleva dentro de sí, y él pre- 
siente, exclama con esa dulce piedad que tan 
poco tarda en igualarse al amor : 

Angel de blanca luz o ángel caído, 
Para llegar a ti tus alas dame 
O el antro alumbra donde te has hundido; 
Que quien tus gracias mire y no las ame 
Podrá ser necio; quien te dió al olvido 
Después de profanarlas, es infame. 



Quizá un día leyendo a Dante vió, como he- 
mos visto todos, en la figura de Beatriz la 



XXVI 



PRÓLOGO 



personificación de lo ideal ; y preguntándose 
si fué la musa viva del poeta o si éste la creó 
haciéndola símbolo y cifra de todos sus deseos, 
se encara con ella diciendo : 

¿Triunfaste por un genio del olvido? 
¿Le das tu luz o de su luz te vistes? 
¿Te amó despierto, o te forjó dormido? 
Bello fantasma de las horas tristes, 
Dudará la razón si has existido ; 
Eíl alma, que te ve, sabe que existes. 

Ya en el ocaso de la vida sufre la tentación 
de verse querido por una mujer joven y her- 
mosa que tiene dueño según las leyes, y, en- 
treverando en la repulsa la hombría de bien 
propia del caballero y la tristeza acumulada 
por los años, rechaza su amor con estas pala- 
bras : 

Avaro de ese bien, deja le guarde 
Con toda la pureza que atesora, 
Ya que para ladrón nací cobarde. 
* Baste a mi dicha la que siento ahora 
Al verme entre las brumas de la tarde 
Gozando las caricias de la aurora. 

A otra beldad por quien fué desdeñado cuan- 
do la pretendía y que después le buscó, tarde 



PRÓLOGO 



XXVII 



para ser amada, le dice refiriéndose al llanto 
vertido por ambos en época distinta: 

Lo dijiste y lo sentías: 
Era ya imposible amarnos, 

Y ¿ a qué andar con niñerías ? 
Recuerdo que, al separarnos, 
Yo lloraba y tú reías. 

Sintió mi pecho, al perderte, 
Algo del sepulcro frío, 

Y maldije de mi suerte. 
Hoy, bien lo sabes, al verte, 
Tú lloras y yo me río. 

Demos por bien empleado 
El llanto de hoy y el de ayer, 
Porque j ay ! a habernos amado, 
¡ Cuánto hubiéramos llorado 
los dos a un tiempo, mujer! 

Y para dar idea del peligro que trae consi- 
go la desdicha de amar a la que no se logra 
poseer moralmente le bastan estos cuatro 
versos : 

Cazador que a caza vas 
De mujer o de león, 
i Ay de ti si no le das 
En mitad del corazón ! 



Muchos fragmentos análogos pudiéramos 
aducir para demostrar que el arte de Manuel 



XXVIII 



PRÓLOGO 



del Palacio consiste en poner de relieve lo que 
ha sentido con tal exactitud y precisión que 
quien haya experimentado lo mismo difícil- 
mente acertará a formularlo mejor. 

Esta delicadeza con que percibe los movi- 
mientos del ánimo, la posee también para re- 
flejar la impresión que la causan los seres, las 
cosas, los lugares y, en general, el espectáculo 
de la Naturaleza y las creaciones del Arte : 
mas nada describe prolija ni minuciosamente; 
todo lo bosqueja con solos sus rasgos carac- 
terísticos, cual si temiera sofocar entre por- 
menores y menudencias el efecto que debe 
producir lo principal. 

En esta tendencia a la brevedad y la sín- 
tesis, connatural a su temperamento artístico, 
debió de tomar origen su predilección por el 
soneto, que si, en lo referente a la estructura, 
es una combinación métrica, por su esencia 
es una especial forma poética, un género cuya 
belleza no depende sólo del ritmo y de la rima 
sino además, y muy en primer término, de 
ciertos giros a que se somete en él la exposi- 
ción del pensamiento procurando darle así con- 
diciones excepcionales de claridad, vigor y no- 
bleza. 



PRÓLOGO 



XXIX 



Para escribir un buen soneto no bastan la ri- 
gurosa medida de los versos, la riqueza de las 
consonancias, ni siquiera el primoroso atilda- 
miento en la elección de las voces ; es preciso que 
las ideas se sucedan y completen como mis- 
teriosamente encadenadas, hasta que de ellas 
surja el sentimiento con toda la dulzura de 
que sea susceptible o el concepto en la pleni- 
tud de su fuerza. El soneto se rige por leyes 
ajustadas a la índole especial del género y de- 
rivadas de la práctica seguida por los gran- 
des poetas, a las cuales no hay medio de sus- 
traerse so pena de que el más leve descuido lo 
desluzca y envilezca. Fernando de Herrera, 
en sus anotaciones a las obras de Garcilaso (i), 
dice: "Es el soneto la más hermosa composi- 
ción y de mayor artificio y gracia de cuantas 
tiene la poesía italiana y española. Sirve en 
lugar de los epigramas y odas griegas y lati- 
nas, y responde a las elegías antiguas en al- 
gún modo; pero es tan extendida y capaz de 
todo argumento que recoge en sí sola todo lo 
que pueden abrazar estas partes de poesía sin 



(i) Obras de Garcilaso, con anotaciones de Fernando 
de Herrera. Sevilla, Alonso de la Barrera, 1580. 

III 



XXX 



PRÓLOGO 



hacer violencia alguna a los preceptos y reli- 
gión del arte; porque resplandecen en ella con 
maravillosa claridad y lumbre de figuras y 
exornaciones poéticas la cultura y propiedad, 
la festividad y agudeza, la magnificencia y es- 
píritu, la dulzura y jocundidad, la aspereza y 
vehemencia, la conmiseración y afectos y la 
eficacia y representación de todas. Y en nin- 
gún otro género se requiere más pureza y cui- 
dado de lengua, más templanza y decoro, 
donde es grande culpa cualquier error peque- 
ño, y donde no> se permite licencia alguna ni 
se consiente algo que ofenda las orejas, y la 
brevedad suya no sufre que sea ociosa o vana 
tina palabra sola." 

Boileau pide que el soneto no contenga nin- 
gún verso flojo; Martínez de la Rosa, que sea 

Avaro en voces, pródigo en sentido, 

y Teófilo Gauthier, con la desenvoltura que 
le caracteriza, dice: "Hay que someterse a 
sus leyes, y aquel a quien se le antojen anticua- 
das, pedantes o enojosas, que no haga sonetos." 

Manuel del Palacio escribió muchos y de 
varia índole. Los tiene inspirados por el sen- 
timiento que le dominaba en una situación o 



PRÓLOGO 



XXXI 



un trance de su propia vida, y éstos son a ma- 
nera de desahogos íntimos y personalísimos ; 
otros han surgido ante la dicha o el dolor 
ajeno; no pocos proceden de la impresión 
recibida contemplando las maravillas de la 
Naturaleza y del Arte ; algunos son un grito 
de admiración o de protesta; compuso bastan- 
tes en los cuales palpita todavía el efecto que 
le causara una página literaria o un caso de la 
realidad, y también los hizo jocosos, con mu- 
chísima gracia, ya fingiendo en doce o trece 
versos la más enfática solemnidad y reser- 
vando el efecto cómico para el final, como en 
«el de Lope de Vega, que empieza: 

Caen de un monte a un llano entre pizarras ; 

ya, por el contrario, comenzando a escribirlos 
en broma, pero acabándolos con un arranque 
dramático que, por contraste con lo precedente, 
resulta burlesco y divertido. 

Los míe j ores son los serios y en particular 
los amorosos. Están generalmente inspirados 
por ideas que, a falta de novedad extraordi- 
naria, encantan por su galanura, y las cuales 
van eslabonándose en versos fluidos y sonoros 



XXXII 



PRÓLOGO 



hasta llegar al pensamiento capital, formulado, 
la más de las veces, con mucha energía. 

Los cuartetos, aunque acaso durante la ges- 
tación del trabajo hayan sido muy corregidos 
y limados, parecen haber brotado de la pluma 
sin retoque ni enmienda. Los tercetos suelen 
ser aún más notables por su corrección y so- 
noridad, y es digno' de observarse que si los 
escribía siempre con soltura, los hacía mucho 
mejor en el soneto que en las demás compo- 
siciones. 

Los políticos se distinguen por su vigor, y 
prueban no sólo el entusiasmo con que defen- 
dió los principios liberales, cuando era peli- 
groso romper lanzas por ellos, sino también la 
riqueza de imaginación y el buen gusto, mer- 
ced a los cuales pudo enaltecer en bellísimo 
estilo sentimientos y aspiraciones que, no obs- 
tante su alto valor moral, son difíciles de ex- 
presar en forma poética. 

Al mismo tiempo que éstos, es decir, du- 
rante el período de continuas conspiraciones y 
revueltas, compuso, en sonetos también, las 
famosas semblanzas de personajes que tanto 
contribuyeron a su fama de satírico, pero que 
distan mucho de tener igual mérito. En los 



PRÓLOGO 



XXXIII 



hechos para declarar su amor a las ideas es- 
talla la más noble y simpática vehemencia: en 
las semblanzas, nacidas de la animadversión 
personal, la índole del «autor parece bastar- 
deada por el espíritu de partido; el móvil a 
que obedecen les priva de grandeza y, como 
si se resintieran de haber sido rápidamente 
improvisadas, hasta en la técnica son infe- 
riores. Escritas para zaherir a hombres polí- 
ticos, unos odiosos por su modo de gober- 
nar y otros insignificantes por su vulgaridad, 
aunque el favor los encumbrase, carecen ya de 
interés y no dan idea del mérito del poeta 
y aún menos de su verdadera índole moral. El 
mismo apasionamiento que les prestó vida, 
aquella acometividad a veces sañuda que les 
infundió caracteres de diatriba, era incompa- 
tible con el sereno decoro sin el cual la obra 
de arte, aunque se popularice en un momento 
determinado, carece de belleza y no se inmor- 
taliza nunca. Nadie suponga, pues, maliciosa- 
mente, que dejan de incluirse en este tomo 
ciertas composiciones de carácter político y 
sátira violenta como condenando y para que 
vaya olvidándose la dignificación revoluciona- 
ria de Manuel del Palacio. Nada de eso. Quien 



XXXIV 



PRÓLOGO 



escribe estas líneas juzga que aquella tenden- 
cia, por la cual tantos sacrificios hicieron los 
hombres más ilustres de España, fué en sus 
tiempos sana y altamente patriótica; pero 
prescinde de reimprimir aquí lo que, concebida 
entre odios y rencores durante la exaltación 
de la lucha, había de nacer falto de verdaderas 
condiciones artísticas. Si de lo que por enton- 
ces se produjo en este género hay algo digno 
de pasar a la posteridad será seguramente lo 
de quien pudiera trabajar en la tranquila y 
cómoda soledad de su gabinete, no lo de aque- 
llos que, como Manuel del Palacio, tenían que 
andar a salto de mata escribiendo en la mesa 
de la redacción o el velador del café; y la 
prueba es que por la misma causa han quedado 
en el olvido las composiciones que poseídos de 
fervor revolucionario y antidinástico escribie- 
ron hombres tan ilustres como Eulogio Flo- 
rentino Sanz, Juan Martínez Villergas, Ade- 
lardo López de Ayala y don Antonio García 
Gutiérrez. Realmente, en Manuel del Palacio 
nunca se agotó la vena satírica ; pero los años,, 
sin quitarle gracia y desenfado, le hicieron 
prudente y comedido, transformando su exce- 
sivo ardimiento en tranouila ironía. Así, por 



PRÓLOGO 



XXXV 



ejemplo, en 1868 retrataba a un ministro con 
estos crueles rasgos : 

Desde humilde pastelero, 
En Palacio fué admitido. 
Fué Marqués, tuvo dinero ; 
Sólo una cosa no ha sido 
En su vida: caballero. 

Y en 1898, cuando otro ministro le jubiló a 
raíz de nuestro gran desastre colonial, causán- 
dole graves perjuicios, desahogó su justo eno- 
jo, limitándose a lamentarse de este modo : 

Parece grande y es chico; 
Fué Ministro porque sí, 
Y en cuatro meses y pico 
Perdió a Cuba, a Puerto Rico, 
A Filipinas... ¡y a mí ! 

Pasemos, pues, por alto, aquellas menuden- 
cias de su ingenio, que no dan la medida exacta 
de lo que valía, y las cuales ni aun él mismo 
quiso reimprimir luego de apaciguado el apa- 
sionamiento de la lucha, en que tuvo por com- 
pañeros a los hombres más ilustres de su 
tiempo. 

Las mejores obras de Palacio, y por ellas 
hay que juzgarle, son las escritas desde que 



XXXVI 



PRÓLOGO 



ingresó en la carrera diplomática como secre- 
tario de la Legación de Florencia en 1868 y 
posteriormente en la de Berlín, hasta después 
de jubilado treinta años más tarde, tras haber 
sido ministro residente en el Uruguay y jefe 
del Archivo del Ministerio de Estado, donde 
desempeñó también otros cargos. Durante este 
período, residiendo en España y en América, 
publicó primero en diarios, semanarios y re- 
vistas, luego reunidas en tomos, multitud de 
composiciones que consolidaron su reputación. 
Hizo leyendas de corte tradicional tan hermo- 
sas como El Cristo de Ver gara y El hermano 
Adrián, que pudiera firmar Zorrilla; fantás- 
ticas como El puñal del capuchino) cuentos y 
poemas cortos de trágica belleza, entre los cua- 
les sobresalen Imposible y El niño de nieve; y 
relatos íntimos, episodios acaso de su propia 
vida, como Blanca, cuyo intenso realismo y 
bellísima forma dejan en el alma del lector 
una de esas impresiones mitad pena, mitad 
ternura, que no se olvidan nunca. 

Así como entre nuestros antiguos clásicos 
hay algunos que casi deben a una sola compo- 
sición toda su gloria, a la de Manuel del Pa- 
lacio bastaría haber escrito Blanca. Es la na- 



PRÓLOGO 



XXXVII 



rración de una aventura que pudo ser vulgar, 
prosaica, hasta grosera, y la cual, merced al 
hechizo de la delicadeza espiritual que el autor 
ha derramado sobre ella, adquiere la catego- 
ría de esas obras de arte, pequeñas por sus 
proporciones, seductoras por su contenido, cu- 
yo encanto penetra suavemente el alma, 

Este mismo linaje de belleza se advierte en 
la mayoría de sus composiciones cortas, las 
cuales son de carácter esencialmente subjetivo 
y reflejan toda la sinceridad compatible con 
*el esmero y atildamiento propios de quien pro- 
cura decir las cosas con primor. Juzgando por 
como están escritas, podemos y debemos creer 
que no hay en ellas sensibilidad ficticia, ni 
emoción falsificada. A diferencia de los que 
teniendo de poeta sólo la huera y molesta faci- 
lidad de hacer versos andan a caza de ideas, 
él las encuentra en sí mismo y en el mundo 
a cada paso y cuida mucho de no conceder, 
digámoslo así, los honores de la versificación 
sino a lo que ha experimentado o visto muy de 
cerca : procura, sin duda, embellecer o presen- 
tar del modo que más impresione lo que con- 
cibe o comenta, sus penas o sus goces; pero 
los ha sentido de veras. Son para él fuente de 



XXXVIII 



PRÓLOGO 



inspiración los atractivos de una mujer her- 
mosa, el infortunio o la prosperidad de un 
amigo, la admiración que causa una página 
literaria, el halago o la mordedura de un re- 
cuerdo, el vislumbrar una esperanza, el en- 
cuentro con alguien o el resurgir de algo que 
quedó amortecido por el tiempo en la memo- 
ria, el espectáculo de las grandezas o las mi- 
serias humanas, todo aquello, en fin, a que el 
corazón no puede permanecer ajeno y es como 
el tributo que el alma rinde a la vida entre 
placeres cortos y amarguras duraderas, Pero la 
tristeza que esto implica no le hace pesimista 
ni va más allá de una melancolía tranquila, que 
el mismo rodar de la vida desvanece o con- 
suela a poco que luzcan la verdad, el bien y la 
belleza. Sus poesías nos comunican esa melan- 
colía; son de las que saben mejor leídas a so- 
las, sin que la presencia del prójimo nos es- 
torbe para pensar ni nos avergüence de sen- 
tir; y nunca entenebrecen el ánimo porque en 
el rastro de ideas que dejan prevalecen siempre 
la calma y la cordura. 

Prueba de ello es el siguiente soneto, donde 
el curso del tiempo, representado por la corrien- 
te de los ríos, en vez de atormentarle, le inspira 



PRÓLOGO 



XXXIX 



el tranquilo pesar que produce la contemplación ■ . 
de lo inevitable : 

TI'BIER Y TAJO 

Mas de una vez, de brazos sobre el puente 
Que el arte circundó de maravillas, 
Recordé, turbio Tajo, tus orillas 
En España y en ti fija la mente. 

Del Tíber emulando la corriente 
Llevas al mar tus aguas amarillas 

Y como aquél, con tu pobreza humillas 
Del Volga undoso al Ródano potente. 

Si ellos tienen caudal que les abruma, 
Murmullo halagador, linfa serena, 
Cauce de flores que el abril perfuma, 

Tenéis vosotros, y arrastráis con pena, 
Llanto de muchos siglos en la espuma, 
Polvo de muchas ruinas en la arena. 

Análoga significación tiene este otro, en el 
cual, pronto a dar el último adiós a la vida, sa- 
luda a la muerte como libertadora : 

A LA MUERTE 

Si has de venir al fin, ven cuando quieras, . 

Y no traidora, y lúgubre, y callada; 
Ven como si mujer y enamorada 

De mi amoroso afán cómplice fueras. 



XL 



PRÓLOGO 



Otros de tus visiones y quimeras 
Huyan la acometida o la emboscada, 
O te llamen con voz desesperada 
Para que pronto y sin piedad les hieras. 

Yo, que ni juzgo bien el bien presente 
Ni llevo el corazón hecho pedazos. 
Bajo en paz de la vida la pendiente, 

Y espero en Dios que al desatar sus lazos. 
Tú, cariñosa, besarás mi frente, 
Y yo, feliz, me dormiré en tus brazos. 

Así, hastia la incontrastable acción del que 
todo lo consume y la amenaza del aniquilamien- 
to, es decir, los dos agobios que más apesadum- 
bran al hombre, prestan a su alma de poeta cierta 
placidez consoladora donde se confunden, como 
aguas de origen diverso, el estoicismo pagano y 
la resignación cristiana. 

Aun teniendo en cuenta las cualidades apun- 
tadas, lo que da realmente valor a las obras de 
Manuel del Palacio es su forma. 

Versifica con gran facilidad, sin revelar 
jamás el esfuerzo mental que despoja de fres- 
cura a la poesía, dándole el carácter de lo pre- 
miosa y trabajosamente engendrado: tiene oído 
delicadísimo, que así le sirve para evitar de- 
fectos de fonética como para dar a los versos 
, amplia y robusta sonoridad ; somete los pen- 



PRÓLOGO 



XLI 



samientos a la varia estructura de los metros.- 
dejándoles íntegra toda la lucidez con que 
acertó a concebirlos, y, finalmente, los realza 
expresándolos con una sobriedad admirable, 
que les infunde tanta robustez como elegancia... 

Lo que verdaderamente le distingue de otros 
poetas que han tenido mayor caudal de ideas- 
es el arte sobrio, preciso y claro con que diee r . 
en forma a veces irreprochable, no sólo sus 
pensamientos propios, sino hasta los que son- 
modesto patrimonio del vulgo: es semejante 
a esos orfebres en cuyas obras el buen gusto del 
dibujo y el primor de los engastes tienen más 
importancia que el valor de las piedras em- 
pleadas. 

Su estilo es casi siempre correcto, y sólo de 
tarde en tarde se le escapa alguna voz impro- 
pia o inadecuada, error en que han incurrido 
aun los más excelsos poetas : construye muy 
bien y pertenece a la raza de los escritores que 
con el horror instintivo a lo defectuoso y el 
gusto depurado suplen lo que les falta de pro- 
fundos estudios gramaticales. Sin ser el suyo 
un vocabulario de riqueza excepcional como, 
por ejemplo, el de Lope entre los antiguos y 
el de Zorrilla entre los modernos, las palabras le- 



XLIÍ 



PRÓLOGO 



acuden en abundancia y con variedad extra- 
ordinaria, e instintivamente las escoge y em- 
plea con tal acierto que es castizo, no a fuerza 
de rebuscar y desenterrar términos y giros 
.arcaicos, sino porque, amamantado en buenas 
lecturas y muy respetuoso del idioma, cuanto 
dice queda, no sólo bien construido, sino, ade- 
más, dicho muy a la española ; así que hasta las 
ideas dulces, serenas y apacibles adquieren en 
sus versos aquella grave entonación y solemne 
armonía propias de nuestros clásicos. No es, en 
fin, uno de los más grandes poetas que haya 
producido España; pero tiene obras de indiscu- 
tible belleza. El historiador de nuestra época 
literaria que le olvide no será justo, y no esta- 
rán cabales el florilegio ni la antología donde 
no figuren algunos de sus preciosos sonetos, 
pues los tiene que, junto a los mejores de Lope, 
Quevedo, los Argensolas, Herrera, Góngora y 
Arguijo, no desmerecen en la comparación. 

Manuel del Palacio ingresó en la Academia 
Española en 1890 y murió en 1906. 

Hoy que en la lírica española tienden a pre- 
valecer, de un lado, la imitación irreflexiva de 
lo arcaico mal comprendido, y, de otro, el 
error de pedir a idiomas extraños lo que el 



PRÓLOGO 



XLIII 



nuestro posee de sobra, los versos de Manuel 
del Palacio pueden contribuir a depurar el 
gusto de la juventud, persuadiéndola de que la 
lengua castellana tiene elementos, medios y re- 
cursos para describir o pintar con los más fie- 
les colores cuanto abarcan los ojos, y también 
para decir, matizar y aquilatar cuanto la vida 
engendra y la razón concibe : sólo dudan de su 
magnificencia la insensatez o la ignorancia; 
mientras ella, como soberana espléndida y 
agradecida, todo se lo concede a quien la ama 
respetuosamente, y aun le cubre de gloria si 
sabe ponerla al servicio de la Verdad y de la 
Belleza. 

JACINTO OCTAVIO PICON. 
Madrid, enero de 1916. 



SONETOS 



SONETOS SERIOS 



\ 



MI LIRA 



En cada corazón hay una lira 
Cuya voz nos aflige o nos encanta ; 
Cuando la pulsa el entusiasmo, canta ; 
Cuando la hiere la maldad, suspira. 

Ruge al contacto de la vil mentira ; 
El choque de la duda la quebranta, 
Y al soplo del amor y la fe santa, 
Himnos entona, con que al mundo admira. 

Yo la mía probé, y estoy contento : 
¡ Bendito tú, Señor, que me la diste 
Templada en la bondad y el sentimiento, 

Y las cuerdas en ella no pusiste 
Del necio orgullo, del afán violento, 
Del odio ruin y de la envidia triste ! 

1884. 



É 



6 MANUEL DEL PALACIO 



AMOR OCULTO 

Ya de mi amor la confesión sincera 
Oyeron tus calladas celosías, 

Y fué testigo de las ansias mías 
La luna, de los tristes compañera. 

Tu nombre dice el ave placentera, 
A quien visito yo todos los días, 

Y alegran mis soñadas alegrías 

El valle, el monte, la comarca entera. 

Sólo tú mi secreto no conoces, 
Por más que el alma, con latido ardiente, 
Sin yo quererlo, te lo diga a voces ; 

Y acaso has de ignorarlo eternamente, 
Como las ondas de la mar veloces 
La ofrenda ignoran que les da la fuente. 

1858. 



SONETOS 



7 



TRISTEZA 

Dentro de mí te escondes, enemiga, 

Y mi aliento envenenas con tu aliento; 
Tú conviertes en pena mi contento 

Y ¡mi reposo cambias en fatiga. 

Cual madre que rencor tan sólo abriga, 
Nutres mi corazón de sentimiento ; 
Pero mi voluntad vence tu intento 

Y tu constancia mi dolor mitiga. 
Cruel eres conmigo, y yo te amo ; 

Soy de ti tan celoso, que quisiera 
Del mundo a las miradas esconderte ; 

Cuando de mí te ausentas, yo te llamo ; 
Sin ti mi vida el ocio consumiera, 
Por ti pienso en la gloria y en la muerte. 

1859. 



8 



MANUEL DEL PALACIO 



A UN AMIGO MUERTO 

Rico, noble, feliz, enamorado, 
Pródigo de talento y de alegría, 
Amigo caro me llamaste un día, 
Y placer y amistad hallé a tu lado. 

Del mundo por el piélago agitado, 
Los dos corrimos sin timón ni guía, 
Sin esperar de la tormenta impía 
Pesadumbre, ni susto, ni cuidado. 

Luego, en vez del amor y la ventura, 
Te dió el martirio su temida palma, 
Siendo el sepulcro fin a tu amargura. 

¡ Duerme tranquilo en paz, cuerpo sin alma ! 
¡ Dichoso aquel que encuentra en el altura, 
Tras la deshecha tempestad, la calma ! 



1860. 



SONETOS 



9 



A UNA MUJER 

En balde jurarás que me aborreces 
Y que fué mi ilusión delirio vano ; 
Yo diré que tu juicio ''no está sano, 
O que a una infame cábala obedeces. 

¿Aborrecerme tú? Cuenta las veces 
Que tus cabellos destrenzó mi mano, 
Las que de amor en el altar profano 
Juntos bebimos del placer las heces. 

Cuenta las noches que arrullé tu sueño, 
Las promesas que hiciste cada día, 
De nuestro mutuo afán el loco empeño ; 

Y si en odiarme insistes todavía, 
Di que tu corazón es muy pequeño 
Para encerrar un alma cual la mía. 



1860. 



IO 



MANUEL DEL PALACIO 



i A LOS TREINTA AÑOS! 

Heme lanzado en la fatal pendiente 
Donde a extinguirse va la vida humana, 
Viendo la ancianidad en el mañana 
Cuando aún la juventud está presente. 

No lloro las arrugas de mi frente 
Ni me estremece la indiscreta cana; 
Lloro los sueños de mi edad lozana, 
Lloro la fe que el corazón no siente. 

Me estremece pensar cómo en un día 
Trocóse el bien querido en humo vano 

Y el alentado espíritu en cobarde : 

1 Maldita edad, razonadora y fría, 
En que para morir aún es temprano 

Y para ser dichoso acaso es tarde ! 

1862. 



SONETOS 



EN UN CALABOZO 

i Cuán triste debe ser y cuán amargo 
Vivir en este sucio asilo estrecho, 
Sintiendo sin cesar, dentro del pecho, 
De la airada conciencia el justo cargo! 

¡ Cuántas horas de angustia y de letargo 
Ofrecerá al culpable el duro lecho, 

Y cuántas i ay !, en lágrimas deshecho, 
De su existencia el fin hallará largo ! 

Pero a mí, ¿qué me importa tu tristeza? 
Como en almohada de caliente pluma 
Reclino en tu tarima mi cabeza : 

La culpa, no el castigo, es lo que abruma, 

Y rompe mi virtud toda vileza, 
Como el alto bajel rompe la espuma. 

Cárcel del Saladero, Mayo 1867. 



MANUEL DEL PALACIO 



A UN REO 
CAMINANDO AL PATÍBULO 

Odio, miseria, estupidez, codicia, 
Pusieron el puñal entre tus manos, 

Y por lavar tu crimen los humanos, 
Otro cometen, que tu juez inicia. 

"¡La sangre pide sangre en su malicia 
Gritan los que blasonan de cristianos, 

Y fuertes con el débil y tiranos, 
Muerte le dan con bárbara delicia. 

¡Tú al patíbulo vas! Cortejo impío 
Sigue tus huellas y a admirar se lanza 
Ese cuadro patético y sombrío: 

Reo, ¡ valor, dulzura y esperanza ! 
Dios perdona del hombre el desvarío 

Y allí es justicia lo que aquí venganza. 



Ponce, 1868. 



SONETOS 



i3 



DESPEDIDA 

A MIS AMIGOS DE PUERTO RICO 

Cual deja el ruiseñor la enamorada 
Doncella de quien fué cautivo un día, 
Trocando por el valle en que vivía 
Tiernos halagos y prisión dorada, 

Tal dejo yo vuestra amistad preciada, 
Dulce consuelo de la pena mía, 
Mi libertad buscando y mi alegría, 
Unicos bienes de mi edad cansada. 

Pronto entre brumas, al perder el puerto, 
Soñaré con el puerto suspirado, 
De las iras del mar término incierto. 

; Voy a partir ! Los que me habéis amado, 
Recibid estas lágrimas que vierto: 
; No tiene más que dar el desterrado ! 

Puerto Rico, 1868. 



»4 



MANUEL DEL PALACIO 



EN LAS RUINAS DE POMPEYA 

Henchida el alma de mortal tristeza, 
Penetro en ti, Necrópolis gigante, 
Y de tu vasta inmensidad delante 
Inclino silencioso la cabeza. 

De tu desierto Foro la belleza, 
De tus pinturas el matiz brillante, 
Vivo me representan cada instante 
Un pasado de gloria y de grandeza. 

Vi los escombros de Numancia un día, 
De Itálica y Sagunto el polvo vago, 
Que el viento arrastra en la extensión vacía ; 

Doquier de la fortuna vi lo aciago ; 
Pero jamás soñó la mente mía 
¡ Ni tanta soledad ni tanto estrago ! 

Nápoles, 1869. 



SONETOS 



i5 



LA VENUS DE MEDICIS 



Por la fuerza del genio concebida, 
En un delirio de placer creada, 
Eres la imagen del amor soñada, 
Que a la ventura celestial convida. 

Nada te falta para ser querida; 
Hermosura, candor, juventud, nada; 
¡Ay, quién al mármol de que estás formada 
Llevar pudiera el fuego de la vida! 

Más de una vez, cuando al pasar te veo 
Del pedestal queriendo desprenderte, 
Buscando a tu belleza digno empleo, 

Cautiva entre mis brazos sueño verte; 
¡Aberración sublime del deseo, 
Que va a estrellarse en la materia inerte! 

1869. 



i6 



MANUEL DEL PALACIO 



UNA NOCHE EN EL COLISEO 

Solo en la arena estoy ; ¡ a mí lictores ? 
Augusto Emperador, te desafío : 
El Dios de los cristianos es el mío, 

Y tu poder desprecio y tus furores. 
Cérquenme ya los tigres bramadores, 

Que quiero en ellos ensayar mi brío, 

Y una vez más el holocausto impío 
Ofrece en el altar de tus errores... 

Aún en la arena estoy ; reposo mudo, 
Fatídico silencio, quietud santa, 
Indecible terror hallo do quiera; 

Nadie responde a mi lenguaje rudo: 
¡ Sólo una cruz al cielo se levanta, 
Donde la luna inmóvil reverbera! 



Roma, 1869. 



SONETOS 



'7 



DESALIENTO 

Placeres, gloria, juventud, poesía, 
Sueños del corazón enamorado, 
A través de las brumas del pasado 
Aún os evoca la memoria mía. 

Cual eco de lejana melodía 
Regocijáis mi espíritu apenado, 
Y a vuestro aliento dulce y regalado 
Reviven mi ambición y mi alegría. 

Pájaro soy do quiera peregrino 
Que, preso en tosca malla o red de seda, 
A cantar y sufrir al mundo vino : 

El anhelo del bien sólo me queda, 
i Y acaso nunca fijará el destino 
De mi fortuna la inconstante rueda! 

1869. 

2 



i8 



MANUEL DEL PALACIO 



LA GUERRA DE DOS PUEBLOS 

Eran ayer hermanos: de la ciencia 
Los dos propagadores se. llamaban, 

Y la industria y el arte cultivaban 
Felices en la paz y la opulencia. 

Un hombre, en hora de fatal demencia, 
Irritó sus pasio'nes que callaban, 

Y hoy con mares de sangre quizá lavan 
El impuro borrón de su conciencia. 

¡Madres! Mañana, al despuntar la aurora, 
No busquéis del hogar en los confines 
Al que vuestras venturas atesora. 

¿El eco no escucháis de los clarines? 
I Tras ellos va la furia asoladora 
De esta maldita raza de Caínes ! 

Madrid, 1870. 



SONETOS 



'9 



SIN ESPERANZA 

Como van hacia el mar precipitadas 
Las aguas del torrente rumorosas, 
Atropellando las humildes rosas 
Que a su cauce crecieron asomadas, 

Así mi corazón y mis miradas 
Fueron, amante aquél y éstas ansiosas, 
Al mar que les copiaron engañosas 
Tus pupilas profundas y rasgadas. 

Hoy, bebiendo en sus olas la amargura, 
Por sus fieras corrientes absorbida 
Navega el alma en la tiniebla oscura, 

Sin que le den consuelo en su caída 
La inocencia, la paz y la ventura 
Que atropello el torrente de mi vida. 



1874. 



20 



MANUEL DEL PALACIO 



QUEVEDO 
I 

De las amargas olas de tu llanto 
Nacieron las espumas de tu risa, 
Y hoy no distingue el ánima indecisa 
Lo que es en ti gemido y lo que es canto. 

Ya del austero Bruto con el manto, 
Ya de Marcial siguiendo la divisa, 
Del tiempo, que de ti se aleja aprisa, 
Eres admiración, gloria y encanto. 

Bajo los dardos de tu ingenio agudos, 
El vicio y la maldad doblan las frentes, 
Hay jueces sordos y tiranos mudos, 

Que tal fué tu misión entre las gentes : 
Ir por la tierra con los pies desnudos, 
Aplastando cabezas de serpientes. 



SONETOS 



21 



QUEVEDO 
II 

Ingenio y corazón, pluma y espada, 
Tuvo y usó con arte y bizarría, 
Sin que ni adversidad ni tiranía 
Hiciesen mella en su conciencia honrada. 

Alma en el yunque del dolor forjada, 
Rebelde a la vulgar hipocresía, 
Para vencer y combatir tenía, 
Cuando el acero no, la carcajada. 

Si de Momo el disfraz hay quien le viste, 
Nadie niega la gala y el encanto 
Que en sus obras magníficas subsiste, 

Ignorándose aún, con saber tanto, 
Si era su llanto manantial del chiste, 
O era su chiste manantial del llanto. 



1904. 



22 



MANUEL DEL PALACIO 



DESPUES DE UNA ENFERMEDAD 

¡ Máquina miserable y quebradiza 
Esta que adora la miseria humana ! 
Bronce y hierro parece a la mañana, 

Y es a la tarde escorias y ceniza. 
Cuando la juventud la vigoriza 

De realizar milagros corre ufana; 
Luego, el choque menor la desengrana 

Y el aire más sutil la paraliza. 

¡ Cuerpo, vencido estás ! ¡ Gratos antojos, 
Placeres, apetitos, devaneos, 
Morded de la materia los cerrojos, 

Y olvidando victorias y trofeos, 
Quede sólo en el alma y en los ojos 
La semilla inmortal de los deseos ! 



Madrid, 1876. 



SONETOS 



23 



LA GUERRA 

AL PINTOR FRANCISCO SANS 

Huye la tarde ; a su fulgor incierto, 
Suelta la rienda sobre el pecho herido, 
Cruzando va un corcel solo y perdido 
El campo de batalla, ya desierto. 

De sangre y lodo y de sudor cubierto, 
Con ojo audaz y con atento oído, 
Al césped interroga, en que el gemido 
Oyó hace poco del soldado muerto. 

Allí se pára; al aire dilatando 
La entreabierta nariz, el aire aspira : 
Llegan los cuervos al festín nefando, 

Apaga el sol su funeraria pira, 
Mueve la hierba el bruto resoplando, 
Lame la frente al paladín, y expira! 

1876. 



MANUEL DEL PALACIO 



NEBULOSA 

Sola en el templo la encontré ; rezaba, 
Y yo, apoyado en el macizo muro, 
De aquel contorno majestuoso y puro, 
La severa belleza contemplaba. 

Detrás del manto que su faz velaba 
Vi de sus ojos relucir lo oscuro ; 
Alzóse al fin, y con andar seguro, 
En la sombra se hundió que nos cercaba. 

¿ Quién era ? No lo supe ; astro divino, 
Del cielo del amor fúlgida estrella, 
Presidió muchos años mi destino. 

Y aún al recuerdo de su imagen bella, 
Siempre que hallo una vieja en mi camino, 
Se me ocurre exclamar: "¡ Si será ella!" 



SOX3NOS 



25 



REMEMBRANZA 

"¡ Tuya o de Dios !", con infantil denuedo, 
De hito en hito, mirándome decía : 
"¡Mía, prenda del alma, siempre mía!", 
Le contestaba yo, casi con miedo. 

El viento que murmura triste y ledo 
De su voz me repite la armonía; 
Ella ya no está aquí, Dios la quería 

Y ni llorar su desventura puedo. 
Viva, del tiempo la inflexible mano 

Desvanecido hubiera poco a poco 
Aquel amor, que guardo en mi memoria ; 
Muerta, la tierra me la oculta en vano, 

Y aun con mis labios trémulos la toco, 
Cuando penetro en sueños en la gloria. 

1877. 



26 



MANUEL DEL PALACIO 



EN LA MUERTE DE VICTOR MANUEL 

REY DE ITALIA 

Por civiles contiendas extenuada, 
Rota en pedazos en aciago día, 
Heredaste con pobre monarquía, 
No ya un cetro real, sino una espada. 

En cien y cien combates fulminada, 
Sirviendo al bueno de estandarte y guía, 
Pronto la noble Italia que dormía 
Pudo alzarse otra vez regenerada. 

Hoy que cumplida ya tu obra gloriosa 
Es fuerza que tu ser se restituya 
Al polvo de que nace toda cosa, 

i No temas que ninguno la destruya \ 
; Ten fe en tu creación y en paz reposa ! 
¡ Has muerto en Roma ! ¡ César ! ¡ Roma es tuya ! 



1878. 



SONETOS 



2 7 



EN LA CARTUJA DE PAVIA 

Del arte joya y del poder emblema, 
Monumento no vi que te aventaje, 
Que escrito está en tus pórticos de encaje 
De las humanas glorias el poema. 

Ejemplo insigne de piedad suprema, 
Impones a las almas vasallaje, 

Y muere aquí del mundo el oleaje 

Y calla'n el rencor y el anatema. 

¡ Ay !, cuando por tu claustro silencioso 
La planta muevo al declinar el día, 

Y en el pasado me sepulto ansioso, 
Más que con los laureles de Pavía, 

Sueño con la ventura y el reposo 
Del humilde cartujo que me guía. 

Milán, 1879. 



28 



MANUEL DEL PALACIO 



EN LA FUENTE DE VALCLUSA 

AL SEÑOR DON ANTONIO CÁNOVAS DEL CASTILLO, 
EN CUYA COMPAÑÍA VISITE ESTOS LUGARES 

Campos hoy yermos y montaña escueta, 
Ayer feraz llanura y bosque umbrío, 
A cuya sombra en dulce desvarío 
De Laura el nombre eternizó el poeta. 

En vano el valladar que lo sujeta 
Sigue rompiendo despeñado el río, 

Y el torreón feudal, roto y vacío, 
Yace en el polvo, cual vencido atleta. 

Nada del sueño aquel quedó presente : 
La hiedra trepadora el muro viste 

Y murmura el arroyo indiferente. 

; Ay ! De la vida en el otoño triste, 
¿Qué es el amor? Imagen de esa fuente: 
El agua pasa ; el manantial subsiste. 

Avignon, 1879. 



SONETOS 



29 



NABUCODONOSOR 

De la Asiría monarca omnipotente, 
Creyó del mundo antiguo ser el dueño, 

Y por lograr su temerario empeño, 

"¡No soy Rey, que soy Dios!", gritó demente. 

"¡Oh polvo que animé! — dijo doliente 
El gran Jehová, mirándole con ceño — . 
Pues más que humano te juzgaste en sueño, 
Menos que humano te hallará la gente. " 

El regio manto que en sus hombros pesa 
Cayó, dejando ver la piel oscura, 
Donde el áspero vello hizo su presa ; 

Inclinó la cerviz con amargura, 

Y mordiendo, al pasar, la hierba espesa, 
Bramando se alejó por la llanura. 

1879. 



3o 



MANUEL DEL PALACIO 



EN EL LAGO DE THUN 



¡ Dos cielos a la vez ! Uno en la altura 
Que el Eiger y el Jungf rau visten de nieve ; 
Otro sobre el cristal que apenas mueve 
La brisa que en los álamos murmura. 

Del recio torreón la mole oscura 
Que de los siglos a triunfar se atreve, 
Y el Alpe allí, donde se forja aleve 
La tempestad que asorda la llanura. 

Más cerca, dominando el valle ameno, 
Cerrado espacio en que el mortal reposa, 
De luz, y flores, y cipreses lleno... 

Región no existe como tú dichosa: 
Para soñar ¡qué lago tan sereno! 
Para dormir ¡ qué tumba tan hermosa ! 

Interlaken, 1879. 



SONETOS 



UNA EVA 

Nadie te niega el título de hermosa, 
Pero el amor se aparta de tu lado, 
Temiendo que la sombra del pecado 
Pueda manchar tu frente pudorosa. 

En ti se estrella la calumnia odiosa 
De amiga infiel o de galán burlado ; 
No pareces de carne : Dios te ha dado 
La majestad sagrada de una diosa. 

Siempre serena y arrogante y fría, 
Cualquiera, al verte descender del coche, 
De Penélope imagen te creería; 

Y más siendo verdad, y no reproche, 
Que la virtud que tejes por el día, 
Vuelves a destejerla por la noche. 



1880. 



32 



MANUEL DEL PALACIO 



AUTONOMIA 

A Dios debí la voluntad que crea, 

Y fuerte con su apoyo soberano, 
Ni siervo he sido de ningún tirano, 
Ni soy eunuco de ninguna idea. 

Cuanto mi corazón ama y desea 
Defiendo con la mente y con la mano, 

Y ni mi fe se rinde ante el arcano 
Ni ante el absurdo mi razón fiaquea. 

Nunca de la social hipocresía 
Cómplice fui, ni de lisonja vana 
El humo ennegreció mi fantasía ; 

La multitud por ídolos se afana; 
Yo desprecio los ídolos del día, 
Que nacen hoy para morir mañana. 



1880. 



SONETOS 



33 



DIALOGO CON UN ENTERRADOR 

— Muy profunda es la fosa, buen amigo : 
¿ Quién es el muerto que en su fondo advierto ? 
— Es un muerto, señor, y no es un muerto. 
— ¿ Será muerta ? 

— Quizá. 

---¿Burlas conmigo? 
— Fué de nuestra nación genio y castigo, 
Escollo fácil en difícil puerto... 
— Y ¿ cuál era su nombre ? 

— ; Envidia ! 

— ¿ Es cierto ? 

Dame la pala, y tu labor prosigo. 

— ¡ Os cansaréis en balde, mal pecado ! 
Por curtido que estéis en tales lizas, 
Muerta es, señor, que os dejará asombrado. 

— ¿ Por qué, p°ues, su cadáver no haces trizan ? 
— Soy la Piedad, y cuando le he enterrado, 
Le ayudo a renacer de sus cenizas. 
1881. 

3 



34 



MANUEL DEL PALACIO 



A VARIOS ESCRITORES PORTUGUESES 
ENEMIGOS DE ESPAÑA 

Sordo rumor el Tajo nos envía, 
Que la injusticia y el error pregona, 

Y quien de noble y de cortés blasona, 
De lo errado y lo injusto se desvía. 

¿Quién da campo a tan loca fantasía? 
¿Qué plan la engendra, qué temor le abona, 
Hoy que de las conquistas la corona 
Quema la sien a que se ciñe un día? 

De hermanos cariñosos pruebas dimos, 
Y, sin ver si ganamos o perdemos, 
Fraternidad y amor sólo pedimos. 

Ni señores ni esclavos pretendemos : 
Señores, porque nunca los quisimos, 

Y esclavos, porque ya no los queremos. 



1882. 



SONETOS 



35 



EN LA MUERTE DE UN AMIGO 
DE LA JUVENTUD 

¡ El también ! ¡ Cómo pasan, y qué aprisa, 
Los que vimos ayer a nuestro lado, 
Ricos de ingenio, de ánimo esforzado, 
Siempre al amor propicios y a la risa ! 

Lodo que amasa el llanto sólo pisa 
Quien, de la edad al término llegado, 
Siente que a cada instante un ser amado 
Con el ejemplo de su fin le avisa. 

¡ Ay ! Para el alma que lo incierto espera 
Y al ver la oscuridad gime y se asombra, 
Qué dichosa estación otoño fuera, 

Si al suelo no arrojase por alfombra 
Todo lo que en la verde primavera 
Nos dió perfumes y frescura y sombra! 

Madrid, 1882. 



36 



MANUEL DEL PALACIO 



A. CIERTA DAMA QUE, SIN CONOCERME, 
ME PIDIO VERSOS 

Si acaso un trovador habéis soñado 
Blando, sentimental y zalamero, 
La capa recogida en el acero 

Y a la cintura el bandolín dorado, 
Ese tal no soy yo ; vate cansado, 

A quien el mismo abril parece enero r 
Canto ya con permiso del casero 

Y dejo estar las flores en el prado. 
Si alguna vez al cielo me remonto, 

Nunca de mis esfuerzos hago alarde, 
Prefiriendo ser tímido a ser tonto ; 

Y con esto, señora, Dios os guarde, 
Que, o yo me he muerto demasiado pronto, 
¡ O vos nacisteis demasiado tarde ! 

1883. 



SONETOS 



37 



LA FUENTE 

Secas las fauces y la planta herida, 
Del sol de julio al resplandor ardiente, 
Llegué a la oculta y apacible fuente 
Donde alguno escribió: "Bebe y olvida." 

"¡Yo te bendigo, manantial de vida!" 
Dije, inclinando el cuerpo, a la corriente; 
Pero, a través del agua transparente, 
Viendo tu sombra, me alejé en seguida. 

Si beber y olvidar era preciso, 
Entre morir de sed o de quebranto, 
Elegir lo más dulce el alma quiso, 

Pues antes que el recuerdo de tu encanto, 
Diera yo la porción de paraíso 
Ganada con mi afán y con mi llanto. 

1883. 



38 



MANUEL DEL PALACIO 



A UNA MARTIR 

Culto rindiendo a la social mentira, 
Me invitas a reir, mas no me engañas ; 
Yo sé que está quemando tus entrañas 
La túnica fatal de Deyanira. 

En vano te sostiene y aun te inspira 
La fe que logra transportar montañas ; 
Curarte no consigues, y te dañas 
Vestal queriendo ser de. muerta pira. 

¡ Cuán tristes tus veladas y tu sueño ! 
¡ Sentir eternamente la cadena, 

Y nunca los halagos de tu dueño ! 
¡Ver envidiosa la ventura ajena, 

Y de un primer amor puro y risueño, 
Vagar perdida en la región serena ! 



1883. 



SONETOS 



39 



UNA COGIDA 



Suena el clarín; la multitud se agita; 
Ya está en el circo la asombrada fiera ; 
Impávido el jinete que la espera 
Su atención y su enojo solicita. 

"Menos vara, morral — un chusco grita : — 
¿Se ha enamorado usted de la barrera?'' 
El hombre avanza, y rápida y certera 
A su encuentro la res se precipita. 

Como roca del monte desgajada, 
Rueda el jinete, y ebria de furores 
Cébase en él la fiera ensangrentada; 

Mientras, ahogando el ¡ay! de sus dolores; 
La imbécil muchedumbre entusiasmada 
Repite: "¡Picadores! ¡Picadores!" 

1883. 



4 o 



MANUEL DEL PALACIO 



TANTALO 



i No compares al suyo mi suplicio ! 
Estar cerca de ti, y a todas horas; 
Ver copiada en tus líneas seductoras 
La imagen que en mis sueños acaricio; 

Sentir cómo trabajan alma y juicio, 
Inquietudes rebeldes o traidoras, 
Llorar si ríes, y callar si lloras... 
¿Cabe más doloroso sacrificio? 

Del lago encadenado a la ribera 
Tántalo, a quien la fiebre consumía, 
Miraba el agua que beber quisiera 

Y de sus labios trémulos huía... 
Tú, manantial de amor, no huyes siquiera, 
i Y está en tu fondo la ventura mía ! 

1883. 



SONETOS 



41 



EN LA CATEDRAL DE SEVILLA 

"Voto a Dios que me espanta esta grandeza 

Y que diera un doblón por describilla..." 
Pero otra más humana maravilla 

Me atrae con su encanto y su belleza. 

¿Cómo no, si es mujer, y humilde reza 
Clavada sobre el mármol la rodilla, 

Y en el lloro que inunda su mejilla 
Del desamor se pinta la tristeza? 

Angel de blanca luz o ángel caído, 
Para llegar a ti tus alas dame 
O el antro alumbra donde te has hundido; 

Que quien tus gracias mire y no las ame 
Podrá ser necio; quien te dió al olvido 
Después de profanarlas, es infame. 

1883. 



4 2 



MANUEL DEL PALACIO 



A MARGARITA FAGET 

La 'noche está serena, Margarita; 
Susurra el viento en el jardín florido; 
Oculto entre las ramas cuelga el nido 
En que de amor la tórtola palpita. 

¡ Con qué deleite a la callada cita 
Vendrá aquel entre todos preferido, 

Y cuán alegre sonará al oído 

La dulce frase en la memoria escrita ! 

¡ Amor, sublime amor ! Aunque en tus aras 
Dejé mi corazón pobre y exhausto, 

Y en triste soledad me desamparas, 
Aún te diera mi vida en holocausto, 

Si del buen Mefistófeles lograras 

Que me comprase el alma, como a Fausto. 

1885. 



SONETOS 



43 



AL CUMPLIR SESENTA AÑOS 



Nave de mi existencia, ¡ diste fondo ! 
¡ Y cuán desnuda miro y cuán brumosa 
La playa de los sueños venturosa 
Donde quiebra sus iras el mar hondo ! 

¡ Con qué valor, virando por redondo,. 
Embestimos la espuma procelosa, 
Y hoy, a la voz del riesgo que te acosa, 
Con qué voces tan tímidas respondo ! 

No como ayer cargada de ilusiones 
Del puerto te despides altanera, 
Que te cerraron ya los aquilones ; 

Crece la sombra y el naufragio espera;; 
i Quién sabe si serán estas canciones 
El último saludo a la bandera ! 



1892. 



44 



MANUEL DEL PALACIO 



EL VULGO 

Existe, como Dios, en todas partes, 
Adulado del mismo a quien ofende; 
Juzga de todo, aunque de nada entiende, 
Ciencia, virtud, progreso, industria y artes. 

Por más que de su atmósfera te apartes, 
Te envolverá en su red si lo pretende ; 
No aplaude al sabio, pero admite al duende ; 
Niega la fe, pero le asusta el martes. 

Rémora de la humana inteligencia, 
Cuando ídolos no forja, los desgasta, 
Ya por estupidez, ya por demencia ; 

Tuvo siglos atrás muy buena pasta ; 
Hoy, uniendo la astucia a la violencia, 
Víbora muerde y elefante aplasta. 

3894. 



SONETOS 



4 5 



A DON ALVARO DE BAZAN 

EN LA INAUGURACIÓN DE SU ESTATUA 

Túnez le vió conquistador osado, 
De laureles cubriendo sus banderas, 

Y en Malta y el Peñón y las Terceras, 
Ejemplo fué del procer y el soldado. 

Al ambicioso turco no domado 
Terror dieron sus ínclitas galeras, 

Y aún le cantan endechas lastimeras 
Las olas del Corinthio ensangrentado. 

Ya que, aunque tarde, para honrar su gloria* 
Turbamos el reposo de la muerte, 
Viva desde hoy eterna su memoria. 

Pero en justo tributo al varón fuerte, 
Comparando a la suya nuestra historia, 
¡ Roguemos al Señor que no despierte ! 



1894. 



4 6 



MANUEL DEL PALACIO 



LA MUERTE DE BACO 

¡ Ya no existes, buen dios ! Cayó en el cieno 
Tu corona de pámpanos y flores, 

Y gimen de la Arcadia los pastores 
Al recordar las gracias de Sileno. 

No alegran como ayer el prado ameno 
De sátiros y ninfas los amores, 
Ni se agrupan en juegos seductores, 
Alta la copa y descubierto el seno. 

Hoy del arte borrando los caminos, 
Trueca la industria en filtros las bebidas, 

Y ofrece, en vez de coros peregrinos, 
Hordas por el alcohol embrutecidas, 

Donde recluta el crimen asesinos, 
La fiebre locos y el amor suicidas. 



^1894. 



SONETOS 



47 



A TRAVES DE LA NIEBLA 

Velada como el sol está mi mente, 
Y aún rompiendo al pasar la bruma espesa, 
Surgen para mi encanto y mi sorpresa 
Relámpagos de luz viva y ardiente. 

Vago perfil de virgen inocente, 
De no cumplido afán vaga promesa, 
Voz ya apagada y en el alma impresa, 
Todo me inclina a cuanto lloro ausente. 

¡ Mujeres ! ¡ Las amé desde la cuna ! 
Por ellas preso en invisibles lazos, 
Tuve en poco la gloria y la fortuna. 

¡ Joven, mi corazón les di en pedazos ; 
Viejo, me halaga recordar que alguna 
Cumplió los diez y nueve entre mis brazos ! 

1894. 



48 



MANUEL DEL PALACIO 



LAS HORAS 

Pasar he visto en raudo torbellino, 
De mi existencia en el reloj gastado, 
Las dulces horas del amor soñado, 
Del noble afán y del placer dañino. 

Tras ellas fueron, por igual camino, 
Las del estudio inútil o cansado, 
De la ambición, del ocio y del pecado.. 
Del gran aliento y del vivir mezquino. 

La juventud pasó con su alegría; 
La libertad, con su delirio loco ; 
La esperanza del bien que perseguía 

Con el recuerdo que al soñar evoco; 
La hora del entusiasmo y la poesía, 
Ni pasó aún ni pasará tampoco. 



1894. 



SONETOS 



49 



BEATRIZ 
O Beatrice, dolce guida e cara.,. 

Humano ser, o ensueño de poeta, 
Deidad te juzga el mundo bienhechora, 

Y todo el que de amor las ansias llora, 
Tu nombre aclama y tu poder respeta. 

Del tiempo a los azares no sujeta, 
Mejor que te destruye te avalora, 

Y reflejo es en ti de eterna aurora 
Lo que cerrada noche en el planeta. 

¿Triunfaste por un genio del olvido? 
¿Le das tu luz, o de su luz te vistes? 
¿Te amó despierto, o te forjó dormido? 

Bello fantasma de Jas horas tristes, 
Dudará la razón si has existido ; 
El alma, que te ve, sabe que existes. 

1894. 

4 



5o 



MANUEL DEL PALACIO 



RESURRECTIO 

A UNA BELLA AMERICANA 

; Por ti he vuelto a vivir ! Cuando creía 
Del amor y la fe tumba mi pecho, 
A tu amor ideal lo encuentro estrecho, 
Pues lo llena tu imagen noche y día. 

No sé si mi cariño me extravía, 
No sé si para amar tengo derecho ; 
Sé que estoy con mirarte satisfecho, 
Y sólo en sueños te supongo mía. 

Avaro de ese bien, deja le guarde 
Con toda la pureza que atesora, 
Ya que para ladrón nací cobarde. 

Baste a mi dicha la que siento ahora 
Al verme entre las brumas de la tarde, 
Gozando las caricias de la aurora. 



SONETOS 



5i 



AL CUMPLIR SETENTA AÑOS 

Sin rumbo ya, desarbolada y rota, 
Vas, pobre nave, al ignorado puerto, 
Perdida en ese piélago desierto 
Que parece gemir cuando te azota. 

Aún por escarnio entre tus vergas flota, 
Del antiguo poder símbolo cierto, 
El pabellón en que se envuelve al muerto, 

Y hace menos amarga la derrota. 

Le conozco muy bien ; ¡ bendito sea !, 
Pues, soñando en sus glorias, todavía 
Mi corazón se anima y se recrea. 

Cubra mi cuerpo en el tremendo día, 

Y a la vez que de escudo en la pelea, 
Sirva a los buenos de esperanza y guía. 



1902. 



52 



MANUEL DEL PALACIO 



EL SOL 

Roto el sudario de la noche fría, 
Refugio de las almas sin ventura, 
Alegrando a la par monte y llanura, 
En su corcel de fuego llega el día. 

Con él vienen color, luz, armonía, 
Balsámicos aromas, aura pura, 
Todo lo que florece en la natura 
Y Dios, benigno siempre, nos envía. 

¡ Sol ! No en vano el mortal padre te nombra : 
Cuanto de ti se nutre y por ti alienta, 
De tu grandeza y tu poder se asombra. 

¡ Qué triste nuestra vida turbulenta 
Sin el consuelo de buscar la sombra 
O de arrimarse al sol que más calienta ! 



SONETOS 



53 



DUO FINAL 



¿Que yo te abrí los ojos?... ¡Embustera! 
Si para la mujer que en veinte frisa 
Es una niña cándida Artemisa 
Y Merlín un bebé con chichonera. 

¡ Que el alma me entregaste toda entera, 
Respondiendo a mi afán con tu sonrisa! 
¡ Que como esclava dócil y sumisa 
Tu voluntad a mis antojos era!... 

¡Así escribe el amor sus desengaños! 
Primero ingratitud, después olvido, 
Graves injurias tras supuestos daños... 

Y aunque fuera verdad (que no lo ha sido), 
Desdenes, odios, cábalas, amaños, 
¿De quién, sino de ti, los he aprendido? 



SONETOS COMICOS 



SONETOS 



5 7 



LA ERUPCION 

Hierve la sangre en las hinchadas venas, 
Fuego brotar parecen las mejillas, 
Se doblan hacia el suelo las rodillas 

Y el hombre más audaz respira apenas. 
Rompiera, a hallarse preso, sus cadenas, 

Y de valor hiciera maravillas ; 

Pero siente en el cuerpo unas cosquillas 
Que vértigo le dan y angustia y penas. 

Arroja espuma su entreabierta boca, 
Retuércese en las sienes el cabello, 
Todo le hiela y todo le sofoca ; 

Su bronco respirar es ya resuello... 
Rompe al fin la erupción, y sólo toca 
Ün grano en la nariz y otro en el cuello. 

1865. 



58 



MANUEL DEL PALACIO 



NO HAY REGLA SIN EXCEPCION 

Pasó ya la estación de los amores 

Y la edad de los sueños placentera; 
Pasó la deliciosa primavera, 

Y con ella los frutos y las flores. 
Pasarán de la suerte los favores 

Y de la vida la gentil quimera, 
Como pasan, cruzando por la esfera, 
Relámpagos de fuego brilladores. 

También pasaron los instantes puros 
En que el alma a sus dichas no halló tasa, 
Ni vió para su afán diques ni muros ; 

Todo, al cabo, pasó ; sólo no pasa 
Una moneda falsa de dos duros 
Que tengo hace tres meses en mi casa. 



1866. 



SONETOS 



5 9 



EL, AMOR IDEAL 

Haces bien en decir, Lesbia querida, 
Que para mí son leyes tus antojos, 
Pues por una mirada de tus ojos 
Satisfecho y feliz diera mi vida. 

Pide a mi amor sin tregua y sin medida 
Sacrificios, placer, dicha y enojos; 
Pide que torne en flores los abrojos 
Y on pavesas la nieve derretida. 

Pídeme que te cante como Homero, 
Que ruja como hirviente catarata, 
Que llore entre cadenas prisionero : 

Pídeme, Lesbia, mi ilusión más grata; 
Mas no me pidas ropa ni dinero, 
Porque estoy más perdido que una rata. 

1867. 



6o 



MANUEL DEL PALACIO 



EL MAYOR DOLOR 

Coger sin sospecharlo un hierro ardiendo, 
Estrenar unas botas apretadas, 
Reñir con un inglés a bofetadas, 
Andar uno o dos años pretendiendo. 

Hallarse frente a frente de un berrendo 
Sin sentir en la hierba sus pisadas, 
Tener cuatro carreras acabadas 

Y no poder vivir sino pidiendo. 
Pasar entre beatos por hereje, 

Amar la libertad y ser soldado, 

Y tener por rival quien nos protege, 
Disgustos son que al hombre dan enfade; 

Mas ¿qué disgusto habrá que se asemeje 
Al disgusto de amar sin ser amado? 

1867. 



SONETOS 6l 



IDILIO 



Ayer, cuando la aurora amanecía, 
Me salí por la Cuesta de la Vega, 

Y al arenal que Manzanares riega 
Fui buscando deleite y poesía. 

En sus riberas plácidas dormía 
La hermosa Tisbe, que de amores ciega, 
Por su galán Alfinto no sosiega, 
A quien vió en el cuartel de artillería. 

Sola estaba la pobre, y descuidada, 
Ver me dejó bajo su manta rota 
Un pie, más que el mayor una pulgada. 

Alzóse en esto; se apretó la bota, 

Y a los cielos lanzando una mirada, 
Soltó la manta y se quedó en pelota. 



1867. 



62 



MANUEL DEL PALACIO 



LA RECOMPENSA 

Hay en el valle que mi Laura habita 
Un rincón entre arbustos escondido, 
Donde tienen las tórtolas su nido 
Y las auras se dan amante cita. 

Levántase en su centro una casita, 
Cuyo tejado, por el sol herido, 
Brilla con el matiz de oro bruñido, 
Como torre de arábiga mezquita. 

Cerca de esa mansión tan hechicera 
Se abre en el bosque pabellón esbelto, 
Vestido de jazmín y enredadera. 

Allí fué donde, impávido y resuelto, 
Pinté a Laura mi afán de tal manera... 
Que me dió un bofetón de cuello vuelto. 

1867. 



SONETOS 



63 



MAL DE MUCHOS... 

¿No viste alguna vez del rayo herido 
Desprenderse y rodar cedro gigante, 
Llenando de terror al caminante 
Entre los bosques al azar perdido ? 

¿Viste cómo la tórtola en su nido 
Llora la ausencia de su triste amante, 

Y cómo el sol derrite en un instante 
El alud de la sierra desprendido? 

¿ Viste, por fin, en el tranquilo cielo, 
Extenderse las nubes poco a poco, 

Y de sombras y horror cubrir el suelo? 

¿ Viste el arbusto que produce el coco ? 
Pues cesa ya tu afán y tu desvelo, 
Que si tú no lo viste, yo tampoco. 

1867. 



6 4 



MANUEL DEL PALACIO 



ORACION FUNEBRE 

Murió no sé en qué pueblo una señora, 
Y siguiendo costumbre inveterada, 
Inundóse de gente la morada, 
Amigos de illo tempore, o de ahora. 

— ¿Quién es, dijo un galán, aquel que llora? 
— El viudo de la joven malograda. 
— ¿Y esa mujer de luto? 

— Su cuñada. 
— ¿ Y aquella del rincón ? 

— La peinadora. 

— ¿Y ése que de una mesa en el testero 
A cuantos entran "¿Cómo va?", pregunta? 
— Debe ser el doctor, a lo que infiero. 

— ¿ Y aquél que está sentado a la otra punta ? 
— ¿Cuál, aquel que parece un majadero? 
¡ Fué la debilidad de la difunta ! 



Madrid, 1868. 



SONETOS 



65 



LA DOCTRINA DE EPICURO 

— No existe la virtud, Dios es un mito, 
Humo la gloria y el amor quimera; 
El que otra vida tras la muerte espera, 
No tiene más cabeza que un chorlito. 

Ora practique el bien, ora el delito, 
La fortuna del hombre no se altera, 
Pues al mirar la luz por vez primera, 
Ver puede en ella su destino escrito. 

Todo es mentira en la existencia humana, 

Y aquel que busca el goce eternamente, 
Sólo ve del placer la sombra vana. — 

Así de Atenas a la pobre gente 
Dijo el gran Epicuro una mañana... 

Y se marchó a tomar el aguardiente. 

•1868. 

S 



66 



MANUEL DEL PALACIO 



TRABAJO PERDIDO 

Ver de lejos la dicha, codiciarla, 
Darle caza por fin y poseerla ; 
No vivir con el miedo de perderla, 
Morirse con el ansia de gozarla. 

Dar cuerpo a una ilusión, acariciarla, 

Y un instante después aborrecerla ; 
Luchar con la desgracia y no vencerla, 
Sentir perpetua sed y no apagarla. 

Llamarse racional, y a veces serlo, 

Y a menudo también serlo y sentirlo 
Huyendo la ocasión de parecerlo. 

Comer partidas y aguantar el mirlo : 
Eso hacemos los hombres sin saberlo 

Y eso hacen las mujeres sin decirlo. 

1868. 



SONETOS 



6 7 



EL NÉCTAR DE LOS DIOSES 



Mezcla en un vaso ele cristal de roca, 
Y, a ser posible, de oro y pedrería, 
Tres dracmas de placer, dos de poesía 

Y cuatro o cinco de soberbia loca. 
Del horno del amor ponle a la boca, 

Y cuando no haya hervido todavía, 
Añádele onza y media de alegría 

Y seis gotitas de café de Moka. 

Si advirtieras que forma mucha espuma, 
En un trozo de blonda catalana 
Colarlo debes con presteza suma. 

Déjalo reposar por la mañana, 

Y removido bien con una pluma, 
Ya lo puedes tirar por la ventana. 



68 



MANUEL DEL PALACIO 



A UN CRÍTICO 

Tu carta recibí, sabe Dios cuándo, 

Y a entenderla llegué, sabe Dios cómo; 
Me has dado un palizón de tomo y lomo, 
De esos que al más cerril dejan temblando. 

¡ Cuánto lo habrás venido meditando ! 
¡ Qué estudiar en un tomo y otro tomo ! 
j Qué fino aquello de llamarme romo. 

Hipócrita, gandul y hasta nefando! 
Sigue por esa senda ; luce el brío ; 

Procura que la ciencia no te empache, 

Y sángrala como se sangra un río. 

¡ No he de ser yo quien tus renglones tache ; 
Pero para otra vez, amigo mío, 
No me escribas ipúcrita sin hache! 

1870. 



SONETOS 



6 9 



A PROPOSITO DE UN BAILARIN 



Vamos, que no es un hombre como yo, 
Ni una mujer siquiera como tú; 
Es un mono vestido de tisú, 
Que trabaja imitando lo que vió. 

De un hombre sale un tigre, un gato no 
(Aunque algunos conozco que hacen fú), 
Y desde Epaminondas a Mambrú, 
Por algo nuestro sexo se afanó. 

Tenerse un cuarto de hora sobre un pie 
Dices que es admirable; lo será: 
Ni tú ni yo lo hiciéramos, a fe. 

Pero si al cielo aspira y allí va, 
Ese aborto de grulla y chimpancé, 
¿Qué cuenta de su vida a Dios dará? 



1872. 



7 o 



MANUEL DEL PALACIO 



A UN AMIGO RESIDENTE EN ROMA 

Si alguna vez de Trevi en la fontana, 
O del risueño Pincio en la colina, 
O en la terrible cárcel Mamertina, 
O en la soberbia iglesia Vaticana, 

La patria de Quevedo y de Santana 
Echas de menos por servil rutina, 

Y envidias a la pobre golondrina 
Que se viene a posar en mi ventana, 

No te detenga mujeril decoro, 
Troquemos de lugar y, lo confieso, 
Renunciaré al garbanzo sin desdoro. 

Una grada de sol tendrás de exceso, 

Y si la calma te aburrió del Foro, 
Te daré mi tarjeta del Congreso. 



SONETOS 



71 



INFORME 

A UN AMIGO QUE, PENSANDO EN CASARSE, ME PIDIÓ 
MI OPINIÓN RESPECTO DE LAS MUJERES 

Es la mujer prisión en que nacemos, 

Y a que desde el nacer nos condenamos : 
Unos por penitencia la buscamos, 

Otros por galardón la merecemos. 

Abismo en que los débiles caemos, 
Puerto donde los fuertes nos salvamos, 
Idolo que de tierra fabricamos 

Y luego en oro convertir queremos. 
Ella del cielo del amor es luna, 

Inspira las letrillas y las odas, 

Sirve al capricho y manda en la fortuna. 

¿ Dices que a ser del gremio te acomodas ? 
Piénsalo bien, decídete por una... 
Verás cómo después te gustan todas. 



72 MANUEL DEL PALACIO 



LEDA... RODRIGUEZ 



Tíndaro duerme, pero sé discreta, 
Que Júpiter acecha tu decoro, 

Y si el amor de Europa le hizo toro, 
Buscará para el tuyo nueva treta. 

Con el papel que guarda en su gaveta 
Puede resucitar la lluvia de oro, 

Y yo te sueño lejos de ese coro 
Juguete vil del mamalón de Creta. 

No del Eurotas la ribera umbría, 
Contemple de la siesta en el descanso 
Tu ebúrnea espalda sobre el onda fría : 

Y si ves algún cisne en un remanso, 
Desprecia en él al Júpiter del día, 
Fingido cisne y verdadero ganso. 

1883. 



SONETOS 



73 



A UN POBRE RICO 

¡ Es tu empeño ridículo, camueso ! 
Yo pudiera admirarte y aun quererte, 
Maldecirte tal vez y aborrecerte; 
Envidiarte..., ¡jamás!, no doy en eso. 

Aunque superes en fortuna a Creso, 
Aunque a Sansón iguales en lo fuerte, 
Aunque tu esclava juzgues a la suerte 

Y halles siempre una boca para un beso, 
Benditas mi ansiedad y mi zozobra, 

Que prefiero a la dicha que te exalta 

Y de un acaso estúpido es la obra. 
Sigue, pues, sigue, y hasta el cielo asalta ; 

Cuanto los hombres pueden dar, te sobra; 
Pero, ¿quién te dará lo que te falta? 

.1885. 



74 



MANUEL DEL PALACIO 



LOS PLACERES DEL CAMPO 

Basta de expediciones en pollino 

Y manejar el remo a lo forzado ; 
Basta de merendonas en el prado, 

Y venga el coche y la sopita en vino. 
Si plugo alguna vez a mi destino 

Inspirarme afición al despoblado, 
Me cansan ya la choza y el ganado, 

Y el césped y el arroyo cristalino. 
La nave de mi afán viró de bordo, 

Y hoy, con tristeza, mis penates dejo, 
A memorias de aver haciendo el sordo, 

Pues me dicen la sangre y el espeja 
Que para los idilios estoy gordo 

Y para las zagalas estoy viejo. 



SONETOS POLITICOS 



AL LEER LA SENTENCIA DE MUERTE: 
DE VARIOS AMIGOS POLITICOS 



¿Y qué? Por mucho que la inicua saña 
De la estúpida grey que nos desdora 
Se atreva a discurrir, ¿podrá en mal hora 
El crimen cometer, baldón de España? 

Antes el mar que nuestras costas baña 
Su sangre teñirá, vil y traidora ; 
Antes el hierro que en su centro mora 
Vomitará en puñales la montaña. 

Víctimas pide el irritado cielo, 
Mas no son las que el bando parricida 
Prepara de su furia en el desvelo ; 

Cuando un pueblo se apresta a nueva vida,.. 
¿Sabéis qué sangre le reclama el suelo?... 
¡ Del déspota la sangre corrompida ! 



Madrid, 1866. 



7§ 



MANUEL DEL PALACIO 



LA PROFECIA 

Víctima de sus vicios fué Sodoma, 
Jerusalem de su impiedad insana, 
De su ambición Cartago la africana, 
De su avaricia y su soberbia Roma. 

Hoy por su propio peso se desploma 
De Pelayo la herencia soberana, 
Y hecho pedazos rodará mañana 
El trono que de Dios su origen toma. 

Y nadie, de la edad en el misterio, 
Buscará de esa ruina las razones, 
De fácil comprensión al hombre serio: 

Lo que sí ha de asombrar a las ¡naciones 
Es cómo vivió siglos un imperio 
Gobernado por monjas y bribones. 

Madrid, 1868. 



SONETOS 



79 



LA LIBERTAD 

¡ Celeste libertad ! ¡ Astro fecundo, 
Oue triste a veces su fulgor derrama, 
Cuando al mirar su luz trocada en llama, 
Mejor destruye que ilumina el mundo! 

Ya hundida del abismo en lo profundo, 
Ya rica de poder, de gloria y fama, 
Rival del hijo que su madre aclama, 
Aclamo yo tu imperio sin segundo. 

Dentro del corazón tu nombre leo; 
Antes que ausente de mi hogar te llore, 
Antes que el hierro del esclavo muerda, 

De mi existencia el fin hallar deseo: 
¡ Maldito aquel que hipócrita te adore ! 
¡ Maldito aquel que estúpido te pierda ! 

Madrid, 1873. 



SONETOS TRADUCIDOS 
O IMITADOS 



• 



6 



AL BORDE DE LA TUMBA 
(imitación del portugués) 

Pequé, Señor, mas no porque he pecado 
De vuestra alta clemencia me despido, 
Que cuanto más hubiere delinquido, 
Os tengo a perdonar más empeñado. 

Si verme pecador os ha indignado, 
Cederéis al mirarme arrepentido: 
La misma culpa ccn que os he ofendido 
Os tiene a la indulgencia preparado. 

Cuando vuelve al redil de sus amores 
Una oveja perdida y recobrada, 
En júbilo se inundan los pastores; 

Yo soy, Señor, oveja descarriada; 
Mirad, Pastor divino, mis dolores, 
Y recobradme al fin de la jornada. 

1859. 



8 4 



MANUEL DEL PALACIO 



SUPER FLUMINEM... 

(imitación del italiano) 

Burlándose del piélago bravio 

Y de joyas magníficas cargado, 
Con viento en popa y pabellón izado. 
Vi romper las espumas un navio. 

No lejos de él, inútil y vacío, 
De cuatro tablas a lo más formado, 
Débil esquife contemplé, llevado 
Por un remero sin vigor ni brío. 

Súbito ruge el huracán furioso, 

Y en la costa el esquife, ya a cubierto, 
Mira estrellarse el buque poderoso : 

Tal es de la fortuna el fallo cierto ; 
El humilde se salva; el orgulloso 
Tan sólo por milagro gana el puerto. 

1869. 



SONETOS 



85 



LA BANDERA ESPAÑOLA 
(imitación de niccolini) 

De rojo y amarillo está partida; 
Dice el rojo del pueblo la fiereza; 
El amarillo copia la riqueza 
Con que su fértil suelo nos convida. 

Plegada alguna vez, jamás rendida, 
Ningún borrón consiente su pureza, 
Y aun al mirarla doblan la cabeza 
Los que a su sombra fiel hallan cabida. 

Si hoy, como en otra edad, al mundo entero 
Leyes no dicta desde polo a polo, 
Ni el sol la manda su fulgor primero, 

Cuando con vil traición o torpe dolo 
Pisarla intente audaz el extranjero, 
¡ Teñida la veréis de un color solo ! 

1870. 



86 



MANUEL DEL PALACIO 



SOBRE UN SEPULCRO DE MUJER 
(de la antología griega) 

Mira. Recién cavada está la fosa, 

Y sobre el mármol funeral caída 
Una guirnalda de ciprés tejida, 
Ofrenda de una mano cariñosa. 

Los negros caracteres de la losa 
Todo el secreto encierran de la vida ; 
Lee, y de un alma para el bien nacida 
Aprenderás la historia dolorosa. 

"Antemia soy; en Gnido tuve cuna; 
Esposa fui de Eufrone, y dos gemelos 
Le di para su gloria y mi fortuna : 

No faltarán a su vejez consuelos, 
Que uno le queda, de su noche luna, 

Y otro en mis brazos se elevó a los cielos." 



1870. 



POESIAS VARIAS 



LA NAVE FANTASMA 



EPISODIO 



— ¿ Has oído, Joaquín ? Del mar y el viento, 
Dominando el rumor, 
Me pareció escuchar hace un momento 
El grito de "¡ Babor !" 

¿Qué será? De prudencia es el aviso, 
Y algo debe pasar : 
Aún las Azores desde aquí diviso; 
¿Si iremos a encallar? 

Sereno el cielo está ; la mar desierta, 
Los astros copia fiel : 
¿ Qué significa la señal de alerta 
Que dan al timonel ? 



QO MANUEL DEL PALACIO 

¿Nada ves? — Del Atlántico la alfombra, 
Sin principio ni fin... 
— ¡No! Yo distingo lejos una sombra... 
Ya sé lo que es, Joaquín. 

Mira: un bajel perdido y sin gobierno 
Entre las olas va ; 
La cólera lo empuja del Eterno : 
¿Dónde lo llevará? 

En vano le hace señas nuestra nave, 
Truena en vano el cañón : 
Sólo el profundo mar la historia sabe 
De su tripulación. 

¿ De qué puerto de América o de Europa 
Salió el roto bajel? 
¿Qué nombre escrito llevará en la popa? 
¿Cuántos iban en él? 

¿ Será tal vez la suya nuestra suerte ? 
¿ Deshecha tempestad, 
Combate inútil, ignorada muerte, 
Silencio y soledad? 



POESÍAS VARIAS 



91 



Las doce son ; acaso en este instante 
Alguno piensa en mí, 
Y — Dios tenga piedad del navegante — 
Murmura para sí. 

Media noche, Joaquín ; pues no hay remedio, 
Volvamos al cajón ; 
La vista de esas olas me da tedio ; 
Huele aquí a panteón. 

EPÍLOGO 

A la mañana del siguiente día, 
El sol al despuntar, 
Un cadáver flotando se veía 

Sobre el tranquilo mar. 

Triste despojo de la nave sola, 
De ella flotaba en pos; 
¡ Un momento después barrió una ola 
El surco de los dos ! 



1868. 



9 2 



MANUEL DEL PALACIO 



FCBDERIS ARCA 

A LEANDRO PEREZ COSSÍO 



Hay un asilo en mi pecho 
Que las dudas no combaten, 
Ni los placeres alegran, 
Ni entristecen los pesares ; 
Oscuro como una tumba, 
Invisible, inexpugnable, 
Ni en él penetran las risas 
Ni de él se escapan los ayes. 
Dios y yo tenemos sólo 
De ese sepulcro la llave, 
Sepulcro que es paraíso 
Con apariencias de cárcel, 
Y Dios y yo solamente, 
En señalados instantes, 



POESÍAS VARIAS 



9 3 



Vemos lo que allí se oculta, 
O, mejor, lo que allí yace. 

Una mujer no besada, 
Una interrumpida frase, 
La memoria de algún sueño, 
El suspiro de algún ángel, 
Hojas de flores marchitas, 
Ecos de dulces cantares, 
Brisas, estrellas, ardores, 
Relámpagos, huracanes, 
Todo lo que el alma crea 

Y en el alma se deshace, 
Tiene allí rumor y vida, 
Cuerpo, sombra, espacio y aire ; 

Y flota en un océano 
Sin escollos ni oleaje, 

Con la eternidad por puerto 

Y la esperanza por nave. 

Cuando, cansado o vencido, 
El espíritu se abate ; 
Cuando del pesar la nube 
Lluvia de lágrimas trae; 



94 



MANUEL DEL PALACIO 



Cuando el rencor o la envidia 
O la adulación cobarde 
Por amigo me pretenden 
O me señalan por mártir; 
Cuando el sol de mi ventura 
Pienso que puede eclipsarse, 
Del asilo de mi pecho, 
Donde no penetra nadie, 
Abro la escondida puerta 
Y en él me refugio amante, 
Como se refugia un niño 
En los brazos de su madre. 



POESÍAS VARIAS 



PROBLEMA 



— Dos almas en una sola 
Nuestras dos almas serán. — 
Así me dijiste un día 
En vísperas de marchar. 
Ni te he visto desde entonces 
Ni de ti supe jamás, 
Ni pensando en nuestras almas 
Puedo ya vivir en paz. 
Si tú las dos te llevaste 
Debes pasarlo muy mal ; 
Si sólo la tuya tienes, 
La mía, ¿ dónde estará ? 



MANUEL DEL PALACIO 



LAS DOS ISLAS 



Yo he visto del Océano 
En la inmensa soledad, 
Dos islas que, siempre verdes, 
Se reflejan en el mar. 
Un abismo las divide 
Que las engendró quizá; 
Pero, a través de ese abismo, 
Entre ellas vienen y van 
Los besos que lleva el aire 
En su carrera fugaz, 
Y los Cándidos efluvios 
De su setao virginal. 
Todo es común para entrambas: 
La calma, la tempestad, 



POESÍAS VARIAS 



97 



El sol, el viento, las olas, 
La alegría y el pesar. 

¡Ay!, esas islas remedan 
En su consorcio ideal, 
De nuestros dos corazones 
El desesperado afán. 
Semejante á su destino 
Nuestro destino será : 
Vernos siempre, amarnos siempre 
Y no juntarnos jamás. 



9 8 



MANUEL DEL PALACIO 



¡YO PECADOR! 



i Si es sagrado, Señor, el juramento, 
Apiádate de mí ! 
Perjuro soy, y aguardo tu castigo 
Doblada la cerviz. 

Juré amar a una pérfida, y esclavo 
Del juramento fui; 
Luego juré olvidarla y ¡oh flaqueza! 
No lo puedo cumplir. 



1874. 



POESÍAS VARIAS 



99 



MAGDALENA 



No llores más ; si siempre el llanto ha sido 
alivio del que gime, 
Por una sola gota el ofendido 
Al ofensor redime. 

Un eterno combate es nuestra vida : 
Luchar no te avergüence, 
Que la gloriosa palma apetecida 
No es sólo del que vence. 

¡Levántate, mujer! Contempla el cielo 
Y tu dolor destierra. 
¿Cuál será el ave que remonte el vuelo 
Sin tocar a la tierra? 



1874. 



100 



MANUEL DEL PALACIO 



ELLA Y YO 



Muchos años han corrido, 
Muchas memorias hall muerto, 

Y aún mi corazón palpita 
Cuando alguna vez la veo. 
Ella indiferente pasa 

Con el semblante sereno, 
Como estatua que abandona 
Su pedestal un momento ; 

Y yo, bajando los ojos, 
Callo, miro, dudo y tiemblo, 
Como esclavo fugitivo 
Que tropieza con su dueño. 



POESÍAS VARIAS 



10! 



MI NOCHEBUENA 

A RAMÓN DE CAMPO AMOR 



Sentado ante la roja chimenea 

Y en las manos un libro, 

He pasado la noche en que naciste 

Y en que nací, ¡ Dios pío ! 

Muchas recuerdo de entusiasmo loco 

Y atronador bullicio, 

En que el placer, la gloria y la esperanza 
Llenaban mis sentidos. 

Alguna pasé lejos y muy triste 
Cuando, pobre proscrito, 
Uní a la voz del viento y de las olas 
Mi voz y mis suspiros. 



102 



MANUEL DEL PALACIO 



Noches de gozo, de inquietud, de duelo, 
Por premio o por castigo, 
Os arrastró veloz en su carrera 
Del tiempo el torbellino. 

¡ Cuán de ésta diferentes, en que sólo, 
Del hogar al abrigo, 
He contado las horas junto al lecho 
De mis hermosos hijos! 

Las caras prendas de mi amor dormían, 

Y a su lado, encendidos, 
Aún brillaban del tosco nacimiento 

Los diminutos cirios. 

Yo, suspendiendo a veces la lectura, 
Me alzaba con sigilo, 
Y al matar una luz les daba un beso, 
Murmurando: "¡ Hijos míos!" 

Cesaron en la calle los rumores 
De cantos y de gritos, 
Apagóse la roja chimenea 

Y me quedé dormido. 



POESÍAS VARIAS 



iOO 



Otras noches vendrán de más fortuna, 
Que incierto es el destino ; 
Pero ¡ ay ! yo no tendré ni mayor dicha 
Ni sueño más tranquilo. 



1875. 



MANUEL DEL PALACIO 



i CALLA ! 



— ¡ Nadie nos ve! Los hierros de tu reja 
Me servirán de escala ; 
En su crespón la noche nos envuelve. 
— ¡ Sí ; pero calla ! 

— Nadie nos oye ; el aire se ha quedado 
Dormido entre las ramas ; 
Todo es en derredor silencio y sombra. 
— ¡ Sí ; pero calla ! 

— '¡Juro, puestos mis labios en tus labios, 
Amarte con el alma; 
Juro ser tuyo como tú eres mía... 
— ¡ Sí ; pero calla ! 



1876. 



POESÍAS VARIAS 



io5 



FUEGOS FATUOS 



Lo dijiste y lo sentías: 
Era ya imposible amarnos, 
Y, ¿a qué andar con niñerías? 
Recuerdo que, al separarnos, 
Yo lloraba y tú reías. 

Sintió mi pecho, al perderte, 
Algo del sepulcro frío, 
Y maldije de mi suerte: 
Hoy, bien lo sabes, al verte, 
Tú lloras y yo me río. 

Demos por bien empleado 
El llanto de hoy y el de ayer, 
Porque ¡ ay !, a habernos amado, 
¡ Cuánto hubiéramos llorado 
Los dos a un tiempo, mujer! 



I06 MANUEL DEL PALACIO 



EN PLENO OTOÑO 

IMITACIÓN DE CARDUCCI 



Húmedos están los campos, 
Húmedo el aire también, 
Húmedos tus ojos negros, 
Donde un tiempo me miré. 
La neblina de la tarde 
Va comenzando a caer, 
Y en remolinos, las hojas 
Se arrastran a nuestros pies. 
Tibio el sol y amarillento, 
Como a destronado rey, 
Más de sudario le sirven 
Las nubes que de dosel. 
Todo tiembla o enmudece, 
Como herido del desdén, 



POESÍAS VARIAS 



IO7 



Y se evaporan, cual sombras, 
Las ilusiones de ayer. 

El otoño de la tierra 
Nuestro otoño también es, 

Y cuanto respira en torno, 
Bruto indócil o ave fiel, . 
Todo parece nos grita: 
"¡Amad por última vez!" 

1876. 



MANUEL DEL PALACIO 



A M ADAME... 



En el mar nos encontramos 

Y en el mar nos comprendimos : 
Recia borrasca corrimos, 

Y uno por otro temblamos. 

"Nunca te podré olvidar", 
Me gritaban tus acentos 
Entre el rumor de los vientos 

Y las olas al chocar. 

Y al ver la tierra cercana 
Que anhelábamos los dos, 
En vez de decirme "¡ Adiós!", 
Me dijiste: "¡Hasta mañana!" 



POESÍAS VARIAS 



Hoy, mujer, te vuelvo a hallar; 
Tus hijas ya son amables; 
Cuando de abismos las hables, 
No las hables de la mar! 

1877. 



[ 10 



MANUEL DEL PALACIO 



% 



Cuando las luces del altar se apagan 
Y en los labios expira la oración, 
Quedan del alto templo entre las naves 
El humo del incienso 
Y el eco de la voz. 

Bajo la sombra del ciprés oscuro 
Duerme, hace tiempo, mi primer amor; 
Mas guardan, desvelados centinelas, 
Su imagen, mi memoria, 
Su fe, mi corazón. 

1878. 



POESÍAS VARIAS 



III 



PENSAMIENTO 



No van la esplendidez ni la miseria 
Del nacer al capricho encadenadas: 
Se nace miserable en cuna de oro 
Y opulento en la paja. 

Por mucho que se encumbre la fortuna, 
Por mucho que alce el pedestal la fama, 
Sólo una elevación hay sin medida : 
¡ La elevación del alma ! 



1880. 



I 12 



MANUEL DEL PALACIO 



BRINDIS 

IMITACIÓN DE STECHETTI 



La noche viene callada 

Y el cielo en nubes se arropa; 
No espero a nadie ni nada. 

— ¡Juan, la copa! 
Dicha pedí a los amores, 
Donde sólo hallé amargura; 
Me dio espinas más que flores 
La hermosura. 
De la gloria en el sendero 
Penetré con firme huella, 

Y por poco un majadero 

Me atropella. 
Vi de ricos un enjambre 
De la razón en agravio, 



POESÍAS VARIAS 



u3 



Y ayudé a matar el hambre 
De algún sabio. 
Fe, justicia, sueños de oro, 
Navegar miro a mi popa ; 
Canten otros en el coro; 
Yo ni canto ya ni lloro ; 
Pero bebo... 

— ¡Juan, la copa! 

1881. 



8 



ii4 



MANUEL DEL PALACIO 



IN EXTREMIS 



La vi rezando de hinojos 

Y no la he visto después; 
¡Qué grandes eran sus ojos! 
¡ Y qué pequeños sus pies ! 

¡ Corazón, no me demandes 
Si a turbar vienen tus sueños 
Aquellos ojos tan grandes 

Y aquellos pies tan pequeños ! 

1884. 



POESÍAS VARIAS 



1x5 



LA PÁGINA ETERNA 



Todos los que escribimos la soñamos 
Magnífica, ideal; 
La buscan en el libro nuestros ojos 
Y en el libro no está. 

Engendro del placer o la amargura 
Del combate o la paz, 
Vive allí con el alma del poeta 
El alma universal. 

r ,a hallaron en la fe Mílton y Dante; 

En la duda, Balzac; 
Shespir en la miseria; en el regalo, 

Byron y Chateaubriand. 



íi6 



MANUEL DEL PALACIO 



A la mentira la arrancó Cervantes ; 
Tácito a la verdad, 
Y es, lo mismo plegaria que blasfemia^ 
En todos inmortal. 

¡ Muchos escriben libros ! De la gloria 
Muchos corren detrás, 
Mas la página eterna, la soñada... 
¿ Cuántos la escribirán ? 

1884. 



POESÍAS VARIAS 



EN LA ESCUELA 

IDILIO REALISTA 



- — Atención, mucha atención, 

Y pues presume de diestro, 
Haga usted — gruñó el maestro — 
Esa multiplicación. — 

Yo, fijo ante la pizarra, 
Otra cosa no veía 
Que el balcón al que subía 
Retorciéndose una parra, 

Y los tejados de enfrente, 
Donde alegres y parleros 
Saludaban los jilgueros 
La primavera ^naciente. 
Absorta y embebecida 

Mi imaginación vagaba 



MANUEL DEL PALACIO 



Por el aire, en que sonaba 

Música jamás oída; 

Mientras volando en montón 

Los pájaros aturdidos, 

Iban á dar, distraídos, 

En los hierros del balcón. 

— ¡ V amos, niño ! — en su falsete 

Murmuró el dómine rudo: — 

¿Lo dice usted ó le sacudo? 

¿Qué son setenta por siete? — 

Y yo, afrontando los daños, 
Entre cálculos extraños, 
Pensaba en mis desvarios: 
"Los setenta son tus años, 

Y los siete son los míos." 

1894. 



POESÍAS VARIAS 



IIQ 



LOS PEDAZOS DE MÁRMOL 

FÁBULA 



Al pie de una cantera 

De mármol de Carrara, 

Varios gigantes bloques 
Restos de una gran ruina semejaban, 

Mientras otro, movido 

Por cuerdas y palancas, 

A un carro conducían 
Muchos obreros en alegre zambra. 
Diez poderosos bueyes, 

Uncidos por el asta, 

Iban la inmensa mole 
A llevar a través de la montaña; 



120 



MANUEL DEL PALACIO 



Y cuando al recibirla 

Rechinaron las tablas, 

Oyóse en el espacio 
Sordo rumor de voces y amenazas. 
— ¿Por qué nos abandonas? 

— Las piedras murmuraban. — 

¿ Qué buscas en tu orgullo 
Fuera de estas regiones solitarias? 

— El hombre me ha elegido 
— Respondió la arrastrada — 
Para que al mundo admire, 
Centinela perpetuo de su fama. 
Si hasta hoy he sido roca, 
Mañana seré estatua; 
No te'ngo yo la culpa 
De ser la más hermosa y la más blanca. 

— Piedad antes que enojo 
En nosotras hallaras, 
Si cautiva a la fuerza 
De tu profanación no hicieras gala. 

Pero en vano te engríes, 
La vanidad te engaña, 
Que aun cambiando de forma 
Piedra serás, cual somos tus hermanas; 



POESÍAS VARIAS 



121 



Y antes de que te eleves 
del vulgo a las miradas, 
¡ No sabes tú los golpes 
De cincel y martillo que te aguardan ! 

Los hombres en la tierra 
Son mármoles con alma, 
Y si éstos al labrarse dejan polvo, 
Aquéllos dejan lágrimas. 



122 



MANUEL DEL PALACIO 



NATURALISMO 

CUENTO 



Molidos de la jornada 

Y con hambre, aunque risueños, 
Dos estudiantes rondeños 
Llegaron a u'na posada. 
Comenzaba a anochecer 

Y entrambos, sin vacilar, 
Acercáronse al hogar 
Decididos a comer. 
Ligera cual una ardilla 
Rubia moza les previno, 
Con un buen jarro de vino, 
Salchichón, pan y tortilla; 
Que devoraron los dos 

Sin tener que repetir, 



POESÍAS VARIAS 



123 



Yéndose luego a dormir 
En paz y e'n gracia de Dios. 
A la mañana siguiente, 
Rayando apenas el día, 
Del ventero en compañía 
Tomaron el aguardiente ; 

Y a seguida de pagar 
Los caballos dispusieron, 

Y alegres como vinieron 
Se volvieron á marchar. 



No será el cuento profundo 
Ni por él pido mercedes ; 
Pero ¿no lo hallan ustedes 
Lo más natural del mundo? 



124 



MANUEL DEL PALACIO 



EL SOLDADO 

IMITACIÓN DE UN CANTO POPULAR DINAMARQUES 



Lúgubre suena y pausado 
El redoble del tambor ; 
Va a morir el centinela 
Que a la consigna faltó. 
Eran su madre y la mía 
Del mismo pueblo las dos, 

Y acarició nuestras cunas 
El mismo rayo de sol. 
No tuve mejor amigo 

Ni camarada mejor, 

Y éste es el que triste avanza 
Seguido del pelotón 

En cuya primera fila 

Mi deber cumpliendo voy. 



POESÍAS VARIAS 



125 



Pasar le ven las mujeres 

Con tranquila compasión; 

Aquellas que celebraban 

La dulzura de su voz, 

Cuando con guitarra en mano 

Cantaba coplas de amor. 

Ya sobre pradera verde 

La tropa el cuadro formó, 

Ya le han vendado los ojos... 

Ten piedad de su alma, ¡oh Dios! 

Nueve hombres salen al frente 

Y uno de los nueve soy. 

— ¡Preparen! ¡Apunten! ¡Fuego...! 

Trémulos por el horror, 

Ocho disparan al aire; 

Se oye un rugido feroz... 

¡Sólo una bala..., mi bala, 

Le ha partido el corazón! 



126 



MANUEL DEL PALACIO 



* 



"¡No te mueras nunca!", 
Me dijiste el día 
En que se encontraron 
Tu boca y la mía. 
¡Morir...! Como nave 
Que al mar desafía, 
Burlando del viento 
La saña bravia; 
Como limpio arroyo 
Que en la fresca umbría 
Derrama a su paso 
Dulce melodía, 
Dichosa y serena 
Mi vida corría, 



POESIAS VARIAS 



I27 



Y en todo gozaba, 

Y en todo creía. 
Hoy el cierzo rudo 
Secó la onda fría, 
Avanza entre nieblas 
La frave sin guía; 

Y de aquel deleite, 
De aquella alegría, 
De cuanto anhelamos 
Con loca porfía, 
Guardas... lo que guarda 
La extensión vacía 

Del ave que vuela 

Buscando su cría. 

"¡ No te mueras nunca !", 

Tu labio decía; 

Si me hubiese muerto, 

¡ Qué feliz sería ! 

1894. 



128 



MANUEL DEL PALACIO 



EL RUISEÑOR Y LOS GORRIONES 



APOLOGO 



De su nido de granzones 
Un ruiseñor se cayó, 
Y, sin saber cómo, dió 
En un nido de gorriones. 
Era el tal recién nacido, 

Y no pudiendo volar, 

La prole vino a aumentar 
Que ocupaba el otro nido. 
Aún distinguir no sabía 
De madre propia o ajena, 

Y hallando que es madre buena 
La que nos sufre y nos cría, 



POESÍAS VARIAS 



I29 



Por más que a tender el vuelo 
Poco después se lanzaba, 
Siempre al nido regresaba 
Lleno de amoroso anhelo. 
Era una tarde de estío 
Y la turba entre el ramaje, 
Sacudiendo su plumaje, 
Entonaba el pío, pío, 
Cuando, ¡ caso singular, 
Que nadie explicarse supo! 
Un paj arillo del grupo 
Rompió de pronto a cantar. 
— »¡ Calle ! — gritó la gorriona, 
Con voz que a todos espanta. — 
¿Quién es el gorrión que canta 
Lo mismo que una persona? 
— Ese ha sido, madre mía. 
— ¿ Cuál ? — El que al nido cayó. 
— Ya me figuraba yo 
Que de casa no sería. 
•Y pues goza con su canto, 
Dejando el trigo y la avena, 
Cante muy enhorabuena; 
Comeremos entretanto. 



9 



MANUEL DEL PALACIO 



Te suplico me perdones, 
Padre Dante : hay un dolor 
Mayor que el que tú supones, 
Y es sentirse ruiseñor 
En un nido de gorriones. 



POESÍAS VARIAS 



i3i 



PARA LUEGO ES TARDE 

DOLORA 



Nace el hombre, y al nacer, 
dos fuerzas de igual poder 
le solicitan al par; 
una le dice : ¡ pensar ! ; 
otra le grita : ¡ creer ! 

El, con aire desdeñoso, 
abre su pecho al cariño 
y su espíritu al reposo ; 
¡para creer es muy niño, 
para pensar, muy dichoso! 

Crece, y del mundo al bogar 
por el anchuroso mar, 



l32 



MANUEL DEL PALACIO 



cuyo fondo quiere ver, 
la duda le hace pensar 
y el desengaño creer. 

Teniendo esta vida en poco, 
de otra existencia al recuerdo 
busca de la luz el foco ; 
mas, ¿ qué ha de creer, si es cuerdo ? ; 
ni ¿qué ha de pensar, si es loco? 



POESÍAS VARIAS I 33 



EL GRILLO 



Todo cantaba en derredor: la fuente, 
perlas vertiendo en la marmórea taza; 
los apiñados árboles del huerto 
mecidos por el aura; 
de una mujer querida las promesas; 
de un porvenir mejor las esperanzas ; 
los suspiros del pecho enamorado ; 

del pudor las plegarias... 
Sólo del grillo el áspero chirrido 
á mi enojo arrancó frases de rabia, 
y denosté su pequenez, que hacía 
difícil mi venganza. 

Todo era en derredor tristeza y sombra; 
de una prisión los muros me guardaban, 



MANUEL DEL PALACIO 



donde ni débil ruido se sentía 

ni eco de voz humana. 
Sólo del grillo el áspero chirrido, 
turbando audaz la pavorosa calma, 
de otro tiempo feliz con el recuerdo 

mis penas consolaba. 
— ¡ Bendita pequenez ! — exclamé entonces ; — 
¡ proteja Dios el nido que te ampara ! 
i Ya puedo sonreir ; tengo á mi lado 

algo que vive y canta! 



POESÍAS VARIAS 



135 



SOL PONIENTE 



Es un extraño placer; 
pero si gozas, mujer, 
como distes en decir, 
del árbol que va á morir, 
viendo las hojas caer; 

si amas la pálida rosa 
que viste ayer orgullosa 
codiciándola quizá, 
y que hoy miras temblorosa 
marchita á tus plantas ya, 

mientras la niebla pesada 
va cerrando el horizonte, 
que aún tiñe con luz dorada 
el sol, vertiendo en el monte 
su postrera llamarada; 



i36 



MANUEL DEL PALACIO 



mientras despiden el día 
con su dulce algarabía 
las golondrinas parleras, 
antes de cruzar ligeras 
del mar la extensión vacía, 

ven á mi lado, mujer; 
de otoño el cielo sombrío 
también me deleita ver, 
y tu corazón y el mío 
se llegarán á entender. 



POESÍAS VARIAS 



i3 7 



EL MENDIGO 

IMITACIÓN DE CATULO MENDES 



A la orilla sentado del camino, 
triste, solo y de harapos mal cubierto, 
á un gran señor que pasa 
limosna pide un viejo. 
— ¡ Por caridad — le dice ; — socorredme ! ; 
yo fui rico, cual vos, en otro tiempo, 
y hoy miserable vivo, 
sin hogar y sin lecho. 
Una moneda de oro deposita 
en sus rugosas manos el viajero, 

y — ¡ Gracias ! — el mendigo 
repite, sonriendo. 



i38 



MANUEL DEL PALACIO 



— ¡ A la vista no más de esta moneda 
de mi fortuna y juventud me acuerdo; 

mis ilusiones tornan, 

aún en la dicha creo. 

Precedido de bélicos clarines 
y de laureles mil doblado al peso, 

por el camino cruza 

un paladín soberbio. 
— ¡ Señor — grita el anciano, — una limosna ! 
También de los combates gané el premio, 

aunque olvidó la patria 

mi generoso esfuerzo. 
Un ramo de laurel á sus pies deja 
el vencedor, la hueste deteniendo, 

mientras el pobre exclama, 

señalándole el cielo: 
— i Que os guarde siempre Dios ! En estas hojas 
mis triunfos y mi nombre escritos veo, 

y al aspirar su esencia 

aún con la gloria sueño. 



Una preciosa joven aparece 
del vecino castillo en el sendero, 
seguida y requebrada 



POESÍAS VARIAS 



1 3g 



por gallardo mancebo. 
Tristemente, inclinando la cabeza 
— i Que seas muy feliz !, — murmura el viejo. 

— Si amas y eres amada, 

ya estás cerca de serlo. 
¡Ay! Yo lo fui también. Bellas mujeres 
reposaron, cansadas, en mi seno, 

y de sus labios rojos 

la copa me ofrecieron. 
Conmovida la niña, dice al joven: 
■ — Si tú me lo permites, dulce dueño, 

dar quisiera á este anciano 

la limosna de un beso. 
— Aunque él te lo permita, yo, señora, 
del sacrificio relevarte debo 

— interrumpió el mendigo 

con doloroso acento. — 
Un ramo de laurel, una moneda, 
pueden las ilusiones devolvernos 

y de perdidos goces 

evocar el recuerdo. 
Mas besos ofrecidos de limosna, 
en nevado erial chispas de fuego, 

resucitar no pueden 

los corazones muertos. 



140 



MANUEL DEL PALACIO 



Pasad, alegres jóvenes, de largo, 
y pasad muy de prisa y en silencio, 

pues no hay para un difunto 
martirio más horrendo 
que sentir arrullarse dos palomas 
sobre el ciprés oscuro y macilento, 
¡inmóvil centinela 
del triste cementerio ! 



PENSAMIENTOS Y EPIGRAMAS 



PENSAMIENTOS Y EPIGRAMAS 



"¡ Igualdad !", oigo gritar 
Al jorobado Torroba. 
Y se me ocurre pensar: 
¿Quiere verse sin joroba, 
O nos quiere jorobar? 

No os aflija pensar que la fortuna 
Protege al ignorante o al malvado : 
El oro es como el sol: da consistencia 
Y brillantez al fango. 

Del desconcierto del mundo 
Yo sé la fecha segura; 
Es aquella en que un mal hombre, 
Tratando de cosa suya, 



»44 



MANUEL DEL PALACIO 



Dijo: "Es agradable y útil"; 
En vez de decir: "Es justa." 

No intimida al ladrón forzar la puerta ; 
Pero le asusta el encontrarla abierta. 



Enfermo está el avaro don Vicente, 
Y morir no le aflige ni intimida : 
El dar el alma a Dios es lo que siente. 
Es lo primero que dará en su vida. 

Si de pecado o error 
Confesión quieres hacer, 
Más que virtud y candor, 
Exige en el confesor 
Calma, experiencia y saber. 

Prefiere a viejo machucho 
Hombre que sienta a tu modo, 
Y en lides mundanas ducho: 
Cuando se conoce todo, 
Suele perdonarse mucho. 

Ya 'no te acuerdas de que me has querido. . 
Te perdono el engaño, ¡ no el olvido ! 



PENSAMIENTOS Y EPIGRAMAS 



Siempre que miro reír 
A cualquiera de esos Judas 
Que hacen amargo el vivir, 
Me pregunto entre mil dudas 
Tras de mucho discurrir : 

— La risa de ese animal, 
¿Es fingida o natural? 
¿Revela mofa o desdén? 
¿Indica que él se halla bien, 
O es que otro se encuentra mal? 

Malhaya el que a la verdad 
Condenó sin caridad 
A perpetua desnudez, 
Que puede ser candidez 
O puede ser liviandad. 

Si traje propio tuviera, 
Mejor se la conociera, 
Más respeto inspiraría, 
Y menos la vestiría 
Cada cual a su manera. 

Pudo el Hacedor crear, 
Sin esfuerzo y con placer, 
Cielo y astros, tierra y mar. 

10 



146 



MANUEL DEL PALACIO 



Pero creó la mujer..., 

Y tuvo que descansar. 

Los sentimientos del hombre 

Y el cuerpo de la mujer 
Lucen vestidos : ¡ qué pocos 
Resisten la desnudez! 

No hay un tonto, entre los muchos 
Que de serlo dan indicios, 
Del que, con poco trabajo, 
No pueda sacarse un picaro. 

Miré al abismo... la sombra; 
Miré a los cielos... el aire; 
Miré a tus ojos..., no miro 
Desde entonces a otra parte. 

Presta a los infelices y a los pobres 
Atención y consuelo; 
Pero si has menester que lo vuelvan, 
No les prestes dinero^ 

Felicidad que uno logra 

Y otro no ha de disfrutar, 



PENSAMIENTOS Y EPIGRAMAS 



147 



Ni por semejanza debe 

Llamarse felicidad. 

La luz no es luz encerrada 

En un oscuro fanal: 

Sólo merece este nombre 

Cuando alumbra a los demás. 



No tiene un maravedí 
¿Ya baños se marcha Tello? 
Si está con el agua al cuello, 
¿Qué más baño que el de aquí? 

No he comprendido jamás 
Que haya escritores, quizás 
De los de mayor aliento, 
Que malgasten su talento 
Negando el de los demás. 

Era la noche oscura, 
Desierto el sitio. 
Nos hallábamos solos..., 
¡ Qué tontos fuimos ! 



De la lisonja al arrullo, 
Entre sedas ha crecido 



í 4 8 



MANUEL DEL PALACIO 



Tu cuerpo, que envidia da ; 
Pero no muestres orgullo, 
Que un gusano te ha vestido 
Y otro te desnudará. 



Lo mismo que el estiércol 
Da vigor a las plantas, 
La envidia y la calumnia 
Vigorizan las almas. 



Hay quien de buena fe se compadece 
Del rico que empobrece; 
Para el que no hay piedad, y me lo explico, 
Es para el pobre cuando llega a rico. 

Lo primero que aprendí 
Fué a querer en este mundo; 
Lo segundo fué a olvidar, 
Y he olvidado lo segundo. 

Entró Clara de doncella, 
Con buen sueldo y buen palmito, 
En casa de doña Estrella, 
Y al mes de encontrarse en ella, 
Cayó enfermo el señorito. 



PENSAMIENTOS Y EPIGRAMAS 



149 



Cada vez que deliraba 
— ¡ Clara, Clara ! — murmuraba, 
Y dándole de beber, 
Su pobre madre exclamaba: 
— ¡ Mucha sed debe tener ! 



Si porque el mal te haya herido, 
Arrogante o descreído, 
La vida al desprecio das, 
Haz el bien, y sentirás 
Orgullo de haber nacido. 

Por si los Reyes llegaban 
La *noche en que se anunciaban, 
Saqué al balcón unas botas : 
Las recogí como estaban. 
— ¿ Vacías ? 

— -No, señor; rotas. 

La vida es transformación: 
¿Sabes cuándo habrá, Catón, 
Constancia en las opiniones? 
Cuando los guardacantones 
Puedan tener opinión. 



l50 MANUEL DEL PALACIO 



Envidiar lo que sublima, 
Lo hacen el cuerdo y el loco; 
Envidiar lo que degrada, 
Solamente el envidioso. 



Siempre ha tenido amor vena de loco ; 
Para él, o todo sobra o todo es poco. 



Si en ti, mujer, acumuló el destino 
Riquezas abundantes, 
¿ Cómo extrañar que, con disfraz de amantes, 
Te salgan los ladrones al camino? 



Solamente una línea, y no muy clara, 
La estupidez de la bondad separa ; 
Y un punto, inapreciable en apariencia, 
Divide la razón y la demencia : 
Así, por línea más o punto menos, 
Hay tantos locos y tan pocos buenos. 



Atropellos, catástrofes, miserias, 
Crímenes, impiedad; 
O el mundo retrocede a la barbarie, 
O a la locura va. 



PENSAMIENTOS Y EPIGRAMAS I 5 I 



Un nombre el patriotismo; la justicia 

Una incógnita más ; 
El amor un ensueño ; una quimera 

La gloria terrenal. 
¿ Es. que a todos los dioses les aguarda 

La suerte del dios Pan? 



Mi corazón es un nido 
En que burlando al invierno, 
Canta un pájaro sin alas 
El himno de los recuerdos. 



A fuerza de estudiar he averiguado 
Que no hay más que una ciencia : ser amado. 



— ¿ Quién, l niña, tendrá la culpa, 
Si te casas con un viejo, 
De que al llegar Nochebuena 
Suspires por nacimiento? 
Busca zagales robustos, 
En vez de reyes entecos; 
Mira que es muy triste cosa 
Ver el establo desierto. 



1 52 



MANUEL DEL PALACIO 



— ¿ Al Prado yo? ¿Qué he de ir? 
Habrá caretas muy raras; 
Pero a mí, ¿por qué fingir?, 
No las caretas: las caras 
Son las que me hacen reir. 



Si eres favorecedor, 
Nunca investigues de quién ; 
Pero mira mucho y bien 
A quién pides un favor. 



Amar para ser amado, 
En amor es lo vulgar. 
¡ Venturoso enamorado 
Aquel que, siempre ignorado, 
Ama sólo por amar ! 



¿Porque pobre me ves, me compadeces? 
La vanidad te ciega; 
Si yo soy pobre porque nada tengo, 
Más eres tú, que todo lo deseas. 



De tu casa, bella Clara, 
Te ve la gente salir. 



PENSAMIENTOS Y EPIGRAMAS 



1 53 



Y bien hace, en mi sentir, 
Si con el sol te compara: 

Pues, aunque de varios modos 
Encanta vuestro arrebol, 
Os parecéis tú y el sol 
En que salís para todos. 

Viven en paz e ignoradas 
Matronas muy corrompidas, 
Aquí donde las honradas 
Llegan a ser distinguidas 
Por lo que son calumniadas. 

No todo el mundo es capaz 
De dar una puñalada; 
Pero ¿una mala noticia...? 
La persona más honrada. 

No hace la dicha malvados, 
Porque no lo quiere Dios; 
Mas suele hacer egoístas, 
Y no sé lo que es peor. 

Cazador que a caza vas 
De mujer o de león, 



.5 4 



MANUEL DEL PALACIO 



¡Ay de ti si no le das 
En mitad del corazón ! 



Un beso no fuera nada 
A ser uno nada más ; 
Pero el alma enamorada 
Lo anhela como avanzada 
De los que vienen detrás. 



CANTARES 



CANTARES 



El hombre, cuando se embarca, 
Debe rezar una vez ; 
Cuando va a la guerra, dos, 
Y cuando se casa, tres. 



Que no sales de la iglesia, 
Ayer me dijo tu madre; 
Para pecadora es pronto, 
Para arrepentida es tarde. 



Si, como tú, Consuelo 
Yo me llamara, 
¡ Qué poca gente habría 
Desconsolada ! 



MANUEL DEL PALACIO 



De un secreto hice a un mudo 
Depositario ; 
Recobró la palabra 
Para contarlo. 



¡ Qué penitencia tan grande ! 
¡ Sin poderte llamar hija, 
Quererte más que tu madre! 



El amigo verdadero 
Ka de ser como la sangre, 
Que siempre acude a la herida 
Sin esperar que la llamen. 



El amor y la locura 
Se parecen al incendio : 
Suelen verse desde fuera 
Antes que se noten dentro. 



Maresita mía, 
No sé lo que tengo, 
Que salgo de casa con dos o tres duros 
Y vuelvo sin ellos. 



CANTARES 



Anda tu amor en la plaza 
Como las obligaciones : 
Ni el capital se amortiza, 
Ni se cobran los cupones. 

Di lo pasado al olvido, 
Doy lo presente al desdén, 
Del porvenir no me cuido..., 
Y vivo bastante bien. 



Ayer le tocó en mi calle 
El premio grande a don Gil: 
Si el premio fuera una teja 
Me hubiera tocado a mí. 

A buscar dichas y penas 
Salí con otro a un camino: 
Cuando él con las dichas dió, 
Dieron las penas conmigo. 

En alhajas y en mujeres 
No te dejes engañar, 
Y atiende, más que a la hechura, 
A la clase del metal. 



ióo 



MANUEL DEL PALACIO 



Subí a la montaña: 
Cuanto más subía, 
Más sombras abajo, 

Más nubes arriba. 



Conociéndote, te quise ; 
Por eso no tengo pena: 
Yo soy el ratón que ha entrado 
Por gusto en la ratonera. 

Quien te comparó a la luna 
Supo retratarte, niña; 
Que como ella eres hermosa, 
Pálida, mudable y fría. 



Desde la buhardilla suelen 
Tirarse muchas doncellas, 

Y unas van al empedrado 

Y otras a la carretela. 



POEMAS 



i i 



EL PUÑAL DEL CAPUCHINO 



LEYENDA FANTASTICA 

A mi hermano Angel. 

I 

Escenario, los Abruzzos; 
Decoración, un convento ; 
Actores, un capuchino 

Y dos jóvenes viajeros. 
Extiende su densa bruma 
Cerrada noche de invierno, 

Y los vidrios de la celda 
Azota furioso el viento. 

— ¿De modo — murmura el fraile — 
Que a marchar estáis resueltos?... 
—Sí tal. 

— Por más que me pese, 
Vuestra decisión respeto. 



MANUEL DEL PALACIO 



La Santa Madona os guíe, 
Que es peligroso el sendero, 

Y no está el monte poblado 
Por santos, ni mucho menos. 
¿Llevaréis armas? 

— Ninguna. 
— Hicisteis mal, y lo siento, 
Que pecar de confiados 
Es casi pecar de necios. 
Yo, pobre y humilde fraile, 
Nada valgo y nada tengo ; 
Mas con el alma os bendigo, 

Y a Dios pediré en mis rezos 
Que os lleve sanos y salvos 
De vuestra jornada al término. 
Sin embargo, como prueba 

De caridad y de afecto, 
Algo que puede ser útil 
Para el viaje daros quiero; 
Tomad, y cuando el peligro 
Ya no exista, devolvédmelo. 

Y una caja de madera 
Entre las manos poniendo 
Del más gallardo y más joven 



POEMAS 



i65 



De los valientes mancebos, 
Silencioso les bendijo, 
Al portón sacóles luego, 

Y al verles ya cabalgando 
Entróse a rezar al templo. 

II 

Jinetes sobre dos muías, 
Cuyos vigorosos remos 
Con paso menudo y firme 
Hieren apenas el suelo, 
Internáronse los mozos 
Del bosque en lo más espeso. 
Las nubes se deshacían 
Empujadas por el cierzo, 

Y entre los pinos brillaba 
La luna de trecho en trecho. 
— ¿En qué piensas, Federico? 
— Dijo de pronto uno de ellos — . 
— Pensaba en que más a gusto 
Nunca he llevado mi cuerpo. 
Buena bendición por fuera, 
Buena comida por dentro, 



MANUEL DEL PALACIO 



Buen abrigo y sin cuidado, 
Nada me falta, Lorenzo. 
— Dios se lo pague al buen fraile. 
— Tienes razón, y por cierto 
Que aún su regalo no vimos. 
¿ Lo guardaste ? 

— Aquí le llevo. 
— A ver, a ver; una caja 
Con la cifra del convento, 

Y en ella... 

— 1¡ Mira!, un rosario... 

Y un puñal... 

— j Contraste bello ! 
La vida y la muerte... el crimen 

Y la expiación... ¡ oro y hierro ! 
Mas detente... ¿No has oído? 
— Alguno que silbó lejos... 
Por allí viene... Es un hombre 
Seguido de un perro negro. 

— Un pastor.,. ¡Eh!, buen amigo, 
Acerqúese... 

— Ya me acerco. 
— ¿ No habrá por estos contornos 
Mesón, cuadra o aposento 



POEMAS 



En que hallen las bestias cena 

Y los racionales sueño ? 
— Buscaréis inútilmente, 
Señores, si buscáis eso ; 
Estamos de la montaña 
En el sitio más desierto, 

Y habéis de andar muchas horas 
Antes de llegar al pueblo. 
Pero conozco un refugio, 

Y con placer os le ofrezco. 
Caminad a la derecha, 

Y al trasponer aquel cerro, 
Al pie de unas viejas ruinas 

Y formada con sus restos, 
Encontraréis una choza 
Donde en verano solemos 
Mis cabras y yo hacer alto 
Cuando el sol nos da tormento. 
Provisión de paja y leña 
Guardo allí para el mal tiempo, 

Y aunque el paraje es muy frío, 
Los paredones son recios. 
Haced lumbre, aunque no grande, 
Pues el resplandor del fuego 



i68 



MANUEL DEL PALACIO 



Pudiera ser atalaya 
Para algún huésped molesto, 
De esos que cazan lo mismo 
Las muías que los conejos. 
— Agradecidos quedamos, 

Y si el favor tiene precio, 
Decid cuál es... 

— Ni le tiene 
Ni yo mis favores vendo ; 
Con que, adiós, y buena noche... 
— El colme vuestros deseos. 

Caminando a la derecha 
Los dos jinetes siguieron, 
Hasta dar en un ribazo 
Que lame turbio arroyuelo. 
Le coronan entre zarzas 
De una torre los fragmentos, 

Y de un murallón hendido 
Amparándose en el hueco, 
Una cabaña se esconde, 

A la cual sirven de techo 
Varios robustos sillares 
De verde hiedra cubiertos. 



POEMAS 



169 



— Albricias, ya hemos llegado; 
¿ Qué te parece, Lorenzo ? 
— Que ya me tienes en tierra 
Para ayudarte dispuesto. 
— De la muralla al abrigo 
Nuestras muías amarremos. 
— Ya están. 

— Las maletas baja, 

Y a palacio, que hace fresco. 
— ¡ Pero, calle ! ¿ Está cerrado 
El postigo? 

— Está sujeto 
Con un clavo que no es flojo; 
Pero, adelante, ya es nuestro. 
¿ Y ahora, Federico ? 

— Ahora, 
Hagamos luz lo primero ; 
Llevemos paja a las bestias, 
Que ayunan sin merecerlo, 

Y tras un sorbo de Lácrima, 
Cuyo frasco traigo lleno, 
Cada cual cumpla su antojo, 
Pues es de su antojo dueño. 



iyo 



MANUEL DEL PALACIO 



La luz está ya encendida, 
Las muías comen el pienso, 
El Lácrima es delicioso, 
Leña en el hogar tenemos ; 
Con esta mesa la puerta 
Vamos a atrancar por dentro, 
Y pues es grande y mis ojos 
Se niegan a estar abiertos, 
Hago sobre ella mi cama, 
Tranquilamente me acuesto, 
Tú te sientas a mi lado, 
Me dejas echar un sueño 
De dos horas ; en seguida 
Duermes tú mientras yo velo, 
Y... Federico, perdona, 
No puedo más... Hasta luego. 



III 

Restregóse Federico 
Los párpados un momento, 
Y pintáronse en sus labios 
Una risa y un bostezo. 



POEMAS 



171 



De su amigo ya dormido, 
contempló el rostro sereno, 

Y en la mesa y a su alcance 
La caja del fraile viendo, 
Abrióla, tomó el rosario 

Y murmuró... "¡ Padre nuestro!" 
Sacó el puñal en seguida, 

Probó la punta en un dedo 

Y llevándola por broma 
Al corazón de Lorenzo, 
Dijo para sí : "¡ Bien duerme ; 
Está lo mismo que un leño!" 
De pronto, rasgando el aire, 
Creyó escuchar a lo lejos 

Un pavoroso silbido, 
Fúnebre como un lamento, 

Y tras él, aún más lejanos, 
Sordos ladridos de perro. 
Mientras, absorto y confuso, 
De espanto y sorpresa lleno, 
Vió lo que mortales ojos 
Ver otra vez no pudieron. 



MANUEL DEL PALACIO 



Reanimándose la llama 

Y a sus fúlgidos destellos, 
Apareció de una gruta 

El fondo triste y siniestro. 
De esta gruta en el recinto, 

Y sentados en el suelo, 
Conversaban muchos hombres 
Casi de harapos cubiertos. 
Escopetas y pistolas 

Eran sus galas y arreos, 

Y de cuentas de rosarios 
Llevaban ornado el cuello. 
De tan extrañas figuras 
Alzábase altivo en medio 
El pastor de la montaña 
Con su enorme perro negro. 
Mirábale Federico 
Inmóvil, aunque sin miedo, 
Cuando aquél, abalanzándose, 
Le asió por el brazo izquierdo, 

Y a su pesar, y arrastrando, 
Sacóle del aposento. 

De una vasta galería 
El espacio recorrieron, 



POEMAS 



Hasta dar en una sala 
Ornada de antiguos lienzos, 

Y que algunas rojas teas 
Iluminaban a intervalos. 
Veinte veces el forzado 
Llevó la diestra a su pecho, 
El puñal del capuchino 
Acariciando en silencio; 

Y veinte veces, curioso 
Por descubrir el misterio, 
Su puñal volvió a la vaina 

Y su espíritu al sosiego. 
Por fin, del pastor guiado, 
Llegó Federico al centro 

De otro salón, donde, en corro, 

Y en altas sillas de cuero, 
Celebraban los bandidos 
Conciliábulo tremendo. 
Tendido sobre una mesa 

Y agarrotados los miembros, 
Su decisión esperaba, 
Mudo y tembloroso, un viejo. 
Del pastor al verse enfrente 
Todos en pie se pusieron, 



MANUEL DEL PALACIO 



Y hacia la mesa avanzando 
Con su víctima y su perro, 
Que las manos le lamia, 
Sin duda la sangre oliendo, 
Así dijo el miserable, 

Con voz ruda y torvo ceño : 
— No atormentéis a ese anciano, 
Ya sin fuerza y sin aliento ; 
Os traigo una nueva presa, 
Que os dejará más provecho. 
Es joven, y acaso rico, 

Y pues rabiáis por saberlo, 
¡ Ea ! Entréganos el oro 
Que escondistes en el seno... 
— El oro, ¡ pastor infame ! 
¿Quieres oro? ¡Toma hierro! — 

Llenó un gemido la estancia ; 
Cayó desplomado un cuerpo, 

Y al despertar Federico 
De aquel espantoso sueño, 
Aún apretaba en sus brazos 
El cadáver de Lorenzo. 



POEMAS 



i 7 5 



Cuando al despuntar el día 
Pudo el honrado cabrero 
Romper a fuerza de puños 
El postigo siempre abierto, 
Halló cerca de la mesa, 
Juntos en abrazo estrecho, 
Dos cadáveres calientes, 
Y a poca distancia de ellos 
Un puñal ensangrentado, 
Un rosario blanco y negro, 
Dos maletas y una caja 
Con la cifra del convento. 



EL CRISTO DE VERGARA 



LEYENDA 



Al célebre escultor catalán 
Jerónimo Suñol. 



Hay de Vergara en la villa, 
Tras un pórtico amparada 
Del tiempo que la mancilla, 
Vieja iglesia, cuya entrada 
Tiene al frente una capilla. 

Quien a fuerza de palpar 
Consigue allí penetrar, 
Pese a la falta de luz, 
Ve entre la sombra un altar, 
Y en el altar una cruz. 



Y vago y desvanecido 
Un cuerpo que luz refleja, 
De aquella cruz suspendido, 

1 2 



IjS MANUEL DEL PALACIO 



Tan desmayado y herido, 
Que parece que se queja. 

Bella imagen del dolor 
Lo excita al par que lo calma 
Con su sonrisa de amor, 
En que puso genio y alma 
Montañés el escultor. 

Mas, ¿cómo se encuentra allí? 
¿ Cómo en tan pobre lugar 
Se esconde tesoro así? 
La historia os voy a contar 
Que me contaron a mí. 

Y sabréis, pues lo declara 
La tradición tal cual es, 
Por qué coincidencia rara 
Vino a parar a Vergara 
El Cristo de Montañés. 



POEMAS 



' 79 



I 



En el sitio que hoy ocupa 
La parroquia de San Pedro, 
De artística decadencia 
Abigarrado modelo, 
Hubo en Vergara, del siglo 
Diez y siete a los comienzos, 
Una ermita, cuyo origen 
Está entre brumas envuelto. 
De San Pedro tomó el nombre, 
Patrón insigne del pueblo, 
Porque en unos rotos muros 
Que coronaban el cerro, 
Al ir por piedra una tarde 
Halló su efigie un cantero; 

Y tantos devotos hizo, 

Que, de su culto en obsequio, 
Limosnas se recogían 
Para levantarle un templo. 
De la ermita mayordomo 

Y demás cargos anexos 



MANUEL DEL PALACIO 



Era Rodrigo de Urbieta 
Por no sé qué privilegio, 
Pues sirvió en sus mocedades 
En los españoles tercios, 

Y aún más de su gusto hallaba 
La pólvora que el incienso. 

De su largo matrimonio, 
Ya por la muerte disuelto, 
Un hijo a Urbieta quedóle, 
Mas tan audaz y perverso, 
Que Dios se le dió, sin duda, 
Por castigo, y no por premio. 
Veinte años cumplido había, 

Y ni un noble pensamiento, 
Ni una amistad verdadera, 
Ni un generoso deseo, 
Daban ternura a su alma 
Ni calor a su cerebro. 
Ingrato y antojadizo, 

Y rencoroso y soberbio, 
Hacer mal era su dicha 

Por sólo el placer de hacerlo. 
En vano formó su padre 
De corregirlo el empeño, 



POEMAS 



Con el rigor muchas veces 

Y algunas con el consejo; 
De todo Andrés se burlaba, 
Que era su malvado pecho 
Para los sermones, piedra, 

Y para los golpes, hierro. 
Con lo que el honrado padre 
Vegetaba en tal desvelo, 
Que más de una vez la aurora 
Le vió llorando en el lecho. 

Habitaba don Rodrigo, 
Por ser suya de abolengo, 
Una casa, de la ermita 
Separada por un huerto. 

Y para servicio propio 

Y servicio de San Pedro, 
Le acompañaba un anciano 
Según él, soldado viejo, 
Aunque más trazas tenía 
Que de soldado, de lego. 
En cuanto Andrés, arrojado 
De su hogar hace ya tiempo, 



[82 



MANUEL DEL PALACIO 



Vivía Dios sabe cómo, 

Ni dónde, ni por qué medios. 



Eran las diez de la noche, 
Y era una noche de Enero 
De esas en que muestra al mundo 
Todo su horror el invierno, 
Cuando cauteloso y ágil 
En largo capote envuelto, 
Junto al portal de la ermita 
Detúvose un bulto negro. 
Mojada estaba la tierra, 
Triste el lugar y desierto, 
Sin una luz las ventanas, 
Sin una estrella los cielos. 
Sólo de un ave nocturna 
El graznido ronco y seco 
Algunas veces venía 
A interrumpir el silencio. 
Bajo el dintel bizantino, 
Ya libre de lluvia y cierzo, 
De su capote los pliegues 
Echó atrás el encubierto, 



POEMAS 



Dejando ver, de un relámpago 

Al vivo y fugaz reflejo, 

El rostro de Andrés Urbieta 

Pálido, sí, pero bello ; 

Que era el hijo de Rodrigo 

De Satanás un remedo, 

Con la fealdad en el alma 

Y la hermosura en el cuerpo. 
Aunque ni temor ni duda 

Se pintaban en su aspecto, 
Interrogando la sombra 
Miró, ya cerca, ya lejos, 
Después de lo cual, y armado 
Con fina daga de acero, 
Metióla en la cerradura 
Murmurando un juramento; 

Y de las manos palanca 

Y ariete del cuerpo haciendo, 
Forzada la puerta, el mozo 
Cayó de la ermita dentro. 

De una lámpara de cobre 
Al moribundo destello 



184 



MANUEL DEL PALACIO 



Levantóse Andrés, enfrente 

Del santo patrón del pueblo. 

Era la efigie de piedra 

Si bien conservando a trechos 

Señales de la pintura 

Con que al nacer la vistieron. 

La diestra alzada tenía 

Como imponiendo respeto, 

Y en la siniestra las llaves, 
Atributo de su empleo. 
Aunque por mano labrada 
De un artífice grosero, 
Había en aquella efigie 
Parodia del arte griego, 
Un no sé qué de dulzura, 
De bondad y sentimiento, 
Que daba al pobre esperanza 

Y al afligido consuelo. 
¿Qué pasó en aquel instante 
Por la mente del mancebo, 

Y qué lava sus pasiones 
Inflamó con torpe fuego? 
En aquel recinto oscuro 

Se encerraban sus recuerdos, 



POEMAS 



Sus penas y sus placeres, 
Sus odios y sus afectos. 
Allí fué donde, jugando, 
Dió agilidad a sus miembros, 

Y a vencer sin ser vencido 
Se adiestró desde pequeño. 
Tocar aquella campana 
Era en las fiestas su anhelo, 

Y atizar aquellas luces, 

Y aprender aquellos rezos. 

Y allí también una noche 
Vió, sin que le diera miedo, 
El cadáver de su madre 
Que, mudo como un espectro, 
Velaba el buen don Rodrigo, 
Desde entonces siempre serio. 

¡ Ay ! De todo aquel pasado, 
Vago ya como un ensueño, 
Sólo la muerta vivía 
De Andrés en el pensamiento. 

Cerca del altar, y al muro 
Con su candado sujeto, 



i86 



MANUEL DEL P.ALACIO 



Un cajón alto y angosto 
Con una hendidura en medio, 
Esta inscripción ostentaba, 
Blanca sobre fondo negro : 
"Aquí se echan las limosnas 
Para las obras del templo." 
Como arrancado al influjo 
Que le encadenaba al suelo, 
Andrés alzó la cabeza, 
Respiró seguido y recio, 

Y hacia el cajón dirigióse 
Con paso seguro y lento. 
La limpia daga en su mano 
Volvió a relucir de nuevo, 

Y buscando las junturas 
De la madera y del hierro, 
Pronto en la pared quedaba 
Sólo el candado suspenso. 
Sacó entonces del bolsillo 
Un papel, que leyó entero, 

Y colgándole de un clavo 
Donde todos puedan verlo, 
El cajón echóse a cuestas 
Después de probar su peso, 



POEMAS 



Y dando un soplo a la lámpara 
Tomó el camino del pueblo : 
Mientras la lluvia caía 

Y a las ráfagas del cierzo, 
Mezclaba el ave nocturna 
Su graznido ronco y seco. 
Disipáronse las nubes, 
Rasgó la aurora su velo, 

Y alzóse en el horizonte 
Límpido el sol y sereno. 
Al despuntar la mañana 
Bajó Rodrigo a su huerto, 
Por si del turbión los daños 
Necesitaban remedio, 

Y ocupado en tal faena 
Estuviera largo tiempo, 
Si, pálido y tembloroso 
Desde el postigo entreabierto 
No le llamará el criado, 

Más que con voces, con gestos. 

Atajándole el camino 

Marchó rápido a su encuentro, 

Y Gil, al verle delante, 
Su mano derecha asiendo 



í88 



MANUEL DEL PALACIO 



El pórtico de la ermita, 

La señaló con el dedo. 

— Serénate, Gil, no tiembles, 

Y habla pronto, por el cielo 
— Dijo Rodrigo. — ¿Qué pasa? 

— Que quisiera haberme muerto. 
Señor, que nos han robado. 
— ¿Cómo? ¿Quién? 

— Vais a saberlo, 
Si en este papel lo ha escrito 
El infame que lo ha hecho. 
Forzada encontré la puerta, 

Y en el sitio del dinero 
Esto es todo lo que había; 
Tomad, señor, y leedlo. — 

Clavó Rodrigo sus ojos 
En el papel un momento, 

Y con voz firme, aunque sorda, 
Dijo, acercándose al viejo: 

— Vas a oír, pero tu vida 
Responde de mi secreto. — 
Después se apoyó en la piedra, 
Apretó contra su pecho 
Al pobre Gil, que lloraba, 



POEMAS 



Y leyó de rabia trémulo : 

"Padre, lo siento por vos; 
Vine a la casa de Dios 
A tomar y no a pedir; 
Cuenta es ésta que al morir 
Ajustaremos los dos. 

Por atender a mi medro 
Al nuevo templo he robado 
La limosna, y no me arredro; 
Una vez que está sentado, 
Bien puede esperar San Pedro. 

Parto para no volver; 
Si os conviene o no callar 
Vos lo habéis de resolver, 
Que quien nada ha de heredar 
Nada tiene que perder/' 

Enderezóse Rodrigo 

Y el papel dobló en silencio, 
Diciendo a Gil, cuyos ojos 
Eran raudales de fuego: 



I90 MANUEL DEL PALACIO 



— Ya conoces al infame... 
—Si tal. 

— Pues bien, te aconsejo 
Que olvides cuanto ha pasado 
Como se olvidan los sueños. 
Ni al amigo en la hostería, 
Ni al confesor en el templo, 
Reveles nunca ese nombre 
Que yo con vergüenza llevo. 
¿ Recuerdas lo que encerraba 
El cajón? 

— Sí, lo recuerdo ; 
Nueve mil quinientos reales, 
Poco más o poco menos. 
Los contamos el domingo, 
Y es martes. 

— Hoy no los tengo, 
Mas otro cajón te encargo, 
Pues mañana hay que traerlos. 
— Pero, señor... 

— Esta casa, 
Mis ropas, cuanto poseo 
Es de la iglesia; yo solo 
La iglesia y la villa dejo. 



POEMAS 



— ¡Don Rodrigo!... 

— De mis bienes 
¿ Sabes tú cuál me reservo ? 
Pues es mi espada, la misma 
Que voy a esgrimir de nuevo. 
¿Quieres, Gil, seguirme? 

— Siempre 
Sigue el lebrel a su dueño. 
— Entonces, no te detengas, 
Haz un cajón y un letrero, 
Y que mañana sin falta 
Resuelva el Ayuntamiento 
Quién ha de ser mayordomo 
De la ermita de San Pedro. 



II 

¡ Qué bella va la fragata 
Sobre las olas dormida, 
Por el céfiro impelida 
Entre festones de plata! 
; El mar azul la retrata 
Con tranquila majestad, 



MANUEL DEL PALACIO 



Y en aquella soledad 
Parece un ave gigante 
Que busca el nido distante 
Colgado en la inmensidad! 

Las tropicales regiones 
Dejó, de hermosura llenas, 
Al crujir de sus entenas 

Y al tronar de sus cañones. 
Serenatas y canciones 

La ofrecen grato rumor, 

Y el marino soñador 
Ve dibujarse en las olas 
De las playas españolas 
El contorno seductor. 

Baterías y sollados, 
Limpios cual oro bruñido, 
Son albergue reducido 
A grumetes y soldados. 
Juegan algunos sentados 

Y beben otros de pie ; 

Hay quien, sin saber por qué, 
Se encoleriza y bravea, 



POEMAS 



193 



Y hay quien rezando pasea 
Lleno de cristiana fe. 

Gentiles y caballeros 
Por la presencia y la ropa, 
En el alcázar de popa 
Conversan tres pasajeros. 
Amores y desafueros 
Narran uno de otro en pos. 

Y — ¡ Osados fuisteis los dos 
— Dice el tercero iracundo, — 
Pero sólo con el mundo, 

Y yo con él y con Dios! 

— ¿Hasta a Dios movisteis guerra? 
— Hasta a Dios. 

— Es divertido. 
Relatadnos cómo ha sido. 
— Es cuento para la tierra. 
Enigmas que el alma encierra 
Porque los teme quizás, 
Sombras que quedan atrás... 
— Pues vaya, si eso os da miedo, 

i3 



MANUEL DEL PALACIO 



Hablad de amores... 

— No puedo. 
— ¿No habéis amado? 

— Jamás. 

Niño, mi madre perdí; 

Joven, mi patria dejé; 
Un padre tuve, y no sé 
Si lo tengo, pese a mí. 
Errante y pobre me vi 
Y la suerte me ayudó. 
— ¿Volvéis, pues, a casa? 

—No; 

— Entonces, ¿quién os arroja 
A España? 

— ¿ Sabe la hoja 
Por qué el viento la arrastró? 
— Mas pesadumbres a un lado 
dejemos... 

— ¿ Qué pensaría 
De vuestra antigua osadía 
El que os hubiera escuchado? 
— No lo sé; mas si dudado 
Hubiese de mi poder, 



POEMAS 



J 95 



Lo cierto al llegar a ver 
Pronto a su costa supiera 
Que contra toda quimera 
Sé luchar y sé vencer. 

Y tras un cortés saludo 
El hidalgo fanfarrón, 
La escalera del salón 
Bajó pensativo y mudo. 
Con rostro un tanto ceñudo 
Los otros le vieron ir, 
Luego la seña al oír 
Que les llamaba a almorzar, 
Juntos echaron a andar 

Y rompieron a reír. 

¿Qué nave es aquella nave 
Que en las sombras de la noche 
Desmantelada y sin rumbo 
Hacia los abismos corre? 
Fiera borrasca sus lonas 
Ha convertido en jirones, 

Y crujen sus masteleros 
Del huracán al azote, 



196 



MANUEL DEL PALACIO 



Cual si de nuevo sintieran 
Del hacha los rudos golpes. 
Ya encaramada se mira 
De las olas en el borde, 
Ya como cetáceo herido 
Bajo la espuma se esconde. 
¿Quién en aquel triste leño 
La fragata reconoce, 
Donde hace poco sonaron 
Serenatas y canciones? 
¿Quién creyera tal mudanza 
Cuando, limpio el horizonte, 
Toda era arrullos la brisa 
Y el cielo todo fulgores? 
De soldados y grumetes 
Ya no se escuchan las voces ; 
Sólo rondan los vigías, 
O del tambor al redoble 
Trabajan los marineros 
Cazando gavias y foques. 
Impávido el comandante, 
Da desde el puente sus órdenes, 
Haciendo al pasaje todo 
Bajar a los camarotes. 



POEMAS 



Mas alguien con el mandato 
No debe estar muy conforme, 
Pues junto al timón oculto 
Vela silencioso un hombre. 
Aunque la sombra le ampara, 
Se adivina por su porte 
A un hidalgo bien nacido, 
Ni muy viejo ni muy joven. 
Agarrado está a una cuerda 
Para que el mar no le arrolle, 
Cuando la cubierta barre 
Salpicando hasta los topes; 

Y en el temblor de sus labios, 

Y en sus pupilas inmóviles, 
Se ve que medita o sueña, 

Y lo que habla en sueños oye. • 
— Piedad — murmura — ¡ Dios mío 
No tus iras amontones 

Sobre el pecador, que humilde 
Hoy con el pasado rompe. 
No es el amor a una vida, 
Que consumí ciego y torpe 
En criminales empresas 

Y en desatentados goces, 



igS MANUEL DEL PALACIO 



Lo que mi razón alumbra 

Y hace que ante Ti me postre; 
Es que tu grandeza veo, 

Y me abruma el peso enorme, 
Que en este supremo instante 
No hay conciencia que soporte. 
Que yo tu bondad conozca, 
Que yo tu poder adore, 

Y todo cuanto me diste, 
Ambición, riqueza, nombre, 
Arrojaré en tus altares 
Apenas la tierra toque. 

Y si no merezco tanto, 

Y tumba aquí me dispones, 
Recibe clemente y pío 

El alma que a ti se acoge, — 

Y esto diciendo el hidalgo 
Como en éxtasis quedóse, 
Del huracán y las olas 

A los trágicos acordes. 

Una semana más tarde, 
Cuando con lengua de bronce 



POEMAS 



J 99 



Saludaba la Giralda 

Del nuevo sol los albores, 

Quebrando apenas del Betis 

Las claras ondas veloces, 

La fragata se mecía 

Del Oro al pie de la Torre. 

De un arrabal de Sevilla 
En la calle más poblada, 
De jardines circundada 

Y hermosa al par que sencilla, 
Se alza una alegre mansión, 

Vivienda a un tiempo y taller, 
Que al barrio causa placer 

Y a veces admiración; 

Pues en la penumbra oscura 
De un cuarto bajo y desnudo 
Lucir se ven a menudo 
Maravillas de escultura. 

De esta casa siempre abierta 
Como artístico pensil, 
Una mañana de abril 
Llamó un hidalgo a la puerta: 



200 



MANUEL DEL PALACIO 



Y al sonar un "Adelante", 
Siguiendo a un mozo la pista, 
Pronto se halló del artista 
Frente a frente el visitante. 

— Si acaso os de estorbar 
— Murmuró. . . — 

— De ningún modo; 
A serviros me acomodo 
Si algo tenéis que mandar. 
— Si este vuestro taller es, 

Y me cabe tanto honor, 
¿Hablo con el escultor 
Juan Martínez Montañés ? 

— Dispuesto siempre a agradaros, 
Señor... 

— Martínez, os ruego 
Me llaméis sólo don Diego 

Y oigáis por qué vine a hablaros. 
De las Indias llegué aquí 

Ha poco, y no es maravilla 
Si cuanto ofrece Sevilla 
De notable, recorrí. 

Cien cosas viejas y nuevas 
A cuál más bellas he visto. 



POEMAS 



201 



Mas ninguna como el Cristo 
Del convento de las Cuevas. 

De esa imagen celestial 
La huella en el alma tengo, 
Y ansioso a pediros vengo 
Que me labréis otra igual. 

— Una guardo a medio hacer 
Que costará, bien contados, 
Unos quinientos ducados. 
— Con mil pagada ha de ser. 

— Don Diego, tan alto honor... 
— Sois vos el que me le dais, 
Sin duda, porque ignoráis 
Lo que os estimo el favor. 

Quedamos, pues, en los mil. 
— ¿Y os corre prisa? 

— Hoy es tres 

¿Qué plazo pedís? 

— Un mes. 

— Volveré pasado abril. 

Y del convenio en señal 
Sirva este anillo... 

— Guardadlo. 
— Como recuerdo tomadlo 



202 



De amistad franca y leal. 

-Entera la pongo en vos. 
— De ella mi esperanza fío. 
— Dios os guarde, señor mío. 
— Artista, que os guarde Dios. 

El barrio estaba desierto, 
Dobló la tapia del huerto 
El buen hidalgo al salir, 

Y dijo: 

— Si Andrés ha muerto, 
Diego comienza a vivir. 

III 

Grandes fiestas se disponen 
De Vergara en el lugar, 
Que es San Zoilo, y de San Zoilo 
Viene San Pedro detrás. 
Enjalbegada de nuevo 
La ermita del Santo está, 

Y cubre un arco la puerta 
1 De verbena y de arrayán. 



POEMAS 



203 



También la casa inmediata 
Luce encima del portal 
T os faroles que sirvieron 
Para la Natividad ; 

Y aunque a docenas las rosas 
Se ven al pie del altar, 

Por miedo a que se marchiten 
No han venido muchas más. 
¡Diligente el mayordomo 
Anda de aquí para allá, 
Cuando le detiene un chico, 
Diciéndole : 

— Don Beltrán, 
Por vos pregunta un sujeto 
Que os quiere en seguida hablar. 
— ¿Trae algo? 

— Un carro cargado 

Y alguna gente de paz. 
— Dile que pase adelante. 
— Señor cura, vedle ya. — 
Llegóse el recién venido, 

Y con cristiana humildad, 
Besando al padre la mano, 
Habló así: 



204 



MANUEL DEL PALACIO 



— Buen capellán, 
Unas palabras oídme, 
Si no lo tomáis a mal. 
Dejé una cuenta pendiente 
Con San Pedro años atrás, 
Y, pues sois su mayordomo, 
Con vos la debo saldar. 
Aquellos hombres que guía 
A vuestra casa un rapaz, 
Cuatro cajones conducen 
Que a vuestra vista abrirán. 
El más grande encierra un Cristo 
Que, en ofrenda de piedad, 
A nombre de un muerto, quiero 
A la ermita regalar. 
Colocado a la derecha 
Del Santo Patrón será, 
Donde tiene la limosna 
Para el templo su caudal, 
Y donde siglos de siglos 
Muestre su divina faz. 
De las tres cajas restantes, 
Que calculo contendrán 
Unos ocho mil doblones, 



POEMAS 



205 



Pues no los quise contar, 
A los pobres de la villa 
Repartid lo que queráis, 

Y para la iglesia nueva 
El sobrante destinad. 

— Que Dios, señor, os lo pague. 
— Pagado lo tengo ya. 
— Pero vuestro nombre al menos,.. 
— -Diego o don Diego, es igual. 
— ¿Y vuestra patria? 

— La vuestra. 

— ¿Y venís?... 

— Vengo del mar; 

Y guárdeos Dios, padre cura, 

Y si queréis saber más, 
A ese Cristo preguntadle 
Que él acaso os lo dirá. 

EPILOGO 

Llevando diez y ocho naves 
A sus naves amarradas, 

Y de Felipe Tercero 
Sobre el pabellón las armas, 



20Ó 



MANUEL DEL PALACIO 



Entró en Gibraltar un día 
Don Miguel de Vidazábal. 
Recia embestida sostuvo 
Del Atlántico en las aguas, 
Donde botín, no laureles, 
Buscan los turcos piratas, 

Y donde, esta vez al menos, 
Halló castigo su audacia, 
Pues la gente vizcaína 

No fué en el combate blanda. 
Antes de bajar a tierra, 

Y entre vítores y salvas, 
A visitar sus heridos 

El bravo Almirante baja. 
Cuatro o seis soldados viejos 
Le siguen y le acompañan 
Hasta el oscuro sollado 
De la nave capitana. 
No son los heridos muchos, 
Por fortuna o por desgracia, 
Que sobre el puente tuvieron 
Dos veces a la canalla, 

Y es, si corsarios le asestan, 
Golpe seguro el del hacha. 



POEMAS 



207 



De todos noticias pide, 
A todos atiende y habla, 
Compadeciendo al que sufre 

Y animando al que desmaya. 
Para acabar su visita 

Uno tan sólo le falta, 

Mas de él al ponerse enfrente 

Y al iluminar su cara, 
Salió del cerrado grupo 

Un hondo "¡Jesús me valga!" 
Volvióse rápidamente, 

Y con voz grave y pausada : 

— Mi buen Rodrigo de Urbieta 
— Dijo el general — , ¿qué pasa? 
— Señor, que sueño sin duda, 
Que mi corazón estalla, 
Que siento subir al rostro 
Olas de sangre y de lágrimas, 

Y que pregunto a ese herido 
Quien es y cómo se llama. 

— No contesta el que no escucha 
— Murmuró con ruda calma 
Un enfermero impasible, 
Que junto al lecho se hallaba — . 



MANUEL DEL PALACIO 



— Desmayado está don Diego, 

A quien la vida se escapa 

Por tres heridas mortales, 

Pero ninguna en la espalda. 

— ¿Le conocéis, según eso? 

— ¿ Que si le conozco ? ¡ Vaya ! 

Somos, señor Almirante, 

Amigos y camaradas. 

Yo le he enseñado el oficio 

Cuando se alistó en la escuadra... 

— ¿Hace mucho? 

— Hace diez meses 

Nuestro barco era la Laura, 
Mas como éste se ha ido a pique, 
Hemos mudado de casa. 
— ¿Y sabes — dijo Rodrigo — 
Su procedencia y su patria?... 
— Sé que se nombra don Diego 
Solamente; mas, cachaza, 
Que a volver en sí comienza, 
Y, si no ha perdido el habla, 
Hombre es que responde a todo, 
Muy sereno y en voz alta. 
Del lecho a la cabecera 



POEMAS 



209 



Recostóse Vidazábal, 
Asió a Rodrigo las manos, 
Que entre las suyas temblaban, 

Y haciendo los demás corro, 
Inmóviles como estatuas, 
Pronto del mar y el aliento 
Llenó el susurro la estancia. 

La frente el herido alzó: 

— Tengo sed; agua — gritó. — 
Después, como recordando, 
La diestra a la sien llevando, 
Al General saludó. 

— Agua pide, y aquí está; 

Contra el dolor enemigo 

Remedio tal vez será; 

Dásela tú, buen Rodrigo, 

Y él te lo agradecerá. 

— Tomad y bebed, hermano, 
Dijo el que el vaso ofrecía. 
Tendió don Diego la mano, 

Y al ver que el llanto corría 
Por el rostro del anciano, 

Un grito lleno de horror, 

14 



210 



MANUEL DEL PALACIO 



De esperanza, de temor, 
De cuanto inspiran al alma 
El arrebato y la calma, 

Y la duda y el amor, 
Brotó del herido pecho 

Del desventurado Andrés, 
Que, vacilante y maltrecho, 
Cayó desde el alto lecho 
De don Rodrigo a los pies, 

Gritando en la fiebre ardiente 
De su loco frenesí: 
— No me maldigas, detente: 
Dejo de una cruz pendiente 
Quien responderá por mí. 

Él al desdichado ampara, 
Él, a las ofensas pío, 
Perdona al que las repara; 
Él me espera, padre mío, 
En San Pedro de Vergara. — 

Oyóse un ronco estertor 

Y una plegaria a la par: 
Luego, en confuso rumor, 
Los gemidos del dolor 

Y los gemidos del mar. 

1883. 



¡IMPOSIBLE! 



Al inimitable autor de las Doloras 
Ramón de Campoamor. 

Mi querido Ramón: Pocos favores 
He debido a la picara fortuna 
Tan gratos para mí, ni seductores, 
(.'orno el cuento de amores 
Llamado "Los Amores en la luna". 

Con sin igual empeño, 
Una, dos y tres veces lo he leído; 
Soñé con él, y al despertar del sueño, 

Tu poema pequeño, 
Grande como el Antar me ha parecido. 

Y a fuer de agradecido, 
Queriendo a tu amistad rendir tributo, 
Voy a ver si me salgo con mi tema 
De ofrecerte un conato de poema 
Pequeño, muy pequeño, diminuto. 



212 



MANUEL DEL PALACIO 



PRÓLOGO 

Oculto entre el follaje de la vega. 
Morisco por su traza y por su adorno, 
Hay de Granada en el sin par contorno 

Un carmen que el Genil fecunda y riega : 

Quien a su puerta llega, 

Estrago y soledad y sombra mira; 

Todo allí al alma compasión inspira; 

Per la rota pared el viento pasa, 

Y en el hundido patio de la casa 

La fuente melancólica suspira. 

Seis lustros hizo ya que en una fiesta, 

Cansados de vagar a pie y en coche 

Por la gentil floresta, 

Llenándola de amor y de ventura, 

Dimos varios amigos una noche 

Con aquella mansión triste y oscura. 

¡ Noche feliz y breve, 

Cuyo recuerdo vive en la memoria ! 

La brisa fresca y leve 

Los dormidos cipreses arrullaba, 



POEMAS 



2l3 



Y a lo lejos, en dulce murmurio, 
Solemne se escuchaba 

Esa jamás interrumpida historia 
Que a peñascos y flores cuenta el río. 
De un viejo cedro el colosal ramaje, 
De las estrellas el fulgor incierto, 
El graznido salvaje 
De algún ave nocturna, sorprendida 
Por insólito estruendo inesperado, 
La imponente belleza del paisaje, 
Todo en aquel desierto, 
A un tiempo encantador y desolado, 
Convidaba a los goces de la vida 
Por lo mismo quizá que estaba muerto. 

Y de la luna el rayo tembloroso, 

Y de la selva la quietud augusta, 
Llevaban al espíritu en reposo 

La visión que seduce y la que asusta. 

Movido por ardiente fantasía, 
Por misteriosa voz tal vez llamado, 
A la puerta corrí, que me atraía, 

Y del azar o de la luz guiado, 
Penetré en una vasta galería. 



214 



MANUEL DEL PALACIO 



Su rico alicatado 

Perdido los colores aún no había, 

Y en esbeltas columnas se apoyaba, 
Donde la hiedra el miánmol encubría 

Y la silvestre higuera vegetaba. 
Allá en el fondo oscuro, 
Como adosado al muro, 

Un gallardo templete descollaba, 

Cuya bóveda, en parte por el suelo, 

Ver a trozos dejaba 

La bóveda magnífica del cielo. 

Miraba yo con ojos asombrados 

Aquel nido de amor seco y vacío, 

Cuando de un ajimez en los calados 

Distinguí vagamente 

Un papel, sobre el cual mi desvarío 

Adivinó impaciente 

Algunos caracteres ya borrados : 

Cogite; entre sus pliegues escondía 

Un rizo de cabellos perfumados, 

Y el polvo al sacudir que le cubría, 
En letra a duras penas perceptible, 
Vi que el papel decía 

Esto, ni más ni menos: "¡ Imposible l" 



POEMAS 



2l5 



La voz de mis amigos, 
Sacándome del éxtasis profundo 
En que todo mi ser se sumergía, 
Me llamaba al descanso y a la cena; 
Yo estaba allí sin miedo, sin testigos, 

Y preparado a disputar al mundo 
Aquella posesión de encantos llena. 
La oprimí con furor entre mi mano, 
Cerca del corazón le abrí morada, 

Y más dichoso que Colón y Elcano 
Al encontrar la tierra suspirada, 
Con el terrible peso del arcano 
Volé a aspirar el aura embalsamada. 

La historia os contaré de esos cabellos : 
Conservados por mí como un tesoro, 
Vieron mis travesuras y amoríos: 
¿Dónde están hoy? Lo ignoro... 
¡Ay, pero guardo de ellos 
Más memoria quizá que de los míos! 



2 1 6 MANUEL DEL PALACIO 



I 



Vástago y heredero 
De noble tronco y de florida rama, 
Con mucha juventud, mucho dinero 

Y un apellido que ilustró la fama, 
Era don Luis Chacón, en los albores 

Del siglo que aún avanza y ya declina, 
Modelo de mancebos seductores 

Y gala de la gente granadina. 
Hermoso, audaz, sereno, 

Nacido en la abundancia y el regalo, 
Jamás a sus caprichos puso freno, 
Ni distinguió lo bueno de lo malo, 
Ni separó lo malo de lo bueno. 
Nunca, por peligrosa, 
Dejó de acometer humana empresa, 

Y en la lid amorosa 

Sufrir pudo su cuerpo alguna cosa, 
Pero lo que es el alma salió ilesa. 
De su pasión al fuego 
Cien pobres corazones se quemaron; 



POEMAS 



217 



Mas ni la injuria, ni el desdén, ni el ruego 
El amor de su pecho despertaron ; 
Pretender, conseguir, olvidar luego: 
Sólo estos tres placeres le ocuparon; 
Que hay quien del mar en el abismo boga 

Y hay quien en una lágrima se ahoga. 

Vivía por entonces, si no miente 
La tradición, nuestro galán bizarro, 
Junto a un antiguo puente, 
Donde va a terminar precisamente 
La Carrera del Darro ; 

Y no lejos del lóbrego y sombrío 
Palacio de Chacón, que retrataba 
De otra edad la grandeza y poderío, 
La iglesia de San Pedro se elevaba, 
Minados sus cimientos por el río. 

La madre de don Luis, santa señora, 
La vivienda feudal ennoblecía, 

Y en míás de una ocasión, cuando a la aurora 
La vieja puerta rechinar se oía, 

Se hallaban de improviso y a deshora 
Uno que entraba y otra que salía; 



2l8 



MANUEL DEL PALACIO 



Ella, al templo a rogar por el que adora; 

Él, desertor acaso de la orgía. 

La madre placentera, 

Olvidaba, al mirarle, su amargura; 

Él, cual si de su error se arrepintiera, 

Le besaba la mano con ternura, 

Y en el beso quedaba toda entera 
.Esa parte de fiera 

Que tiene en sí la humana criatura. 

Otras veces llorando 

Llamábale hacia sí la pobre anciana, 

Y casi suplicando 
Le decía : 

— Mi Luis, piensa en mañana. 
No olvides mi consejo, 
Unico bien de cuantos bienes dejo: 
Para gozar de la pasión mentida 
Basta un solo momento de la vida; 
Para un afecto dulce y sosegado, 
Toda la vida es plazo limitado. 

Pero | ay ! que ni ternezas, ni sermones, 
Ni votos, ni oraciones, 
Pueden hacer, al menos entre gentes, 



POEMAS 



219 



Que caminen despacio los torrentes. 

Pese a una y otra prueba, 

Don Luis de sus caprichos es vasallo, 

Y no hay de Puerta Real a Plaza Nueva, 
Ni caballo mejor que su caballo, 

Ni manceba mejor que su manceba, 

Y una vez que, movido 

Por no sé qué intención o qué locura, 

Pensó en hacerse monje, y decidido 

Dijo a su madre que llamara al cura, 

En un papel firmado 

Quiso escribir sus faltas el primero, 

Y, sin haber su escrito comenzado, 

Retrocedió espantado 

Al asomarse al borde del tintero. 

Armiño de una especie diferente 

Que, tímido a su modo, 

Halla más grato perecer en lodo 

Que mojarse la piel en la corriente. 

Llegó a ser tal y tanta 
De la madre infeliz la desventura, 
Tanta la soledad de que se espanta, 

Y tanto el duelo que incesante apura, 



220 



MANUEL DEL PALACIO 



Que, buscando agradable compañía, 
Hizo venir de un pueblo comarcano 
Una muchacha que en aciago día 
La encomendó al morir su noble hermano, 

Y que feliz vivía, 

Hija creyendo ser de un pobre anciano, 
Cuya mujer la amamantó a su pecho, 

Y en cuya casa halló comida y lecho. 
Gracia, que así la pobre joven se llamaba, 
Al mandato acudió de su señora, 

Y ésta, que ya la amaba, 

Por el hermano, cuya muerte llora, 
Como benigna madre la trataba 
Al verla tan gentil y seductora. 
¡Y era la lugareña 

Digna de tal merced ! Nunca la aurora, 
Al derramar sus fúlgidos destellos, 
Iluminó una frente tan risueña, 
Ni una boca tan linda y tan pequeña, 
Ni unos ojos tan negros como aquéllos. 
Cuando al llegar vestida de estameña, 

Y en dos trenzas partidos los cabellos, 
Penetró de Chacón en la morada, 
Cuantos pajes y ujieres la miraron 



POEMAS 



221 



Humildes se inclinaron 

Creyéndola una reina disfrazada. 

Sólo don Luis, cual siempre entretenido, 

Al decirle una vez de sobremesa: 

— ¿No quieres ver a Gracia, que ha venido? — » 

Respondió : 

— ¿Para qué? Lo he conocido 
En que siento el olor a la dehesa. — 
Gracia lo supo y devoró el ultraje; 
El tiempo fué pasando; 
Mudó la niña de apariencia y traje; 
Su acento, que era rudo, se hizo blando; 
Hasta que una mañana 
Que a la iglesia cercana 
Su señora a buscar se dirigía, 
Con ira soberana 

Vió que don Luis, ansioso, la seguía. 
Del atrio en los umbrales 
La alcanzó, y atrevido : 

— Tomad — dijo — esta rosa que os ofrezco. — 

Ella, que nunca oyó palabras tales, 

Con el rostro encendido: 

— Ni la tomo — exclamó — ni la merezco. — 

Y atropellando audaz a tres o cuatro, 



22 2 MANUEL DEL PALACIO 



Entróse repitiendo: 

— Te aborrezco. — 
Y él se quedó pensando: 

— Te idolatro. — 

Es una noche tibia y perfumada, 
De esas en que parece 
Que bajo el limpio cielo de Granada 
Un nuevo sol espléndido amanece. 
Detrás de la entreabierta celosía 
Que sobre el huerto fronterizo cae, 
Ya terminada la labor del día, 
Goza Gracia escuchando la armonía 
Que en sus alas el céfiro le trae. 
Las fuentes y las flores, 
Todo tiene su voz en el concierto; 
Hasta los desvelados ruiseñores 
Que anidan en los árboles del huerto. 
Apoyando en las manos el semblante, 
Todo Gracia lo admira : 
El fulgor del lucero rutilante, 
La hoja que rueda y el rumor que expira. 
O de la tierra alzando con tristeza 
La purísima frente nacarada, 



POEMAS 



223 



Contempla embelesada 

Del astro de la noche la belleza: 

Que siempre fué la luna 

De las almas fantásticas el centro, 

Y no hay mujer alguna 

Que no busque una imagen allí dentro. 
Por fin, como de un sueño despertando, 
Gracia se alzó ; por la extensión vacía 
Tendió un instante los cansados ojos; 
Luego, cerca del lecho en que dormía, 
Sus rezos murmurando, 
Ante una Virgen se postró de hinojos, 

Y aunque nada ya en torno se veía, 
Siguió la luz brillando 

Detrás de la entreabierta celosía. 

Súbito un grito agudo 
Rompió el silencio que doquier reinaba, 

Y un bulto negro, misterioso y mudo 
Hacia la joven avanzó que oraba; 
Largo antifaz cubriendo su semblante, 
Sólo sus ojos vislumbrar dejaba, 

Y, asesino o amante, 

Algo de tigre en ellos centelleaba. 



224 MANUEL DEL PALACIO 



— ¡ Socorro, Virgen mía ! 
— Dijo Gracia a la vez con ira y miedo; — 
— ¡ Salid, infame ! — murmuró sombría. 
Y el encubierto replicó : 

— No puedo. 
Para triunfar de ti forcé una puerta; 
Dormida te creía; 

Ya me es igual dormida que despierta. 

— Antes que presenciar tal villanía 

Pluguiera a Dios que me encontrarais muerta. 

— ¿ Sabes quién soy ? 

— Lo sé. 
• — Pues de ese modo 

Algo sabrás de mi furor terrible. 
— Sé que de todo sois capaz; de todo, 
Menos de lo imposible. 
— ¡ Morir o amar, elige ! 

— Ya he elegido ; 
Olvídame, señor, y otros placeres 
Curen la pena de que causa he sido. 
— Eso quisieras tú; pero hay mujeres 
Que antes logran la muerte que el olvido. 
; Muere, pues ! — 

Y con saña destructora, 



POEMAS 



225 



Del ropón desprendiendo que le viste 
Fatal arma traidora, 
Rápido se lanzó sobre la triste, 
Que, apagando la luz, gritó: 

— i Señora, 

Ven tú, pues que mi madre ya no existe ! — 

Y luchando en la sombra y reluchando, 
Ya sin voz, y sin alma, y sin consuelo, 
Fué Gracia a tropezar en una puerta, 
Que al solo impulso blando 

De su mano de hielo 
Giró de par en par; ¡estaba abierta! 
A una suntuosa cámara llevaba, 
Que Gracia nunca visitado había ; 
De su techo una lámpara colgaba, 

Y a su luz que oscilaba 

El retrato de un viejo se veía 
Con el manto y la cruz de Calatrava. 
Cerca de aquél, y tapizando el muro, 
Muchos retratos más, casi borrados, 

Y allá en el fondo oscuro 

Dos guerreros inmóviles y armados. 
— ¡ Favor ! — gimió la pobre balbuciente, 
Asiendo de uno de ellos por la gola; 

i5 



22Ó 



MANUEL DEL PALACIO 



El guerrero tembló; volvió la frente 
Gracia al peligro, y encontróse sola... 

Prudente y prevenida la doncella 
En la sala de honor esperó el día; 
Toda la noche aquella 
La hicieron los Chacones compañía. 

Aún de don Luis la madre reposaba, 
Cuando una carta recibió en su mano; 
— Es para vos, y de llegar acaba, — 
Dijo una dueña de cabello cano. 

Y Gracia, que en la alcoba penetraba, 
Atenta como siempre al primer ruido, 
Tomó el papel que aquélla le acercaba, 

Y leyó con acento conmovido : 

"¡ Madre, no me esperéis! De aquí me alejo 

Porque el deber lo ordena; 

Vida, esperanza, amor, todo lo dejo 

Y me voy con mi infamia y con mi pena. 
Abierto ante mis pies miro el abismo ; 
Puedo llegar a ser vil y cobarde, 

Y antes que avergonzarme de mí mismo, 
Huyo de mí y de vos. ¡ El cielo os guarde ! 



POEMAS 



227 



Senda noble y gloriosa 

Mi juvenil espíritu imagina; 

Busca mi mente ansiosa 

La estatua más hermosa, 

La voz más grata y la mayor rüina. 

Del arte en los misterios 

Aprenderé cien goces ignorados, 

Y el polvo al contemplar de los imperios, 
En él veré mis sueños retratados. 

Sé que me perdonáis, y yo os bendigo; 

Grande ha sido mi culpa, madre mía; 

Mas la ilusión abrigo 

De que digno de vos volveré un día 

Pidiendo premio donde hallé castigo. 

Una súplica aún: que de mi ausencia 

Nadie investigue el pavoroso arcano 

Que guarda mi conciencia; 

Del mar es copia el corazón humano. 

Y fuera gran demencia 
Querer interrogar al Océano." 

Dos lágrimas no más, lentas y solas, 
Surcaron las mejillas de la anciana, 

Y eran amargas como son las olas 



228 



MANUEL DEL PALACIO 



Que se deshacen en espuma vana. 

Quiso hablar, y la frase, mal segura, 

En un suspiro se escapó del pecho ; 

Con manos encendidas 

De Gracia acarició la frente pura, 

Y ambas cayeron juntas sobre el lecho 

En un inmenso abrazo confundidas. 



II 

¡ Italia, Italia ! Bendecido suelo 
En que halla el peregrino fatigado 
Con las confusas glorias del pasado 
Del porvenir el misterioso anhelo. 

Región encantadora 
Que sólo ensueños de placer inspira; 

Maga fascinadora, 
Si el que nunca te vio por ti suspira, 
El que deja de verte, por ti llora. 

Iba la tarde a declinar; domando 
De sus corceles el ardiente brío, 
Que trotan resoplando, 



POEMAS 



229 



Van dos jinetes, de exterior sombrío, 
La romana campiña atravesando. 
Don Luis Chacón es uno; su escudero 
Gaspar el otro ; aquel que le adiestrara 
En manejar la rienda y el acero, 

Y que por ver el júbilo en su cara 
Viviera sin hablar un año entero. 
Mas en vano lo intenta, 

En vano de sus muchas correrías 

Episodios y fábulas le cuenta, 

O de risueños y lejanos días 

El apacible cuadro le presenta. 

Nada la nube ahuyenta 

Que en torno de don Luis se agita y crece, 

Que de su oculto lloro se alimenta, 

Que le aniquila al par que le enardece; 

Y entre la cual, envuelto y abismado, 
Una visión fantástica parece 
Persiguiendo la dicha que ha soñado 

Y el soplo de su aliento desvanece. 

Borrar quiere del alma 
Lo que grabado lleva en la memoria ; 
Mas sólo en el olvido está la calma, 

Y quiso el cielo que la misma palma 



2 3o MANUEL DEL PALACIO 



Sirva para el martirio y la victoria. 
Por eso de Gaspar teniendo en poco 

La charla y el cariño, 
Cruza el desierto que asoló la gloria 
Con la sublime exaltación del loco, 
Con la serena intrepidez del niño. 

¡ Ni un árbol, ni una flor ! ¡ Negras colinas 
Interrumpen a veces de aquel llano 
La triste soledad! Allá, a lo lejos, 
Sobre las agrias cumbres del Albano, 
Derrama el sol sus últimos reflejos. 

Pirámides de ruinas 
Dan por asiento la gastada piedra ; 
Y en el frontón hundido 
Busca reposo la torcaz paloma, 
Mientras, bebiendo el aire corrompido, 

Bajo un dosel de hiedra, 
Sus anchas fauces el lagarto asoma. 

Del acueducto erguido 
Logra la cabra dominar la altura, 

Y allí su sed ardiente 
Templa en el hilo de agua transparente 
Que entre las rotas bóvedas murmura. 



POEMAS 



23 I 



Óyese de repente 
Sordo rumor que turba al más sereno : 

Es un búfalo enorme 
Que, oculto en el repliegue de una roca, 
Se baña revolcándose en el cieno. 

La cabeza deforme 
Mueve con lentitud acompasada, 

Y espuma destilando por su boca, 
Gira en torno la estúpida mirada. 

¿En qué piensa don Luis, que ve en tal hora 
El término llegar de su camino, 
Más lejos cada vez de la que adora 

Y esclavo más y más de su destino? 

Él mismo no lo sabe; 
Gaspar, que conocerlo quiere en vano, 
Marcha a su flanco silencioso y grave ; 

Quizá de aquel arcano 
Oculta en el hogar quedó la llave, 

Y así los dos, con parecida suerte, 

Nutren igual empeño : 
Don Luis piensa en un sueño, que es su muerte, 

Y Gaspar en su vida, que es un sueño. 



232 MANUEL DEL . PALACIO 



De pronto, al ensancharse la vereda, 
Vieron desde la cúspide del monte 
Del ancho valle la extensión vacía; 
Dibujóse en el diáfano horizonte 
De la villa Panfili la arbolleda, 

Y Roma apareció: lento se oía 
Del Angelus sonar el dulce coro 
Que en cuatrocientas torres repetía 
De las campanas el metal sonoro; 

Y entre el vapor de la indecisa bruma, 
Como arrastrando al mar su historia impía, 

Sin ruido y sin espuma, 
El Tíber soñoliento se perdía. 
Semejante al ciprés que el rayo abate, 
De los bronces al eco plañidero 
Dobló don Luis la juvenil cabeza, 
Llevó la diestra mano hacia el sombrero, 

Y en el caballo hundiendo el acicate, 
Sin que acierte Gaspar si jura o reza, 
Al galope tomó por el sendero. 

— ¿ Está ya todo visto ? — preguntaba 
A un cicerone anciano, 
Un hidalgo español, que visitaba 



POEMAS 



233 



Los salones sin par del Vaticano. 

— Señor, nada nos queda; 

El arte vive aquí griego y romano, 

Y es imposible que ni en sueños pueda 
Más lejos ir el pensamiento humano : 
Venus, Minerva, la Amazona, Juno, 
Laoconte, Adonis, Hércules, Cupido. 

i Ah ! Cuando recordéis uno por uno 
Sus encantos, señor... 

— Estoy vencido. 
Tú me dijiste que el cincel del hombre 
Nunca produjo perfección tan alta; 
Justo es que lo declare y que me asombre ; 
Mas algo aquí no encuentro que me falta. 
— ¿Cómo se llama, pues? 

— No tiene nombre. 

Y yo le he visto, sin embargo, un día... 
—Sin que por ello vuestro anhelo excite, 
Puedo enseñaros mucho todavía. 

— Enséñame una estatua que palpite. 
— Loco me parecéis. 

— Si no la tienes, 
Ni la quieres buscar, si te importuna, 
En vez de halagos recibir desdenes, 



234 MANUEL DEL PALACIO 



Yo te diré un lugar en donde hay una. 
Gaspar, ¿no es cierto? 

— Tu señor delira. 
¿No lo adviertes, Gaspar? 

— Sigúele el vuelo, 
Que vive entre el afán y la mentira, 

Y hay quien viviendo así se gana el cielo. 
Mírale con las Musas embebido. 

— Di mejor embobado. 

¡ Pobre don Luis ! Tres meses le he servido, 

Y es mucha la afición que le he cobrado. 
— Pues si buscando amor pierde el sentido, 
i Buen viaje hemos echado! 



III 



De Egipto en las pirámides altivas, 
De Grecia en los escombros inmortales, 
De Germania en las selvas primitivas, 
Halló don Luis, para templar sus males, 
Venturas fugitivas. 

— ¿Qué son — pensaba — las humanas penas 
Del tiempo ante el estrago? 



POEMAS 



235 



¿Quién sabe si estas cálidas arenas 

Fueron rica ciudad o turbio lago? 

¡ Cuántas pasiones, cuya llama ardiente 

Acrecentó el deseo, 

Se evaporaron en su propio ambiente 

Como la niebla que extenderse veo ! 

¡Amor, felicidad, gloria, esperanza; 

Sueño de un breve día, 

Sombra que se persigue y no se alcanza, 

Luz que deslumbra al mísero a quien guía ! 

1 Fantástica ilusión de la belleza, 

Necio de aquel que sobre ti construye!... 

¿Dónde lo bello de la esfinge empieza? 

La Venus ideal ¿dónde concluye? 

— ¡ Gaspar ! 

— Señor. 

— Me siento fatigado. 
— Lo supongo, don Luis; hoy, justamente, 
El mismo pensamiento me ha asaltado; 
Dos años hace que, cual vos ausente, 
Nada sé de la patria que he dejado. 
— ¿Y la recuerdas? 

— Con el mismo anhelo 



2 36 MANUEL DEL PALACIO 



Que recuerdo á mi madre, que, de fijo, 

Dirá más de una vez mirando al cielo : 

"¿Qué será de aquel hijo 

En quien cifro mi dicha y mi consuelo ?" 

— Pues bien, llegó la hora 

Por ti anhelada y para mí temida; 

Al despertar de la cercana aurora 

Seguiremos la ruta interrumpida. 

De España nuevas en París aguardo, 

Cuentas y cofres acomoda y cierra, 

Y sin más dilación ni más retardo 
A ver volvamos la Nevada Sierra. 
— ¡ Así os quiero, don Luis ! 

— Así me place. 
— Quien no mata la pena, la da aliento ; 
Dejadme que os admire y os abrace. 
— ¡Ay, Gaspar, que yo siento 
Dos penas: la que muere y la que nace. 

"¡Mi último adiós te mando, y te bendigo!" 
Esto no más decía 
La carta que de manos de un amigo 
Don Luis recibió en Francia cierto día. 

Y aún pasado no había 



POEMAS 



23y 



Un mes de aquella fecha decorosa, 

Cuando un mozo, muy triste y muy bizarro, 

Con mano temblorosa 

Llamaba a un portalón vecino al Darro. 

Crujir oyóse la maciza llave, 

Y un hombre, entre soldado y pordiosero, 

Con voz áspera y grave : 

— ¿Quién sois y qué queréis? — gruñó severo. 
— Quisiera, antes de todo, 
Saber a quién servís... 

— Hay opiniones... 
— A la que vos tengáis yo me acomodo ; 
¿ No es ésta la mansión de los Chacones ? 
— Fué, sí, señor; sin duda, al pueblo extraño, 
Nada sabéis... 

—Hablad. 

— Ya de esa raza, 
Como dice el tendero Juan Otaño, 
No quedan más que deudas en la plaza. 
— Pues ¿quién habita aquí? 

— Yo solamente; 

La Real Cnancillería, 

En la que ejerzo de alguacil suplente, 

Las fincas embargadas me confía. — 



2 38 MANUEL DEL PALACIO 



Y — decidme — apoyándose en la puerta 
Balbució el forastero : — 
¿Cómo está la Condesa? 

— ¿ Cómo ? ¡ Muerta ! 
Dos meses hace el veinte de Febrero. 
— ¿Y los demás? 

— No sé; cuentan de un hijo 
Cuya suerte se ignora desde el punto 
Que de su casa huyó ; siempre se dijo 
Que era loco, o malvado, o todo junto. 
— ¿Le conocisteis vos? 

—No, por mi vida; 
Yo era entonces soldado... 
— ¿Y qué fué de una joven recogida?... 
— Preguntáis, buen amigo, demasiado. 
— Toma y habla, menguado; 
¿ Piensas que de un golilla estás delante ? 
— Hablaré, sí, señor; me habéis pagado, 
Y debo complaceros al instante. 
Cuando cerró los ojos a la anciana 
Oue de madre con ella hizo las veces, 
La pobre joven, al mirar cercana 
La visita de esbirros y de jueces, 
Acabado el entierro, 



POEMAS 2 3g 



Aún más humilde que si fuera mío, 
Lejos de la ciudad buscó un encierro 
En yo no sé qué carmen junto al río. 
Allí, escondida, mora, 
Sola con su dolor; pues poco a poco 
Se han comido las trampas de aquel loco 
Propiedades y ajuar de la señora. 
Cuanto pude os conté; si, aunque vacía, 
Queréis la casa visitar, me ofrezco 
A serviros de guía... 
— De todo corazón os lo agradezco. 
Acaso alguna vez os lo recuerde, 
Hoy tiempo no me queda. 
— Cuando gustéis, señor; nada se pierde. 
— Adiós, pues, y guardad esa moneda. 
Y una dobla poniendo en la ancha mano, 
Que guardó con sonrisa de villano 
El alguacil ladino, 

Después de saludar con muy buen modo, 
Chacón de la ciudad tomó el camino, 
Vacilante y febril como un beodo. 

Muy cerca ya don Luis de su posada, 
Vio que Gaspar, cual nunca diligente, 



240 



MANUEL DEL PALACIO 



A su encuentro volaba. 

— ¿Qué ocurre? — preguntó rápidamente. 

— Señor, que ha estado arriba, que os buscaba, 

Que una esquela tenéis por ella escrita, 

Que en vuestro cuarto al penetrar lloraba. 

— Pero ¿ quién ? ¡ Vive Dios ! 

— La señorita. 

— ¿Y se ha marchado? 

— Me encargó os dijera 
Que por vuestra salud al cielo pide, 
Que veros quiso por la vez postrera 

Y que de vos por siempre se despide. 
— Dame al punto la llave. 

— Subid presto, 

Hallaréis la misiva 

Donde ella misma la escribió y la ha puesto. 
— ¿ Qué dispondrá de mí, que muera o viva ? 

"Mi Luis, mi único amor; amor sagrado, 
Cuya primera confesión te envío, 
Por verte he suspirado 

Y no he de verte más, hermano mío. 
Tu moribunda madre 

Me reveló el secreto de su esposo ; 



POEMAS 



24I 



Bendigamos los dos a nuestro padre, 
No turbemos su paz y su reposo. 
A la tranquila aldea 
Donde pasé mi infancia parto ahora; 
Todo lo que aún tenemos tuyo sea, 
Yo torno a ser la humilde labradora. 
Lo he jurado a tu madre en la agonía, 

Y el juramento es santo, 

Sólo el pensar en ti con alegría 

Puede enjugar mi llanto. 

Amémonos de lejos, 

Como se aman los justos en la tierra. 

No empañemos del alma los reflejos, 

Con Dios y el mundo y la conciencia en guerra. 

Y si ves que envenena mi memoria 
Tu corazón sensible, 

Arrójala de allí, piensa en la gloria 

Y no sueñes, por Dios, con lo imposible." 

Terminó del escrito la lectura, 

Y aún don Luis, con atónitas miradas, 
Como quien de lo incierto se asegura, 
Fijábase en las letras agrupadas. 
Parece que murmura 

16 



242 



MANUEL DEL PALACIO 



Una plegaria a ratos; ya suspira, 

Ya entre las manos la cabeza esconde, 

Ya a un tiempo se pregunta y se responde, 

Como un calenturiento que delira. 

Por fin, trocada en ira 

La sorpresa que el hecho le produjo, 

Con ronca voz y bruscos ademanes, 

De sus ciegas pasiones al influjo, 

Rugió con el rugir de los volcanes. 

— ¡ Sí — gritaba en creciente desvarío. — 
Te amaré desde lejos, de tal suerte, 
Que has de vivir con el recuerdo mío, 
Sin encontrar descanso ni en la muerte. 
No seguiré tu huella, 
Pues temo más hallarte que perderte; 
Pero del cielo, de mi amor estrella, 
Yo el cielo escalaré, donde he de verte. 
¿Mártir de la virtud corres al ara?... 
No será, hermana, estéril tu heroísmo; 
¿De la sangre el abismo nos separa?... 
Llene mi sangre el tenebroso abismo. 

Busqué con alma ansiosa, 



POEMAS 



243 



Del bajo mundo en la región mezquina, 
La estatua más hermosa, 
La voz míás grata y la mayor ruina. 
; Necio de mí ! La estatua peregrina 
Rota yace a mis pies; la voz soñada 
Fué la que me arrulló junto a la cuna, 
Ya por el mármol del sepulcro helada: 

Y ¿qué ruina mayor ni más llorada 
Que la de mi esperanza y mi fortuna? 
Loco estuve... i Gaspar! 

— ¿Me habéis llamado? 
— De toda ajena indiscreción seguro, 
Espérame esta noche, bien armado, 
De la puerta de Elvira junto al muro. 
— ¿ Con caballos ? 

— Sí, a fe ; decirte debo 

Cuál es mi plan. 

— Señor, no soy curioso; 
A vuestro impulso con placer me muevo, 

Y no nací para vivir ocioso. 
— ¿ Sabes que en son de guerra 

Turba extranjera nuestro hogar profana? 

— Lo sé; pisa la tierra 

Que sus despojos guardará mañana. 



244 



MANUEL DEL PALACIO 



— Pues bien, a unirnos vamos 
Con los que intentan eclipsar su gloria. 
— Nunca en nada mejor nos ocupamos. 
— La muerte anhelo yo. 

— Yo, la victoria. 
— ¿Todo lo dispondrás? 

— Con cuerpo y alma. 
— A las once será nuestra partida, 
Vete, i Y ahora, mi Dios, deja que en calma 
Del mundo y de la dicha me despida ! 

IV 

Cerca ya de la aurora, cuando el prado 
Humedecen las gotas de rocío, 

Y como tenue velo aljofarado 

Se levantan las nieblas sobre el río, 

Un pastor, al salir de su cabaña, 

Fija en agreste cumbre, 

Vió a sus pies, reflejando en la montaña, 

De vivo incendio la rojiza lumbre. 

Del plácido Genil en la ribera 

El humo se extendía, 

Y un carmen descollaba entre la hoguera, 



POEMAS 



245 



Que cual sierpe de fuego le envolvía. 
Convulso y jadeante, 
Si bien con paso apresurado y cierto, 
Llegó el pastor a la mansión distante, 
Muda y hermosa al par como un desierto. 
Inútil y perdido 

Fuera el socorro: los robustos muros, 
De las llamas al beso repetido, 
Crujiendo con estrépito, rodaban, 

Y los mármoles duros, 

Dóciles al peligro, se encorvaban. 

Y de aquel bosque de penachos rojos, 

Y en medio de aquel humo que le ciega, 
Cual si los evocara el pensamiento, 
Vió surgir el pastor ante sus ojos, 

Con el asombro del que mira y niega, 
Dos jinetes veloces como el viento 
Que a poco se ocultaron en la vega. 

1883. 



EL HERMANO ADRIAN 



LEYENDA 

Al insigne pintor sevillano 
José Villegas. 

Como sale apresurado 
Al abrirse la colmena, 
Tropel alegre v confuso 
De bullidoras abejas, 
Así al caer de una tarde 
De otoño lluviosa y fresca, 
Salieron ocho o diez mozos 
Alborotando por treinta, 
De un caserón sucio y negro, 
Aunque de noble apariencia, 
Que del arrabal de Córdoba 
Daba sombra á una calleja. 
No era ya de los Califas 
La espléndida corte aquella, 
Pues iba a expirar el año 
De mil quinientos setenta, 



2 4 8 



MANUEL DEL PALACIO 



Pero aún, sultana del Betis, 

Por su hermosura y riqueza 

Embelesando los ojos 

Dejaba al alma suspensa; 

Que a ésta y aquellos a un tiempo 

Brindaban encanto y guerra 

De sus jardines la pompa, 

De su suelo la opulencia, 

El valor de sus galanes 

Y la gracia de sus hembras. 

Y a correr tales peligros 

Y a gozar tantas bellezas 
Una falange de artistas 
Labró su nido resuelta 
En los rotos murallones 

Y en las cúpulas soberbias 
De la ciudad que algún día 
Fué del Occidente reina. 
Genios de doradas alas 

Que el sol de la gloria quema, 
Que de esperanza se nutren, 
Que con imposibles sueñan 

Y que al declinar la tarde, 
Ya acabada su tarea, 



POEMAS 



249 



Del sabio Pablo de Céspedes 
Desierto el estudio dejan, 
Llenando, al pasar, la calle 
De suspiros y ternezas, 
Cantares y carcajadas, 
Juramentos y blasfemias. 

Iba tendiendo la noche 
Sus cortinajes de niebla, 
Cuando del alegre grupo 
Destacóse una pareja 
Que, abandonando la turba, 
Tomó dirección opuesta. 
Dos mancebos la formaban 
Casi de igual apariencia, 
Por más que el uno tenía 
Faz desdeñosa y morena, 
Que iluminaban a ratos 
Dos ojos como centellas, 

Y el otro el semblante dulce 

Y la rubia cabellera 

De un querubín arrancado 
Del tríptico de una iglesia. 



25o 



MANUEL DEL PALACIO 



Ninguno de veinte abriles 
Pasaba, según las señas, 

Y unidos en lazo estrecho 
De amistad segura y tierna, 
Ambos con mucho de artistas 

Y no poco de poetas, 

De Céspedes, su maestro, 
Los dos predilectos eran. 
Por Agustín del Castillo 
Contestaba el de faz seria; 
El rubio, infeliz expósito, 
Llamábase Adrián a secas. 
En silencio y muy de prisa, 
Después de bastantes vueltas, 
Llegaron por fin del río 
Hasta la margen amena, 

Y allí las capas tendiendo 
Sobre la alfombra de hierba, 
Que de la reciente lluvia 
Aún conservaba las huellas, 
Este coloquio entablaron 
Juntando las manos diestras : 

— ¿Hablaste con ella, Adrián? 
— Debajo de su ventana 



POEMAS 



25l 



Me sorprendió la mañana, 
Pero fué vano mi afán. 
De sus padres el rigor 
Su voluntad encadena. 
— ¿ Y va a casarse ? 

— Con pena. 
— Te engaña, Adrián; con amor. 
No hay fuerza ni tiranía 
Que el cariño no quebrante, 
Ni toma ningún amante 
Mujer en quien no confía. 
Ave pasajera ha sido 
Que da al viento su cantar; 
Tú la enseñaste a volar 

Y vuela lejos del nido. 

— Mas ;no conoce la ingrata 
Que es ella mi vida entera ? 
— ¿Cuándo ha tenido la fiera 
Lástima de aquel que mata? 
Jugó con tu corazón 

Y ganó; su ejemplo toma: 
Te ha herido como paloma, 
Véngate como león. 

— No puedo, Agustín, no puedo; 



252 



MANUEL DEL PALACIO 



En el afán que me inspira, 
Quererla me enciende en ira, 
Olvidarla, me da miedo. 
Dime, pues, si es la verdad 
Lo que me anuncia tu labio ; 
Dime que con torpe agravio 
No ultrajas su castidad; 
Y después de bendecir 
Al que noble me amparó, 
Si dejar de amarla no, 
Podré dejar de vivir. 
— ¿Aún lo dudas? 

— ¿Qué he de hacer? 
— Pues da tregua a tus enojos, 
Porque -con tus propios ojos 
Lo vas esta noche a ver. 
— ¿Esta noche? 

— Te lo juro. 

— ¿Y cómo? 

—Es cosa sencilla, 
Que tiene el sueño la villa 
Muy pesado y muy seguro. 
Todo de mi cuenta corre; 
A las doce, y muy alerta, 



POEMAS 



233 



Búscame de la Malmuerta 
Junto a la arábiga torre. 
Una vez allí los dos 
Yo tu duda aclararé ; 
No faltes. 

— No faltaré. 
— Entonces, adiós. 

— Adiós. — 
Y dejando en soledad 
La oscura y triste ribera, 
Ambos con planta ligera 
Perdiéronse en la ciudad. 

Empujadas por el viento 
Se rasgan las nubes negras, 
Abriendo paso a la luna 
Que sus perfiles argenta. 
Han sonado ya las doce, 
Apagándose con ellas 
Los rumores en la calle, 
Las luces en las viviendas. 
Sólo dos sombras confusas 
Se ven en una plazuela 



25 4 



MANUEL DEL PALACIO 



Contigua a la vieja torre 
Llamada de la Malmuerta, 
Cuyas dos sombras calladas 
Que dos mancebos semejan, 
Ya escuchando se detienen, 
Ya inquiriendo se pasean. 
De pronto, tras de una esquina 
En el muro se repliegan, 

Y sus miradas dirigen 
Hacia una ventana estrecha, 
Donde al fulgor de una lámpara 
Vaga imagen se proyecta. 

Es una mujer; su aspecto 
Denuncia su gentileza, 
Que al interrogar ansiosa 
Con los ojos las estrellas, 
Su faz y la de la luna 
Disiparon las tinieblas. 
Turbada está y pensativa 
Como quien teme o espera, 

Y sabe Dios cuánto tiempo 
Le durara la tristeza, 

Si un sordo rumor de pasos 
Que por instantes se acerca 



POEMAS 



255 



No convirtiese en carmines 
De su tez las azucenas. 
Tres exclamaciones mudas 
Que el alma robó á la lengua 
Al mismo compás dijeron: 
— ¡ Amor !, ¡ castigo !, ¡ vergüenza ! 
Pronto llegó el embozado 
De su esperanza a la meta, 

Y a una señal convenida 
La niña, con mano diestra, 
Lanzó a la calle una llave 
Que botó contra las piedras. 
No tuvo, con todo, tiempo 
El galán de recogerla, 

Que otro embozado a tal punto, 
El pie poniendo sobre ella, 
— ¡ Atrás ! — exclamó con ira — 

Y descúbrase quien sea, 
Que es oficio de ladrones 

Ir a caza de estas prendas. — 
Sonó un grito en la ventana, 
Surgió otra sombra siniestra, 

Y dos espadas desnudas 
Relampaguearon inquietas. 



MANUEL DEL PALACIO 



— ¿Qué haces, Agustín? 

— -¡ Vengarte ! 
Contestó con voz resuelta. 
— Reñid, pues, y no uno á uno; 
Para los dos tengo fuerzas. — 

Y hablando el desconocido, 
La capa arrojó á la izquierda 

Y en la pared apoyándose 
Dio principio la pelea. 

Mas al ver Adrián su rostro 
Donde la luna refleja, 
Entre los dos combatientes 
Lanzóse, con tal demencia, 
Que herido por un acero 
Cayó desplomado en tierra. 

En esto a abrirse empezaron 
Los balcones y las rejas; 
Algún vecino celoso 
Echó al aire la linterna; 
Dieron chillidos de espanto 
O de envidia las doncellas, 

Y de ronda ya cercana 
Trajo el aviso una dueña. 



POEMAS 



257 



Detrás del feliz amante 
Se oyó crujir una puerta, 

Y Agustín, al verse solo 
Con su amigo, que no alienta, 
Levantándolo en sus brazos 
Cual si tierno niño fuera, 

En silencio y muy de prisa 
Ganó la oscura calleja. 

Gotas de sangre en el suelo, 
Una llave casi nueva, 
Mucho corrillo en la plaza, 

Y mucha boca indiscreta, 
Eso halló no más la ronda 
Cuando, armada y soñolienta, 
Llegó al lugar del suceso 
Con su alcalde a la cabeza. 

II 

De un convento las campanas 
Sin intervalo repican, 
Que hacen en Córdoba fiesta 
Los hermanos carmelitas. 
Por donación de un devoto 

17 



258 



MANUEL DEL PALACIO 



Se ha fundado una capilla, 

Y ya el altar concluido 
Se bendice en este dia. 
El lienzo que lo decora 
Una cruz tiene por firma, 

Y ha servido en él de asunto 
Magdalena arrepentida. 

Dicen que es de autor anónimo 
Los curiosos que lo admiran, 

Y hallan extraño se oculte 
Quién es tan insigne artista. 
La pecadora sublime 
Rezando está de rodillas, 
Siendo su templo el recinto 
De una caverna sombría, 

Un crucifijo y un cráneo 
Los que su oración inspiran; 
Su lecho, la dura piedra; 
Su descanso, la vigilia; 
El cielo, su juez airado, 

Y su verdugo, ella misma. 
Nunca a perfección tan alta 
Llegó la belleza física, 
Como en aquella pintura, 



POEMAS 



259 



De los ojos maravilla. 
A través de los harapos 
Se ve un alma que palpita, 
Que vive, y recuerda, y siente, 

Y ama, y espera, y confía. 
De aquel demacrado rostro 
En las virginales líneas, 
Inútilmente se buscan 
Las huellas de la lascivia; 
Todo lo borró el encanto 
De la aspiración divina, 
Cual ola que a cada embate 
Deja la arena más limpia. 
Ya va llenando la gente 

La anchurosa galería, 
Ya el sacristán los atriles 
Dispone para la misa. 
Por llegar junto a la verja 
Los más impacientes lidian, 

Y hay quien llega sin pensarlo, 
Porque a la fuerza le obligan. 
Uno descuella entre todos, 
Uno a quien cuantos le miran 
Abren paso, hasta ponerle 



2Ó0 



MANUEL DEL PALACIO 



El primero de la fila. 
Tras él avanza una joven 
De negras tocas vestida; 
Ambos se paran a un tiempo, 

Y al cuadro elevan la vista. 

— ¿Qué os parece, señor Céspedes? 

— Dice el sacristán con risa ; — 

Oiga yo de vuestra boca 

Si es tan bueno como afirman. 

— Pues digo — exclama el maestro — 

Que del pintor tengo envidia, 

Y que, o debe ser Tiziano, 
O vive Adrián todavía. — 
Bajó la dama al oírle 

La frente descolorida, 

Y en el rincón más oscuro 
Se escondió de la capilla, 
Mientras Céspedes, teniendo 
La mirada en ella fija, 
Murmuraba: "Se parecen 
Como dos granos de mirra ; 
Pero uno corrompe el aire, 

Y el otro lo purifica." 



POEMAS 



26l 



— ¿ No viene, hermano, a la fiesta ? 
Ya el esquilón nos avisa, 

Y entra el guardián en el coro 
Con cantores y organistas. 
Tomar parte en vuestro triunfo 
La comunidad ansia, 

Que la habéis donado un lienzo 
Que, más que lienzo, es reliquia. 
— Basta, hermano, y perdonadme; 
Rendido estoy de fatiga, 

Y a orar me quedo en mi celda, 
Ya que la oración me alivia, 

En cuanto al lienzo, es tan pobre 
Que, aunque el vulgo lo sublima, 
Pienso que el último sea 
De cuantos pinté en mi vida. 
Todos los que en torno miro 
Con el pasado me ligan : 
Fantasmas son de unos sueños 
Que hoy la realidad disipa, 

Y al recordarme mi gloria 
Me recuerdan mis desdichas. 
Déjeme, pues, buen hermano, 

Y mi dolor no le aflija, 



262 MANUEL DEL PALACIO 



Que voy camino del cielo 
Con mi corona de espinas. — 

Y esto diciendo, quedóse 
Desfallecido en la silla, 

En tanto que el otro fraile 
Al coro se dirigía. 

Cuando ya solo en la celda 
Se halló el joven carmelita, 
Levantóse, y del secreto 
De una papelera antigua 
Sacó una carta cerrada 

Y fuése al balcón a abrirla. 
Vieron desde allí sus ojos 
La ciudad y la campiña, 

El sol que del ancho río 
Doraba las puras linfas, 

Y al mismo tiempo, y muy cerca, 
Escuchó clara y distinta 

Del órgano del convento 

La celestial armonía. 

Luego, al sentir que una lágrima 

Le quemaba la mejilla, 



"POEMAS 



Rompió de la carta el sobre 

Y leyó con faz tranquila : 

" Adrián : Estaré muy lejos 
Cuando estas letras recibas, 

Y en ellas quiero dejarte 

De mi amistad prueba escrita. 
Desde la noche funesta 
En que la suerte enemiga 
De tu amor y mi venganza 
Nos arrebató la dicha, 
No sólo velé tu sueño 
Curando tu grave herida, 
Sino que de aquella infame 
He sido constante espía. 
Si al seductor en tres años 
Mi acero no hizo justicia, 
Fué recordando lo mucho 
Que te amparó su familia, 
Cuando en abandono triste 
Huérfano y solo vivías; 
Pero a la infiel me propuse 
Por todas partes seguirla, 
Pregonando sus maldades 

Y haciéndola de él indigna. 



264 



MANUEL DEL PALACIO 



Esto es lo que he conseguido, 

Y ya mi misión cumplida, 
Parto a Florencia y a Roma, 
Que estudio y placer me brindan. 
No casará Magdalena 

Con don Rodrigo de Silva, 
Quien siente de haberla amado 
Vergüenza tan infinita, 
Que en expiación de esa culpa 
Ha erigido la capilla 
Donde pronto los cristianos 
Alzarán preces benditas. 
No te envolverá en sus redes, 
Porque Dios de ellas te libra, 

Y de todos despreciada 
Sufrirá en breve la inicua 
El rigor de los que lloran 

Y el desdén de los que olvidan. 
Adrián, la gloria te espera; 
Eres monje, fuiste artista; 

Hoy puedes ser las dos cosas ; 
Mira al cielo, reza y pinta. 
Yo te animaré a la lucha, 

Y cuando al pesar te rindas, 



POEMAS 



265 



Llama a Agustín del Castillo, 
Que no faltará a la cita." 

Mordióse el fraile los labios, 
En que brotó una sonrisa, 
Hizo pedazos la carta, 
Poniendo un beso en la firma, 

Y metiéndose en la celda, 
Con desusada energía, 
Cuadros, bocetos, apuntes, 
Reunió en una inmensa pira, 
A los cuales aplicando 
Una roja lamparilla 

Que a un viejo Cristo alumbraba 
Metido en una hornacina, 
Hizo pabellón de fuego 

Y pirámide de chispas. 

Cuando, después de la fiesta, 
La comunidad reunida 
Fué a dar al pintor su hermano 
Enhorabuenas y albricias, 
Halló un fraile moribundo 
Sobre un montón de cenizas. 



266 



MANUEL DEL PALACIO 



Años hace que de Córdoba 
Visitando las ruinas, 
En la oscuridad de un templo 
Fijé en un cuadro la vista. 
De una bella pecadora 
Ser retrato parecía, 
Y en él no se vislumbraban 
Nombre, ni fecha, ni cifra. 
¿Era de Adrián la pintura? 
¿•Era Magdalena misma? 
Nunca llegué a averiguarlo ; 
Pero aquel hermoso enigma 
Aún si a mi memoria acude. 
Siento que el sueño me quita. 



EL FRAILE 



MEDITACIÓN 

En el ruinoso claustro bizantino 
Iba a sentarme al declinar el día, 
A 'pie cruzando el áspero camino 
Que conduce del pueblo a la abadía. 

Todo allí soledad, todo misterio; 
Del monte en el declive ameno valle, 
Y vecino a la iglesia el cementerio, 
De altos cipreses, tras angosta calle. 

Aquel antiguo claustro, aquella calma, 
Aquel cielo tan puro y transparente, 
Hablaban a mis ojos y a mi alma 
De algo que no se explica y que se siente. 

Alguna vez, el eco repetido 
Por la centrada bóveda del coro, 
Traía murmurando hasta mi oído 
El rezo triste y el cantar sonoro ; 



268 MANUEL DEL PALACIO 



Y alguna vez también, pálido y mudo, 
Un hombre, que un fantasma parecía, 
Contestaba impasible a mi saludo, 
Y del templo en la sombra se perdía. 

¿Quién era? Al mundo y a la vida extraño, 
Prófugo del hogar, de nombre incierto, 
¿Qué crimen, qué dolor, qué desengaño 
Lloraba en aquel árido desierto? 

Bajo su tersa y despejada frente, 
De su pupila azul en los fulgores, 
Irradiaban los sueños de la mente, 
Ricos de luz, de encanto y de colores. 

¿Quién sabe si en la celda sumergido, 
Cuando todo en silencio reposaba, 
Con el orgullo de Luzbel caído 
Su túnica de Neso desgarraba? 

¿Tal vez un mártir del amor sería, 
Que al tibio rayo de la luna bella, 
De su amada el espectro evocaría, 
La fe negando a Dios que puso en ella? 

¿O de oculto pesar víctima triste, 
Acaso maldiciendo su destino, 
De una felicidad que aquí no existe, 
Buscaba en las tiriieblas el camino? 



POEMAS 



269 



No lo sé; de su imagen solitaria, 
Siempre severa y misteriosa y fría, 
Sólo el perfil recuerdo y la plegaria, 
Que más se adivinaba que se oía. 

Y tampoco olvidé que muchas veces, 
Del sitio impresionado y del momento, 
Al rumor de sus pasos y sus preces, 
Despertó mi dormido pensamiento... 

Y pensé en mi interior : — Esa sentencia 
Que el hombre sufre y que se impone él mismo, 
¿ Es ley a que obedece su conciencia, 

O imposición fatal de su egoísmo? 

¿Puede el humano ser, suprema hechura 
De un divino Hacedor, fuente de vida, 
Renunciando a su noble investidura, 
Realizar los intentos del suicida? 

No de estéril piedad, de amor fecundo 
Se nutren los hambrientos corazones; 
Y hacen más falta ejemplos en el mundo 
Que en el cielo cantares y oraciones. 

Bálsamo del dolor es la esperanza, 
Y, afirme cuanto quiera la pereza, 
Del bien y la virtud en la balanza, 
Pesa más el que instruye que el que reza. 



270 



MANUEL DEL PALACIO 



Más alto que el incienso, cuya nube 
Se borra disipada en el ambiente, 
Hasta el trono inmortal vibrando sube 
El suspiro del pobre y del doliente. 

Corregir al iluso y al culpable, 
Aliviar al enfermo y al cuitado, 
Ese es el culto a Dios más agradable, 
Ese el deber del justo y del honrado. 

Fraile, no envidio tu serena calma: 
Yo amo al par las espinas y las flores; 
La vida es un combate, y de la palma 
Nunca dignos serán los desertores. 

1885. 



BLANCA 



HISTORIA ÍNTIMA 
I 

Hay nombres que retratan; parecía, 
Cuando envuelta en su túnica de nieve 
Luz a la estancia daba y alegría 
La que hoy mi musa a recordar se atreve, 
Cisne de pluma leve 
Arrojado a la tierra por acaso 
En el risueño y apacible día 
En que nació el amor; hasta su paso 
Era como el del cisne, vacilante, 
Por causas que diré más adelante. 

¿Dónde la conocí? Lo tengo escrito 
En el sagrado libro en que se escribe 
Lo ideal, lo sublime, lo infinito, 
Lo que nunca se olvida, lo que vive. 



272 



MANUEL DEL PALACIO 



En ese panteón de la memoria 
Donde, en horas de calma, 
Gozamos releyendo nuestra historia 
Con los ojos del alma. 

Vagaba yo una noche a la ventura 
Contemplando del arte los primores, 
Por la ciudad, sin par en hermosura, 
Que hizo del Arno espejo de sus flores. 
Allá, templo vetusto 
Dejábame un instante embebecido; 
Aquí, gallardo busto 
Sobre marmóreo pórtico esculpido. 
De Strozzi y del Barchelo 
Ya los palacios admirado había; 
Perderse vi en el cielo 
La torre de la vieja Señoría, 

Y de Orcagna en la logia portentosa 
Miré, con honda pena, 

De Perseo la hazaña valerosa, 

Y la angustia cruel de Polisena. 
Por calles y callejas extraviado, 
Solitario y sin guía, 



POEMAS 



273 



Más de la mente que del pie cansado, 
Mi romántico viaje proseguía, 
Cuando un rumor de música liviana, 
Fabricada en París, por consiguiente, 
Me condujo, venciendo mi galbana, 
A una casa, ni nueva ni decente, 
Del Corso dei Tintori no lejana. 
Rebosaba el portal lleno de gente; 
Inquirí, me advirtieron, hallé el modo 
De divertirme y descansar un rato, 

Y poniendo a pupilo el sobretodo 
Di en un baile de máscaras barato. 

No lo he de describir : saber os baste 
Que era inmenso el salón, y en él reinaba 
De miseria y de lujo tal contraste, 
Que al dolor y a la risa provocaba. 
Sobre la muelle alfombra 
Cien parejas danzaban confundidas 

Y cien en la penumbra o en la sombra 
Cantaban a compás enronquecidas. 
Mujeres agradables y discretas 

Iban pidiendo amor, dicha o fortuna; 

:8 



4 MANUEL DEL PALACIO 



Todas eran alegres y coquetas, 

Todas quizá felices... menos una. 

En el ángulo oscuro 

Del salón que al de baile precedía, 

Sentada, y apoyándose en el muro, 

La vi al pasar ; ni hablaba ni reía. 

De su contorno puro 

Blanco traje las formas descubría, 

Y en antifaz, que la ilusión provoca, 
Dos hileras de perlas en su boca. 
Acariciando la desnuda espalda 
Caían desceñidos los cabellos 
Hasta rozar su falda, 

Tan rubios y tan bellos, 
Cual si fueran de un ángel la guirnalda. 
Hízome sitio y me senté a su lado; 
Traté de hablar con ella, y un sollozo 
Brotando de su pecho acongojado, 
Convirtió mi amargura en alborozo. 
— ¿Sufres, máscara? 

— Sí — dijo tranquila, 
En mí fija un instante 
De sus azules ojos la pupila, 

Y con el ritmo grato que se estila 



POEMAS 



275 



En la patria del Dante. 
— Sufrir contigo quiero, 
.Si me dices tu pena... 

— Desvarío ; 
Debes ser, por las señas, extranjero : 
• ¿Qué te puede importar el dolor mío? 
— Más de lo que presumes... 

— Pues, ¿quién eres? 
— Un viajero cansado hasta hace poco, 
Que no ha visto entre todas las mujeres 
Ninguna como tú... 

— Pareces loco. 
— ¿Nada tienes que hacer? 

— Nadie me obliga, 
— ¿Serás franca conmigo? 

— Seré franca. 
— ¿Con quién viniste aquí? 

— Con una amiga. 
— ¿Cómo te he de llamar? 

— Llámame Blanca. 



276 



MANUEL DEL PALACIO 



II 



Dulce y pausado penetró en mi oído 
De la beldad incógnita el acento, 
Que vibraba confuso entre el ruido 
Semejante al bramido 
De turbias olas o de ronco viento. 
Alguna que otra vez tiernas parejas 
Delante de nosotros desfilaban; 
Citas, requiebros, quejas 
El espacio de música llenaban, 
Mientras cediendo a mi rogar ansioso 

Y con su mano trémula en la mía, 
De su existencia el velo tenebroso 
La máscara a mis ojos descorría. 
Cerca de un año hacía 

Que abandonó su pueblo del Piamonte, 

Y allí, padre y hermanos más pequeños, 
Buscando en el artístico horizonte 

La realidad de sus alegres sueños. 
El baile su afán era, 

Y pronto la academia en que estudiaba, 



POEMAS 



2 77 



Elevándola al rango de primera, 

Un bello porvenir le presagiaba. 

Pero antes de llegar, ¡cuántos reproches 

Nublaron su ventura! 

¡ Cuántos días sin pan, y cuántas noches 

De fatiga, de insomnio y de amargura! 

Escollo la hermosura 

Fué para la infeliz en su camino; 

Se propuso vencer, y de ardor llena, 

Mártir de la virtud y del destino, 

Victoriosa por fin... subió a la escena. 

No era crecido el sueldo que tenía ; 

Mas no sólo bastaba 

Para vivir humilde cual vivía, 

Sino que haciendo cálculos, hallaba 

Que muy pronto una parte 

Iba el llanto a enjugar de los que amaba; 

i Qué gloria para el alma y para el arte ! 

Calló Blanca, y su frente 
Doblóse como herida por el rayo; 
Brilló una perla en la pupila ardiente, 
Y volviendo después de su desmayo, 



278 



MANUEL DEL PALACIO 



—Llévame a respirar — dijo doliente. 
Su brazo enlacé al mío, 

Y como tiembla en el rosal la hoja 
Cargada de rocío, 

Comenzamos a andar... Yo sentí frío... 
Todo lo adiviné... Blanca era coja. 
— ¿Comprendes mi dolor? — murmuró triste. 
Yo la atraje con fuerza a mi costado, 

Y entre una risa aquí y acullá un chiste, 
Cruzamos el salón iluminado. 

Poco después, serena, 

Me refirió su dolorosa cuita; 

i Cuánto conmueve el corazón la pena 

De una mujer bonita! 

— Se ensayaba la escena encantadora 

De un baile muy reciente, 

Que se titula El Carro de la Aurora... 

— ¿Y eras la Aurora tú? 

— Naturalmente. 
Entre nubes el carro aparecía, 
Tirado por querubes, 

Y yo en el carro atravesar debía 
La transparente gasa de las nubes. 
Hícelo así; pero en mi raudo vuelo, 



POEMAS 



279 



Mal seguro, sin duda, el andamiaje, 
Con querubes y carro vine al suelo, 
Enredada en los pliegues de mi traje. 
No era grande la altura, 
Pero al ponerme en pie lancé un gemido; 
Aquella torcedura, 

Muerte más que dolor para mí ha sido. 
— ¿Qué dicen los doctores? 

— Poco o nada : 
Que el tiempo y muchos baños 
Darán fuerza a la parte lastimada, 
Si vivo sin bailar dos o tres años. 

Y hace ya casi un mes, y yo no duermo, 

Y oigo a mi alrededor dulces mentiras, 

Y me llama mi padre, que está enfermo, 

Y debo cerca de trescientas liras. 
— Mas, ¿no tienes amigos? 

— Tuve algunos, 
Que de su amor me hicieron mil alardes; 
En la ventura les juzgué importunos, 
Frente a frente del bien fueron cobardes. 
— ¿Y qué resolverás? 

— No lo concibo ; 
Me empuja al precipicio la primera 



2 SO 



MANUEL DEL PALACIO 



La misma anciana en cuya casa vivo, 

Y antes que dar en él morir quisiera. 
— Te afliges sin motivo; 

¿ No tienes madre ? 

— ;Ay, Dios, si la tuviera!... 
— Blanca, jura que es cierto 
Cuanto me acabas de decir. 

— Lo juro 

Por las ocultas lágrimas que vierto; 
No tiene la verdad sello más puro. 
— Pues bien; el baile acaba, 

Y vienen a buscarte tus amigas; 
Es preciso que hablemos. 

— Lo anhelaba ; 
Haré sin vacilar cuanto me digas. 
Buscando una esperanza aquí he venido, 

Y ella la angustia de mi pecho arroja; 
Plaza del Arno, diez ; allí su nido 
Tiene la pobre coja. 

— Mañana te veré, y hasta mañana 
Ningún pesar te apene. 
— Me tendrás esperando en la ventana, 
Simpático español. 

— Bella italiana, 



POEMAS 



28l 



No he de olvidarte ; ¿ y tú ? 

— Ti voglio bene. 

III 

Guarda la vida, en su rodar constante, 
Horas de anhelo grato, 
De dulce paz, de angustia delirante, 
De calma o de arrebato. 
Horas que son un siglo y un instante 
Conforme nos redimen o condenan, 

Y en cuyo fondo lúgubre germinan 
Las flores que fascinan, 

Los frutos que envenenan. 
¿Quién de ellas no ha bebido 
El calmante o la hiél? Yo las evoco 
Sacándolas del polvo del olvido 
En que yacen ha tiempo sepultadas, 

Y las del porvenir estimo en poco, 
Gozando en recordar las ya pasadas. 
Una entre todas, bella y seductora, 
Mi atención solicita; 

La recuerdo muy bien : era la hora 
Que de mi Blanca precedió a la cita. 



282 



MANUEL DEL PALACIO 



Juguete de amoroso desvarío, 

Como si del Edén fuera al encuentro, 

Por ancha calle que divide el río 

De la plaza del Arno llegué al centro. 

No turbaron mi vista las mansiones 

Que en rededor se alzaban, 

Cuyos negros y antiguos torreones 

Su perfil en el cielo dibujaban; 

Pues como si de antorcha me sirviera 

El rayo de la luna bendecida, 

De un modesto balcón tras la vidriera 

Su vaga sombra iluminó en seguida; 

Salvé la calle, y pronto la escalera 

Crujió bajo mi planta decidida... 

Sus manos, que el -postigo me entreabrieron, 

A mis manos después se entrelazaron, 

Y aunque nada los labios se dijeron, 

Algo los ojos en secreto hablaron. 

Ya en su cuarto, sencillo y elegante, 

Del color de su falda, blanco y rosa, 

Al reflejo de lámpara brillante 

Pude mirarla a mi placer: ¡qué hermosa! 

De virgen parecióme su semblante, 

Su andar de ninfa, su esbeltez de diosa, 



POEMAS 



283 



Y, marco a tan espléndida belleza, 
Brillaba y atraía 

La aureola de encanto y de pureza 
Que en torno de su faz se difundía. 
— Siéntate junto a mí, Blanca — la dije, — 

Y aleja de tu alma 

Ese pesar que sin razón te aflige ; 
Preludio es la tormenta de la calma. 
— Tú fuistes el primero 
— Me replicó — que el límite sagrado 
Traspuso de ese umbral; noble y sincero 
En acciones y frases te be juzgado. 

Y qué piensas de mí saber espero., 
— Pienso que eres un ángel... 

— Y deseas 

Que lo deje de ser... 

— Si tu destino 
Obstáculos no pone a tus ideas, 
No seré yo quien tuerza tu camino. 
Dos son los que a la vista 
Te muestra el porvenir, y escoger debes: 
Has muerto para el arte como artista, 
Tienes que ser mujer; ve si te atreves. 
De un camino a la entrada 



284 



MANUEL DEL PALACIO 



Te sonríe el amor; senda de flores, 
Donde acechan el fin de la jornada 
Placeres y dolores. 
Como tesoro oculto a la mirada 
Brillarán escondidos tus fulgores, 

Y en la vigilia inquieta 

De noches deliciosas o sombrías, 
Un hombre, y si tú quieres un poeta, 
Te arrullará con dulces melodías. 
— ¿Y ese hombre?... 

— Está a tus pies. 

— Si me decido, 

¿ Qué durará tu amor ? 

— A nadie engaño ; 
Puede vencer al tiempo y al olvido, 
Pero puede morir antes de un año. 
— ¿Nunca la eternidad? 

— Nunca la esperes; 
Uno de tantos nombres 
Con que engaña el demonio a las mujeres, 

Y a su vez las mujeres a los hombres. 
— De modo que si, incauta, yo te amara 
No sabiendo olvidar... 

— Fuera mal hecho, 



POEMAS 



285 



Y acaso yo también lo lamentara... 
— ¿Me queda otro camino? 

— Sí; el derecho. 
Torna al valle feliz en que naciste 

Y te esperan tu padre y tus hermanos; 
Cuéntales que al caer sólo caíste 
Desde la altura de tus sueños vanos. 
Allí tu vida correrá dichosa, 

Y, cuando el caso llegue, 

Gozarás del amor y de la prosa, 

Con un gañán que te ame o que te pegue. 

— Prefiero, aunque te espante, 

Morirme en mi rincón de hambre o de hastíe, 

A ir de uno en otro amante, 

Querida al fango, desdeñada al río. 

En el primer sendero 

Me ofrece protección tu mano franca, 

Mas yo busco el segundo, y no el primero; 

¿Quién hacia él me guiará? 

— Yo también, Blanca. 

—¿Tú? 

— ¿Lo dudas? 

— No sé ; siento una pena 

Y un placer a la par, que estoy temblando... 



286 MANUEL DEL PALACIO 



¡Me cuesta tantas lágrimas ser buena!... 

— ¿Cuándo piensas partir?, responde, ¿cuándo? 
— Pero, ¿es verdad? 

— Ni sueñas ni deliras; 
Tu gusto a hacer me inclino; 
Toma. 

— ¿Qué es esto? 

— Las trescientas liras, 
Que al punto pagarás. 

— ; Cielo divino ! 
—Me lo dijiste anoche, 

Y sé que tus apuros eran grandes. 
¿Quieres irte mañana? Vendré en coche 
Para llevarte al tren. 

— Lo que tú mandes. 
— Pues basta de llorar; déjalo todo, 

Y dispon el tocado y la maleta. 
¿Recelas ya de mí? 

— De ningún modo; 
Pero, ¿quién eres tú? 

— Soy el poeta. 



POEMAS 



287 



IV 

Cuando al andén de la estación salimos 
Iban las ocho a dar; el tren partía 
A las ocho y minutos ; distinguimos 
Un coche de primera, en el que había 
Dos señoras o tres; y — ¡Aquí! — dijimos. 
Puso Blanca en su sitio el equipaje, 
Y, atrayéndome a sí con furia loca, 
Saltó otra vez al suelo, 
Mientras su fresca boca 
Murmuraba en patético lenguaje: 
— ¡ Cómo te voy a amar ! 

— ¿ Dónde ? 

— En el cielo. 
Sonó a punto el " ¡Partenza! ; ella, dudando, 
Sobre mi pecho reclinó la frente; 
Yo la abracé callando; 
Se unieron nuestros labios dulcemente; 
Acercóse la máquina silbando, 
Y un i Adiós! escuché largo y doliente. 



MANUEL DEL PALACIO 



En tanto que, arrastrándose en la vía, 
Volaba el monstruo de cabellos rojos, 
Un lienzo en él flotando se veía ; 
Lo conocí; tenía 

La cifra humedecida por mis ojos. 

Hoy, en la soledad que me rodea, 
Lejos de cuantos amo, 
Pensando en la quietud de aquella aldea, 
Ave dormida, desperté al reclamo. 
¿Qué habrá sido de Blanca? Yo lo ignoro; 
De su hermosura envuelta entre las galas, 
Mariposa de amor, con alas de oro, 
Tocó mi sien, sin profanar sus alas. 
¿ Será f eliz ? Misterios del acaso. 
¿Será que en la tristeza se consume? 
Yo sólo sé que el vaso 
Fué digno del perfume. 

1887. 



EL NIÑO DE NIEVE 



CUENTO ÁRABE 

A Federico Balart. 

I 

Ya del Bosforo en las aguas 
se iba la estela borrando 
que abrió la velera nave 
a la voz de "¡ Larga el trapo!" 
y aún de pie sobre la popa, 
entre afligido y huraño, 
un hombre de luenga barba 
y de semblante atezado, 
fija la vista en un punto 
del horizonte lejano, 
a merced del aire hacía 
flotar su pañuelo blanco. 
Desde torrecilla esbelta 
de pintoresco palacio, 
una mujer muy hermosa, 



2 9° 



MANUEL DEL PALACIO 



otro pañuelo agitando, 

contestaba diligente 

a la señal o al mandato ; 

mas con distracción tan grande 

y con tan poco entusiasmo, 

que remontar no vió al buque 

por la punta del Serrallo, 

y halló, al volver la mirada, 

desierto y mudo el espacio. 

— ¡ Por fin ! — tras hondo suspiro 

exclamó — : ¡ Qué adiós tan largo ! 

Y sentándose en el muro, 

y cruzándose de brazos, 

fijó en el sereno cielo 

sus negros ojos rasgados. 

Cinco o seis años hacía 
que Yusuf, el africano, 
aunque por la edad pudiese 
pretender amor más casto, 
era esposo de Ned-Yuma, 
a quien conoció en Damasco, 
y que de mísera esclava 
logró llegar a tan alto, 



POEMAS 



29I 



ya que por él la rodean 
la opulencia y el regalo, 
pues no hay mercader más rico 
que Yusuf en todo el barrio. 
Como él opulento, es ella 
hermosa, y aun sin agravio, 
puestas belleza y fortuna 
en comparación, acaso 
Ned-Yuma inclinar podría 
la balanza de su lado. 
Pisaron sus pies apenas 
las rosas de veinte mayos, 
y el ángel de los amores 
trazó de su pecho el arco. 
Son sus mejillas jazmines, 
granada abierta sus labios, 
de antílope su garganta 
y de gacela su paso. 
Túnica de mil colores 
ciñe su cuerpo gallardo, 
que sujeta a la cintura 
jar ja 1 de ricos bordados, 



1 Faja. 



2 9 2 



MANUEL DEL PALACIO 



y en los hombros y en el seno 
luce, al par que sus encantos, 
ligero schambar 1 de gasa 
y majzan 2 de fino paño 
con broche de plata y oro 
y jalek 3 que lanzan rayos. 
No cubre su rostro el velo, 
ni de la sarma 4 debajo 
tiene la oscura melena, 
que acaricia el viento vago, 
pero sí lleva, cual suelen 
las mujeres de su rango, 
ajorcas de filigrana 
y cintillos con topacios. 
Iba cayendo la tarde, 
y absorta ante el espectáculo 
que en su crepúsculo ofrecen 
las almas, como los astros, 
aún Ned-Yuma proseguía 
mar y cielo contemplando. 

1 Jubón. 

2 Manto. 

3 Piedras preciosas. 

4 Toca metálica. 



POEMAS 



293 



Por fin movió» la cabeza, 
en pie se puso de un salto, 
y "Sta-fer-al-lah" 1 diciendo, 
ni muy fuerte ni muy claro, 
la escalera de la torre 
comenzó a bajar despacio. 

II 

Sola se encuentra Ned-Yuma 
en su camarín dorado, 
con el g'adyar 2 recogido 
y abierto el jaique de raso. 
Tiene delante una carta 
que dos veces leyó en alto 
y arrojó después al suelo 
doblándola con sarcasmo, 
y cerrada todavía 
otra conserva en la mano 
que exhala dulce perfume, * 
como a madera de sándalo. 



1 ¡ Dios me guarde ! 

2 Velo. 



294 



MANUEL DEL PALACIO 



De Yusuf es la primera, 

y dice en menudos rasgos : 

"Tres semanas llevo ausente, 

y ajunque no muy de mi grado, 

que estaré fuera te anuncio 

mucho tiempo... no sé cuánto. 

Mis intereses reclaman 

afán que no les consagro; 

tengo géneros pedidos 

en mis bazares intactos, 

y el oro en las alcancías 

es como el agua en los charcos. 

Así que recibas ésta 

haz llamar, pues yo lo mando, 

a Hasán, a quien ya conoces, 

mi cajero y asociado, 

el cual correrá con todo, 

rentas, préstamos y cambios, 

dándote parte a menudo 

de los ingresos y gastos. 

Fuera de él a nadie veas 

ni en la ciudad ni en el campo, 

pues a codicia no mueve 

joya que está a buen recaudo." 



POEMAS 



La otra carta, que Ned-'Yuma 

tardó en abrir poco rato, 

estas líneas contenía 

en puro lenguaje arábigo: 

"Hurí de los negros ojos, 

en cuya lumbre me abraso, 

vivo por lo que deseo 

y muero por lo que callo ; 

de su silencio la cárcel 

romper intenta mi labio, 

y ayuda vengo a pedirte 

más rendido que postrado. 

A las nueve de esta noche, 

de las sombras al amparo, 

penetraré en tus jardines, 

que conozco palmo a palmo : 

una respuesta, un suspiro, 

y si tal ventura alcanzo, 

a ti volará dichoso 

Hasán, tu amigo y tu esclavo." 



Besó Ned-Yuma la carta, 
que puso en secreto armario ; 
de la que arrojara al suelo 



296 



MANUEL DEL PALACIO 



cortó la página en blanco; 
dijo alegre: 

— ¡ Estaba escrito ! — 
Y con movimiento rápido, 
midiendo la corta altura 
que hay del jardín a su cuarto, 
casi postrada de hinojos 
ante un meida 1 de alabastro 
trazó en el papel con lápiz 
estas palabras: "Te aguardo. " 

III 

Para una mujer amante 
que lejos del dueño amado 
sólo en la esperanza vive 
de volver a recobrarlo, 
¡ qué lentas pasan las horas 
y cómo van engendrando 
en el pensamiento dudas 
y en el corazón presagios ! 



1 Velador bajo. 



POEMAS 



297 



Ned-Yuma vió como un soplo 
pasar los últimos años ; 
han sido tres... 

— i Imposible ! 
— dice Hasán — ¡ No f ueron tantos ! 
¡Bien recuerdo aquella noche!... 
— ¡ Pudieras no hacerlo, ingrato ! 
— Que era ayer me parecía... 
— Y ayer fué, que esos milagros 
los repite amor mil veces 
y son nuevos, sin embargo. — 
Así en la ardorosa siesta 
de una tarde de verano, 
entre uno y otro paseo 
por la terraza de mármol, 
Ned-Yuma y Hasán evocan 
de su pasión el encanto 
como si fundir quisieran 
el presente y el pasado, 
ya que al porvenir no pueden 
avanzar sin sobresalto. 
Interrumpió su coloquio 
un marinero bizarro 
que, tras algunas señales 



298 



MANUEL DEL PALACIO 



de atención o de recato, 
gritó : 

— ¡ Señor ! Abu-Saada 
llegó anoche con su barco, 
y noticias ha traído 
de Yusuf, nuestro buen amo. 
Dice que se halla en Esmirna, 
y debe, según sus cálculos, 
estar aquí el lunes... 

— Lunes, 

y ayer fué... 

— Viernes ; hoy sábado ; 
he venido á preveniros... 
— Muy bien; para completarlo 
lleva el aviso a la gente, 
y todos, y el que lo trajo, 
de nuestra gran alegría 
participen... Que es mandato, 
les dirás, de la señora 
a cuyo servicio estamos : 
puedes irte. 

— ¡ Dios os guarde ! 
— ¡Y ahora, Ned-Yuma, a mis brazos! 
Forjó la enemiga suerte 



POEMAS 



299 



contra nosotros el dardo ; 

que a un tiempo en los dos se clave 

si cumple al destino aciago. 

— ¿Y nuestro hijo? 

— Razón tienes ; 
debemos ponerlo en salvo... 
Huye con él... 

— Fuera inútil... 
Medito otro plan más arduo... 
Conducirle aquí. 

— ¿A su vista? 
Pues ;qué piensas? 

— Engañarlo. 

— Es celoso... 

— Pero es crédulo... 

— Es sagaz... 

— Pero es anciano ; 
respecto a ti, en adelante 
te veré como a un extraño ; 
ni una palabra,, ni un signo : 
sentir y amar... 

— Siento y amo. 
— Alí el secreto conoce... 
— Morirá si es necesario... 



3oo 



PENSAMIENTOS Y EPIGRAMAS 



— No; con alejarle basta. 

— Dices bien ; el mundo es ancho. 

— Y ahora, y tal vez para siempre, 

adiós. 

— Ahora no... 

— Pues ¿cuándo? 

— Esta noche. 

— ¡ Ultima noche ! . . . 
— ¡ Sí, amor mío ; último lazo 
que a la ventuna nos une, 
última gota del vaso, 
último anhelo de un alma, 
última luz de un relámpago! 

IV 

— ¿ Con que durante mi ausencia 
todo en orden ha marchado? 
— Todo en regla, esposo mío, 
por más que... 

— Di sin reparo 

tu opinión... 

— Pues que yo hubiera 
preferido a mi descanso 



POEMAS 



ser sola para el manejo 
de la casa... 

— ¿Pudo en algo 
faltarte Hasán? 

— Me enojaba 

sai presencia... 

— Es diestro... 

— Es vano. 

— ¿A tus órdenes rebelde 
fué alguna vez? 

— No le ataco 
por su conducta; me irritan 
sus pretensiones de sabio. 
— Es inteligente... 

— Es necio... 
Pero, en fin, ya me has librado 
de su vista, y con la tuya 
a nueva vida renazco. 
Mucho tengo que pedirte... 
— Mucho para darte traigo; 
mas primero una pregunta 
que se me ocurrió hace rato. 
Al cruzar yo por la puerta 
jugaba un niño en el patio. 



302 



MANUEL DEL PALACIO 



¿De quién es? 

— Pues no es de nadie, 
siendo de todos... 

— Reclamo 
la explicación del enigma. 
— Es más que enigma; es arcano, 
de que Dios, piadoso siempre, 
nos hizo depositarios. 
— Al-lah-Acbar 1 : ya te escucho. 
— Me entrego a su gracia, y narro : 
Hora del mogred 2 sería 
dos schetta 3 ya pasados, 
cuando en tu jardín hermoso, 
rendida por el cansancio, 
junto al Cupido de bronce 
me dormí en un duro banco. 
Ignoro si fué mi sueño 
sueño no más o letargo; 
sé que desperté con frío, 
y figúrate mi pasmo 
al ver la tierra cubierta 



1 ¡ Dios es grande ! 

2 Al ponerse el Sol. 

3 Invierno. 



POEMAS 



3o3 



de nieve con un sudario. 

Era ya noche cerrada, 

y entre los pliegues del manto 

envolviéndome, ligera 

seguí de la senda el rastro. 

Mas no sola ; desprendida 

del pedestal, y a mi lado, 

de Cupido la figura 

marchaba por arte mágico. 

— ¿Qué quieres de mí? — le dije — . 

— Cariño busco y amparo; 

eres mujer, serás madre, 

acógeme en tu regazo. 

— Yo insensible te creía... 

— Lo fui durante dos años; 

pero esta noche una gota 

filtrada de arriba abajo 

en mi interior, vida y alma 

me otorgó de ser humano. 

Ya como tú siento y lloro, 

como tú estoy tiritando, 

abrigo y pan necesito, 

fe y amor ofrezco en cambio. 

Yo pensé, Yusuf, entonces 



304 MANUEL DEL PALACIO 



en nuestro hogar solitario, 
y en tu casa le di albergue ; 
hoy en ella eres el árbitro; 
arrójale si te enfada, 
yo tu decisión acato. 

Cruzó una nube sombría 
de Yusuf el rostro pálido, 
mas reponiéndose pronto 
dijo entre amoroso y cauto: 
— ¿No tiene nombre? 

— Ninguno : 
la que le tomó a su cargo 
le llama el niño de nieve, 
sabiendo su origen raro. 
— Que su nombre en adelante 
sea Ahmed, el deseado, 
y que de nada carezca, 
¿lo entiendes bien? 

" — Y lo aplaudo. 
— Si Dios concedernos quiso 
por tal medio tal hallazgo, 
su voluntad acatemos 
y sus designios cumplamos. 



POEMAS 3o5 



V 



Siguió el tiempo su carrera, 
nueve o diez lunas pasaron, 
y de Yusuf en la quinta 
reinaba la paz de antaño. 
Hermosa siempre Ned-Yuma, 
el niño vuelto muchacho, 
Hasán sin ver a la mora 
y caduco el millonario. 
A los tres una mañana 
llamó Yusuf a su cuarto, 
y con su risa más dulce, 
y con su acento más blando, 
como si rezara un sura 
del Korán, dijo pausado: 
— Debemos cambiar de vida, 
y con ese objeto os llamo; 
mi fortuna es ya muy grande, 
mi edad se acerca al ocaso, 
y aburrido de negocios 
estoy resuelto a dejarlos. 
Me retiro del comercio, 



20 



MANUEL DEL PALACIO 



mas quedan algunos saldos 
que liquidar; a mis socios 
con cartas no satisfago, 
y así dentro de dos días 
de nuevo a la mar me lanzo, 
aunque opino que de huésped 
me ha de tener corto plazo. 
Conociendo lo que él vale 
y lo poco que yo valgo, 
Hasán se vendrá conmigo, 
y como viaje de ensayo 
Ahmed también, que ya es hora 
de que comprenda lo malo 
y lo bueno de estos mundos 
por donde peregrinamos. 
Arregle Hasán sus papeles, 
que no ha de ser gran trabajo, 
y tú, esposa, arregla al niño 
y no le aflijas con llantos. 
Los cuatro, tras el discurso, 
silenciosos se miraron, 
saliéndose de la estancia 
mudos y tristes los cuatro. 



POEMAS 



307 



Otra vez en su azotea, 
rojos de llorar los párpados, 
al aire deja Ned-Yuma 
flotar su pañuelo blanco. 
Aún no remontó la nave, 
aún pueden sus ojos ávidos 
distinguir sobre la popa, 
correspondiendo a su halago, 
tres bultos que hacia la tierra 
parece que están mirando. 
Los tres saludan unidos... 
Luego dos... Avanza el barco, 
y ya próximo a ocultarse 
por la punta del Serrallo, 
de los tres bultos saluda 
uno tan sólo ¡el más bajo! 



VI 

Un mes después de esta escena 
de Yusuf llegó un despacho; 
estaba en Siria, iba á Egipto 
con Ahmed, pero de tránsito. 
Un disgusto le afligía: 



3o8 



MANUEL DEL PALACIO 



el pobre Hasán, encargado 

de recorrer los lugares 

desde el mar Negro al mar Caspio, 

a la salida de Odessa 

fué víctima de un naufragio, 

teniendo su sepultura 

en el buque hecho pedazos. 

Ned-Yuma pudo a sus anchas 

compadecerlo y llorarlo ; 

nadie al raudal de su pena 

se atrevió a poner obstáculos. 

Solitaria recorría 

los jardines del palacio, 

testigos en otro tiempo 

de sus placeres livianos, 

y el pedestal de Cupido 

alguna vez contemplando, 

echó de menos la estatua 

que en amoroso arrebato 

logró convertir en nieve 

haciendo del bronce escarnio. 

Del cómplice a la presencia 

ya no sentirá desmayos, 

ya le pertenece entero 



POEMAS 



aquel hijo que ama tanto; 
ya la esperanza ilumina 
su corazón angustiado. 

Una noche, en su maksura 
recogida muy temprano, 
mientras charlan en la calle 
marmitones y lacayos, 
oyó decir de repente 
" Essalamcum 2 , y en el acto 
mucha confusión de gritos, 
mucho estrépito de pasos, 
y por fin dos ó tres golpes 
en el postigo inmediato 
y la voz: 

— Abre, si quieres, 
soy Yusuf. 

A tal ensalmo 
abrió Ned-Yuma, diciendo 
con cierto desdén amargo: 



1 Gabinete. 

2 Salud para vosotros. 



3io 



MANUEL DEL PALACIO 



— A todas las horas puede 
entrar en su casa el amo. — 
Sentóse Yusuf muy cerca 
de Ned-Yuma en un escaño, 
y entre mujer y marido 
esta plática entablaron: 
— ¿Llegastes hoy? 

— Llego ahora. 

—¿Bien? 

—Mal. 

— Pues ¿ qué te ha pasado ? 
— Lo que les pasa a los viejos: 
por un placer, diez quebrantos 
— ¿Y vienes solo? — Ned-Yuma 
dijo estas frases temblando — . 
— Solo. 

— ¿Qué hicistes del niño? 
— Dichas que forja el acaso, 
una nube las engendra 
y las desv^nece un rayo. 
— Mas ¿cómo fué?... 

— Todavía 
de explicármelo no acabo. 
A visitar las Pirámides, 



POEMAS 



3n 



hallándonos en el Cairo, 
salimos una mañana 
él y yo, contentos ambos. 
Era de fuego el ambiente, 
resistiólo Ahmed un rato, 
luego vi que sonreía, 
su rostro se volvió cárdeno 
y, abrazándose a mi pecho, 
se deshizo entre mis brazos. 
— i Mentira ! 

— Si era de nieve, 
¿por qué te extraña el milagro? 
¡Madre, ya no tienes hijo! 
i Lo que me debes te pago! 
¡Vuelva la estatua de bronce 
a su pedestal de barro! 

Sus negros ojos Ned-Yuma 
fijó en Yusuf con espanto ; 
clavóse hasta brotar sangre 
en la garganta las manos, 
y rugiendo como el tigre 
que se retuerce en el lazo, 
a la manera que cae 
desde la altura el peñasco, 



MANUEL DEL PALACIO 



desplomada y sin sentido 
cayó sobre el duro mármol. 

EPILOGO 

De Yusuf a Ishac, el Taleb, 
en Chendy : bazar de esclavos. 

"Al recibir estas letras, 
con /las que salud os mando, 
dad al portador el niño 
que dejé a vuestro cuidado. 
Si por azar lo vendisteis, 
proceded a rescatarlo, 
y girad contra mi casa 
cualquiera que fuere el gasto. 
Expósito le creía 
obedeciendo a un engaño, 
mas hoy supe que es su padre 
un viejo rico y avaro, 
y como se encuentra solo, 
quiero hacerle este regalo. 
El le enseñará a ser hombre 



POEMAS 



3i3 



y a cumplir el deber santo 

de amparar al inocente, 

no transigir con lo falso, 

agradecer los favores 

y castigar los agravios. 

De esta carta que os escribo 

Alí será el emisario ; 

si advertís que lleva luto 

no lo extrañéis: he enviudado." 



EL SOFI 



Era Sofí de Persia el noble anciano 
Hamín Shah; de la guerra las fatigas, 
El desvelo incesante, los peligros 
Que le brindara la fortuna esquiva 

Y esos mil aguijones que en el fuerte 
Clavan odio y doblez, miedo y envidia, 
Ni turbaron la paz de su conciencia 
Ni extinguieron de su alma la energía. 
Nunca sordo a la voz de los deberes, 
Pero sí a la bajeza y a la intriga; 

Su palacio es refugio a todas horas 
Del que ayuda o consejo necesita, 

Y no en balde grabó sobre su escudo 
Esta palabra nada más: "Justicia." 
Debiera ser feliz ; pero le roe 
Dolor oculto, que en su pecho anida 



3i6 



MANUEL DEL PALACIO 



Como serpiente que al amparo vive 
De corpulenta y elevada encina, 
Y ese dolor arranca de sus hijos, 
Contra cuya maldad en vano lidia. 
Padre desventurado, puso en ella 
Cariño, y esperanza, y alegría ; 
Creyó engendrar leones, y son tigres; 
¡ Da la tierra feraz plantas malditas ! 

Una noche de invierno, mientras duerme 
Triste y callada la ciudad tranquila, 
Un oficial de guardia que le busca 
De Hamín Shah hasta el lecho se aproxima. 
Despierto está el Sofí cual de costumbre, 
Y — Habla — diciendo, — pues la urgencia obliga, 
Sentándose y sentándole a su lado 
La relación siguiente oyó con ira: 

— Señor, la casa de Yusuf el rico, 
Que vive solo en ella con sus hijas, 
Dos hombres asaltaron hace poco, 
Maldades cometiendo que horrorizan. 
Casi muerto Yusuf, y atropelladas 
Las infelices jóvenes, tu vista 



POEMAS 



3i 7 



Y tu presencia contendrán acaso 
El furor de la plebe allí reunida. 
— ¿Dónde están los malvados? 

— Prisioneros 

Los tengo en mi poder. 

— ¿A qué familia 

Pertenecen ? 

— Lo ignoro; sus disfraces 
Que se avergüenzan de su acción indican. 
— ¿No han robado? 

— Ni joyas ni monedas. 
— Aun sin decirlo tú lo presumía. 
Vamos, pues, y a la par que de la culpa 
Del castigo se extienda la noticia. 

Penetró de Yusuf en la morada 
El noble Hamín, y en silenciosa fila 
Penetraron tras él cuantos curiosos 
La sangre husmean y el delito atisbam 
Tendido en un diván estaba el padre, 
Que asisten dos mujeres, casi niñas, 

Y los tres del Sofí, viéndose cerca, 
A sus plantas cayeron de rodillas. 



3i8 



MANUEL DEL PALACIO 



Alzó Hamín en sus brazos al herido, 
Acostóle con plácida sonrisa, 

Y besando a las jóvenes la frente: 

— Vengo aquí — dijo — para hacer justicia. 
Dos miserables del hogar sagrado 
Nublaron la quietud con su lascivia, 
Desoyendo las súplicas de un viejo, 
Siempre de apoyo y de obediencia dignas. 
Van a morir; mas porque en nadie vean 
De cólera o piedad muestras distintas, 
Apagúense las luces de esta sala, 

Y cubiertos de gasa muy tupida, 

Pues ante el juez su crimen confesaron, 
Púrguenle con valor ante sus víctimas. — 
Todo en la oscuridad y en el silencio 
Quedó un instante; muda y pensativa, 
De la horrible tragedia el desarrollo 
La muchedumbre, atónita, seguía. 
Luego un rumor confuso fué avanzando 
Como de gentes que al andar vacilan; 
Luego de algo que lucha y se desploma 
Se sintió la tremenda sacudida, 

Y una voz que exclamó: "¡Lo mismo acaben 
Cuantos del mal cultiven la semilla !" 



POEMAS 



3i 9 



Después, las luces a brillar volvieron; 

Levantóse el Sofí, rasgó de prisa 

La tela que los rostros ocultaba 

De aquellos dos cadáveres, y fija 

La mirada en el cielo: 

— i No son persas ! — 

Murmuraron sus labios con delicia. 

— ¿Qué sucede, señor? — dijo a su oído 

El gran Visir, que el gozo no se explica. 

— Que ya debo al Profeta una ventura, 

Compensación quizá de mis desdichas. 

Creí fueran autores de esta infamia 

Mis hijos, y... ¿comprendes mi agonía? 

Dios de mí se apiadó; pude ser justo 

Sin ser al mismo tiempo parricida. 



OBRAS DE MANUEL DEL PALACIO 



Función de desagravios en obsequio de las Bellas 
Artes. (Folleto.) 1862.. 
Museo Cómico. 1863. 

Doce reales de prosa y algunos versos gratis. 
1864. 

Cabezas y calabazas. (En 'colaboración.) 1864. 

El amor, las mujeres y el matrimonio. (En cola- 
boración.) 1864» 

La situación, los partidos y otras menudencias. 
(Folleto.) 

Viaje cómico de Tetuán a Valencia, pasando por 
Miraflores. 1865. 

Un liberal pasado por agua. 1868. 

Cien sonetos. 1870. 

Letra menuda. 1877. 

Fruta verde. 1881. 

Melodías íntimas. 1884. 

Veladas de otoño. 1884. 

Huelgas diplomáticas. 1887. 

El niño de nieve. (Folleto.) 1889. 

Clarín entre do s platos. (Folleto.) 1889. 

Un soldado de ayer. 

Chispas. 1894. 

En serio y en broma. 



21 



322 OBRAS DE MANUEL DEL PALACIO 



OBRAS TEATRALES 

La vuelta de Columela. Zarzuela en tres actos. 
Don Bucéfalo. Zarzuela en tres actos. 
Stradella. (En colaboración.) Zarzuela en tres 
actos. 

Marta. (En colaboración.) Zarzuela en tres actos. 

La Reina Topacio. (En colaboración.) Zarzuela 
en tres actos. 

El zapatero y la maga. Zarzuela en tres actos 

La romería de Ploermel. Zarzuela en tres actos. 

Los moriscos de la AlpujaVra. Zarzuela en tres 
actos. 

Por una bellota. Juguete en un acto. 
El motín de las estrellas. Juguete en un acto. 
Antes del baile, en el baile y después del baile. 
Juguete en un acto. 

Tanto corre como vuela. Juguete en un acto. 
Can, parodia de Kean. Juguete en un acto. 



INDICE 



Págs. 



Prólogo v 

SONETOS SERIOS 

Mi lira 5 

x^mor oculto 6 

Tristeza 7 

A un amigo muerto 8 

A una mujer 9 

¡A los treinta años! 10 

En un calabozo 11 

A un reo caminando al patíbulo 12 

Despedida a mis amigos de Puerto Rico 13 

En las ruinas de Pompeya 14 

La Venus de Médicis 15 

Una noche en el Coliseo 16 

Desaliento 17 

La guerra de dos pueblos 18 

Sin esperanza 19 

Quevedo (I) 20 

Quevedo (II) 21 



I 



INDICÉ 



Págs. 

Después de una enfermedad 22 

La guerra (al pintor Francisco Sans) 23 

Nebulosa 24 

Remembranza 25 

En la muerte de Víctor Manuel, rey de Italia 26 

En la Cartuja de Pavía 27 

En la fuente de Valclusa (al señor don Antonio 
Cánovas del Castillo, en cuya compañía visité 

estos lugares) 28 

Nabucodonosor 29 

En el lago de Thun 30 

Una Eva 31. 

Autonomía 32 

Diálogo con un enterrador 33 

A varios escritores portugueses enemigos de Es- 
paña 34 

En la muerte de un amigo de la juventud 35 

A cierta dama que, sin conocerme, me pidió versos. 36 

La fuente 37 

A una mártir 38 

Una cogida..... 39 

Tántalo 4 o 

En la catedral de Sevilla 4 1 

A Margarita Faget 42 

Al cumplir sesenta años 43 

El vulgo 44 

A don Alvaro de Bazán en la inauguración de su 

estatua 45 

La muerte de Baco 46 



¡Págs. 

A través de la niebla 47 

Las horas 48 

Beatriz 49 

Resurrectio (a una bella americana) 50 

Al cumplir setenta años 51 

El sol 52 

Dúo final 53 

SONETOS CÓMICOS 

La erupción 57 

No hay regla sin excepción 58 

El amor ideal 59 

El mayor dolor 60 

Idilio 61 

La recompensa 62 

Mal de muchos 63 

Oración fúnebre 64 

La doctrina de Epicuro 65 

Trabajo perdido 66 

El néctar de los dioses 67 

A un crítico 68 

A propósito de un bailarín 69 

A un amigo residente en Roma 70 

Informe (a un amigo que, pensando en casarse, 

me pidió mi opinión respecto de las mujeres). 71 

Leda... Rodríguez 72 

A un pobre rico 73 

Los placeres del campo 74 



3 2 6 



índice 



Págs. 



SONETOS POLÍTICOS 

Al leer la sentencia de muerte de varios amigos 

políticos v, 77 

La profecía , 78 

La libertad 79 

SONETOS TRADUCIDOS O IMITADOS 

Al borde de la tumba (imitación del portugués).... 83 

Super fluminem (imitación del italiano) 84 

La bandera española (imitación de Niccolini) 85 

Sobre un sepulcro de mujer (de la Antología 

griega) f 86 

POESÍAS VARIAS 

La nave fantasma (episodio) 89 

Foederis arca (a Leandro Pérez Cossío) 92 

Problema 95 

Las dos islas 96 

¡Yo pecador! 9$ 

Magdalena 99 

Ella y yo 100 

Mi Nochebuena i(a Ramón de Campoamor) 101 

¡Calla! k>4 

Fuegos fatuos < I0 5 

En pleno otoño (imitación de Carducci) 106 

A madame IQ 8 

* * * ,110 

Pensamiento 111 



ÍNDICE 



iPágs. 



Brindis (imitación de Stechetti) 112 

In extremis 114 

La página eterna 115 

En la escuela (idilio realista) 117 

Los pedazos de mármol (fábula).., 119 

Naturalismo (cuento) 122 

El soldado (imitación de un canto popular dina- 
marqués) 124 

* * * 126 

El ruiseñor y los gorriones (apólogo) 128 

Para luego es tarde (dolor a) 131 

El grillo... 133 

Sol poniente 135 

El mendigo (imitación de Catulo Mendes) 137 

PENSAMIENTOS Y EPIGRAMAS 

Pensamientos y epigramas , 143 

CANTARES 

Cantares 157 

POEMAS 

El puñal del capuchino (leyenda fantástica) 163 

El Cristo de Vergara (leyenda) 177 

¡Imposible! 211 

El Hermano Adrián (leyenda) 247 

El fraile (meditación) 267 

Blanca (historia íntima) 271 

El niño de nieve (cuento árabe) 289 

El Sofí 315 



I 



X. 




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